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Opinión

  • | 2006/02/19 00:00

    Dos polos y un centro

    Cuando la izquierda colombiana tenga el valor de desmarcarse por completo de los violentos, la gente pobre pensará también en ella como solución

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Aunque le saco el cuerpo, como a una enfermedad contagiosa, al tema electoral, a tres semanas de las elecciones me toca fingirme ser ese ciudadano ejemplar que no soy. Por eso me he puesto a estudiar las listas y los partidos de donde podremos elegir el próximo Congreso.

En los candidatos a la Cámara de Representantes impera

la ley del cardumen. En esos miles y miles de pescaditos que se mueven dentro de cada movimiento, uno se pierde, y se nos pide que el voto, como el mordisco de una barracuda, lo demos al azar. En las listas con voto preferente hay que tener cuidado pues dentro de movimientos que huelen a podrido puede haber un buen candidato individual. En general, este no tiene ninguna posibilidad de salir, pero al votar por él estamos eligiendo, indirectamente, a los líderes corruptos que lo usan como carnada electoral.

En el Senado, como hay menos candidatos, se puede entender mejor. Hay 20 partidos o movimientos, y varios nos proponen de a 100 candidatos. Uno no tiene físicamente tiempo de estudiar los programas, las propuestas y los individuos de 20 partidos y 2.000 candidatos. No tengo tiempo yo, que me gano el almuerzo por informarme bien, y mucho menos el ciudadano corriente que se gana la cuchara cosiendo camisas o calzando muelas. Es por esto que muchas personas nunca acaban escogiendo por convicción o por conveniencia para el país, sino que terminan votando por algún amigo. Y si no tienen amigos, por el conocido del familiar del amigo que le dijo a otro amigo. Se cae en el azar de alguna clientela electoral, y listo. Si eso es democracia, que me la empaquen.

Si se quiere evadir la falsa democracia, para tratar de entender el caos electoral, es necesario hacer las cosas más sencillas, simplificar. Los seres humanos comunes no podemos tener presentes 20 propuestas complejas y distintas al mismo tiempo. Si mucho, podemos concebir dos o tres. Quedémonos en tres: dos polos y un centro. Por mucho que José Obdulio diga que ya no hay izquierda y derecha, esa es una buena manera de entender las cosas. Decir que no hay izquierda y derecha es una forma de confundir a los electores, de sumergirlos en una sopa amorfa donde todo da igual. Es la mejor estrategia para hacernos perder y para que votemos no por convicciones, sino por el candidato que más ruido haga, es decir, por el que tenga más plata en la campaña.

Prefiero señalar que en estas elecciones hay claramente un polo de derecha que gravita hacia el lado de Uribe: ahí están el Partido Conservador, el Partido de la U, los de Cambio Radical y algunos movimientos regionales con más o menos perfume paramilitar. Los partidarios de la derecha presidencial deben buscar ahí, escoger ahí, y si quieren un consejo no pedido, y creen en la democracia, deberían votar por lo que menos les huela a violencia y coacción armada.

Viene después un centro, conformado por el movimiento de Peñalosa (Por el país que soñamos), los Visionarios de Antanas Mockus, y el maltrecho Partido Liberal que todavía conserva algunos líderes respetables. En el centro hay inclinaciones hacia el polo uribista (Peñalosa), o hacia la izquierda. Uno podría decir que la mayoría de los liberales, en caso de una alianza presidencial, gravitarían más hacia el polo de izquierda. Las listas de Mockus y Peñalosa tienen el mérito de ser cerradas: ellos le apuestan -con graves riesgos electorales- a un programa más sólido, a una disciplina de partido como debería haber en cualquier democracia, y no han formado un sindicato de caciques electorales, como es el caso de las listas uribistas.

En tercer y último lugar tenemos al otro polo, digamos el polo sur, en este momento, que es el de la izquierda. Todas las agujas de las encuestas señalan hacia el norte, pero hay un polo sur y el mundo da muchas vueltas. En América Latina ha habido un vuelco de los votantes hacia la izquierda. Menos en Colombia, y por algo será. En estos días me convenció la explicación de un profesor: porque los colombianos odian a la guerrilla y la izquierda colombiana no ha sido capaz de repudiarla a fondo y definitivamente. Cuando la izquierda colombiana tenga el valor de desmarcarse por completo de los movimientos ilegales que usan la violencia, la gente pobre, que es la mitad del país y ha padecido también a la guerrilla, pensará también en la izquierda como solución.

Al polo de derecha, al uribismo, nada le conviene más que los francotiradores de las Farc matando policías desde lejos, o militares muriéndose de terribles enfermedades después de siete años de secuestro. Por eso Uribe machaca con el tema. Mientras la guerrilla le dé cada semana su buena dosis de barbarie, el proyecto uribista no tiene cómo perder. Y por eso mismo insisto en que el polo de izquierda, además de sus justas denuncias al terror paramilitar (enquistado en un sector importante del uribismo), tiene que denunciar también y repudiar con fuerza las abominaciones guerrilleras.

Creo que los electores serios deben dejar de oír el ruido electoral, entender las tres tendencias de fondo que existen en realidad, y dentro de cada uno de los grupos elegir a conciencia, y poner la cruz por todos aquellos que se alejen de un proyecto violento o apoyado por los violentos. n
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