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Opinión

  • | 2008/02/16 00:00

    Ecología y crecimiento

    No son términos contradictorios y el segundo depende más de la primera de lo que se imagina la gente.

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Cuando la gente pregunta a qué me dedico, y hablo de Chingaza y de Gorgona y de Amacayacu, casi siempre dicen “Tan lindo ese trabajo, ¿no?” y hasta ahí llega la conversación. Hay otros a los que no les parece tan lindo, como a un empresario a quien oí decir, hablando a nombre de su gremio: “Para nosotros es más importante que la gente tenga qué comer que la ecología”.

Tanto los unos como los otros ven ‘la ecología’ como algo que pasa por fuera del mundo de las cosas importantes. Tanto los unos como los otros leen el periódico y ven las noticias: ‘la ecología’ parece ser eso que le pasa a los manglares por allá en el Pacífico, o a las tortugas marinas, o incluso a los indígenas de la Amazonia. ‘La ecología’ comparte página en El Tiempo con los ovnis que aparecieron en Tabio y con los celulares de tercera generación. A veces la gente conecta vagamente el chorro de agua que sale de la ducha o el día sin carro con ‘la ecología’.

‘Los ambientalistas’ somos, entonces, en el mejor de los casos, unos bichos raros idealistas y en el peor (y más común) unos enemigos del bienestar de la sociedad. Porque ¿Tienen que ver los problemas urgentes del país - el desempleo, el conflicto armado, el hambre- con ‘la ecología’? ¿Es el ambientalismo un lujo que se puedan dar los países pobres? ¿Tiene sentido, por ejemplo, limitar el acceso de multinacionales madereras al territorio colombiano, por proteger bosques nativos y escuchar a las comunidades indígenas?

Responder negativamente a las preguntas anteriores implica asumir que los sistemas económicos y sociales se dan por fuera del planeta tierra. Implica desligar al sector productivo –y al empleo- de la fuente de su materia prima (el petróleo, por ejemplo) y desconocer que necesita un sumidero para sus desechos (la atmósfera urbana, por citar otro). Implica también negar la conexión íntima entre el conflicto armado y el acceso al territorio, a su fertilidad, a sus recursos naturales; implica aceptar sin cuestionamientos que existe una relación directa entre el crecimiento del comercio internacional (de madera, por ejemplo) y el bienestar humano en el país. Responder que el ambientalismo es un lujo que sólo se pueden dar los países ricos, implica asumir, por ejemplo, que las enfermedades respiratorias, una de las primeras causas de mortalidad infantil en Bogotá, es un asunto que se puede posponer para cuando seamos ricos.

Pensar en ‘la ecología’ es una necesidad inherente a la búsqueda del bienestar humano. El ambientalismo tiene que ver con el acceso a la comida, con la capacidad de decidir sobre el propio territorio, con el derecho a respirar aire puro y a tomar agua independientemente de nuestra capacidad adquisitiva. Tiene que ver con el empleo, con el conflicto armado y con la salud. ‘Lo ambiental’ no está allá lejos, ni debería estar restringido a una página en el periódico; deberíamos poder conocer la manera intrincada en que todas las noticias ‘importantes’ echan raíces y dependen del planeta tierra. Fomentar la idea de un enfrentamiento entre ambientalismo y bienestar humano sólo puede ir en detrimento de este último.

Y sí, a veces el ambientalismo también tiene que ver con esas ‘cosas lindas’ en las que piensan mis interlocutores cuando se enteran que trabajo en Parques Nacionales. Porque bienestar humano también es tener la posibilidad de encontrarse con un venado en un camino de Chingaza.
 
*Bióloga con un Máster en Economía Ecológica y Gestión Ambiental de la Universitat Autónoma de Barcelona. Ha trabajado en proyectos de cooperación internacional y en gestión de la investigación en la Amazonia colombiana. Actualmente es contratista de la Unidad de Parques Nacionales Naturales. Su opinión no comprometen dicha institución.  
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