Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1999/07/05 00:00

DOS MOTIVOS MAS

DOS MOTIVOS MAS

Por casi todos los motivos o pretextos imaginables nos hemos matado los colombianos
los unos a los otros, incluso desde antes de que fuéramos colombianos: neogranadinos, criollos,
chapetones, chibchas (del Zaque o del Zipa). Nos hemos matado por la tierra, por el agua, por la sal, por la
droga, por los vapores del trago. Por la justicia o por el orden, por la plata o por la miseria, por la libertad o
por la propiedad. Por los odios y las venganzas provocados por todos los motivos anteriores. Por el color azul,
o por el colorado. Por la raza. Por España, por Estados Unidos, por Cuba, por China. ¿Por Panamá? Sí:
hasta por Panamá. ¿Por Colombia? No lo creo, aunque estoy dispuesto a aceptarlo en gracia de discusión:
inclusive por Colombia nos hemos matado los colombianos, disfrazando bajo su nombre la plata o la
droga, el colorado o el azul, los intereses de Estados Unidos o los propios.Pero dos motivos o pretextos
para la matanza parecíamos haber, si no superado, al menos olvidado. La religión, y los regionalismos, a
cuya dimensión parroquial no me atrevo a dar el nombre prestigioso y peligroso de nacionalismos.Por la
religión nos matamos al principio, claro está: la disculpa para los horrores de la Conquista española fue
esa. Y se mantuvo durante siglos, fomentando las guerras partidistas por lo menos hasta la gran 'Violencia'
de los años 40 y 50, azuzadas desde los púlpitos por los curas y los obispos. Pero eso parecía, ya digo,
cosa del pasado. Cuando hace apenas cinco años monseñor Castrillón, el obispo papabile de las
narcolimosnas, instó pastoralmente a que ningún católico votara por el candidato del Partido Liberal, muy
pocos le hicieron caso. Y las resistencias de los párrocos de pueblo al crecimiento de las sectas protestantes
en las últimas dos décadas no han desembocado en guerra de religión, ni siquiera en las zonas más católicas
y atrasadas del país.Por los regionalismos nos matamos también, pero también hace tiempos. En los
tiempos del Zipa y el Zaque; o en los de la Patria Boba; o, recién despresada la Gran Colombia, en esa guerra
civil que se llamó 'de los Supremos' en la que cada generalote de la Guerra Grande quería ser el 'Supremo' de
su aldea; o inclusive, aunque ya con menos virulencia, en los levantamientos espasmódicos de los
llamados 'Estados soberanos'. Pero después ya no.Nos seguíamos matando, ya digo, por miles de motivos y
pretextos: pero no porque el uno fuera antioqueño y el otro caucano o tolimense, ni tampoco porque éste
fuera protestante evangelista, o ateo, y católico aquél. Por lo menos en esos dos aspectos, el de la religión y
el de la región, habíamos llegado los colombianos a rozar el borde de la civilización. En los últimos 15
días, en ambos hemos retrocedido.En el de la religión, por culpa del ELN: esa guerrilla plagada de curas,
desde Camilo Torres que le dio su prestigio hasta Manuel Pérez que le devolvió su unidad, completados por
Pablo Beltrán que, según dicen, superaba los controles de los aeropuertos disfrazado de monja para
reunirse con obispos alemanes y holandeses. Con su secuestro multitudinario en una misa en Cali el
ELN ha conseguido poner de nuevo a la Iglesia colombiana en pie de guerra, después de varios años de
haber cumplido un saludable papel de normalización y tranquilización: no había reunión de paz sin su
correspondiente obispo. Pero ahora, por 'sacrílego', el ELN ha sido excomulgado.En el campo de la región
también se han complicado las cosas por cuenta del gobernador del Valle, Gustavo Alvarez Gardeazábal. El
cual, detenido por un enredo de cheques recibidos del cartel de Cali, se ha puesto a proclamar, y con él sus
amigos, que se trata de una persecución contra lo que en contra de toda sensatez histórica y geográfica ya
venían llamando ellos "el país vallecaucano". Hay que pedirles a los señores obispos, ensoberbecidos por el
hecho de que el secuestro más reciente de la guerrilla se produjera en una iglesia y no en una carretera ni en
un avión, que no confundan a la gente: la cosa no es contra la Iglesia. Y hay que pedirle al señor gobernador
del Valle, ensoberbecido por el hecho de que la más reciente detención de la Fiscalía lo afectara
personalmente a él, y no a un banquero ni a un sicario, que no confunda a la gente: la cosa no es contra el
Valle. Hay que pedirles que no sean tan egoístamente insensatos como para añadir deliberadamente más
confusión al caos que ya vivimos. Con los motivos verdaderos que hay, los colombianos tenemos ya
bastantes como para matarnos los unos a los otros.

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