Viernes, 2 de diciembre de 2016

| 2001/03/26 00:00

Economía política

Conrad explica cómo los ricos, para ser ricos, se empeñan en convertir en pobres a los pobres.

Economía política

Hace unos meses el escritor Fernando Vallejo publicó un fascinante libro sobre Darwin, o contra Darwin, al cual nadie le hizo caso porque se trataba del libro de un escritor, y no del de un biólogo profesional: como si el propio Darwin hubiera sido otra cosa. La función de los escritores —y si no, no existirían— consiste en explicar lo que los lectores no entienden, como la de los músicos consiste en darle ruido a lo que los oyentes no oyen, y la de los pintores en poner en imágenes lo que los videntes no ven: y así sucesivamente. En fin. El caso es que espero que no sea recibido con el mismo desdén otro libro que el mismo Vallejo va a sacar ahora, una novela autobiográfica de la cual da un adelanto la revista El Bienpensante. Porque, una vez más, se trata del libro de un escritor, y no del de un economista profesional. Pero en él dice uno de los personajes —el papá de Vallejo— lo siguiente, que en mi opinión de escritor, aunque no de economista, debería poner a pensar por primera vez en sus vidas a todos los economistas profesionales que han manejado este país:

— Hoy por hoy aquí sólo hay ricos muy ricos y pobres muy pobres. Y los ricos no venden porque los pobres no compran.

Pídanle ustedes al doctor Salomón, al doctor Abdón, a todos los doctores economistas que últimamente han sustituido en su oficio a los escritores que había en este país (en competencia con los curas, que han vuelto o no se han ido), que les traduzcan a su idioma la frase del papá de Fernando Vallejo. Y les dirán —además de decirles que no— que eso significa que la contracción de la demanda agregada (o sea, de la capacidad de los pobres para comprar cosas) ha provocado un embotellamiento del lado de la oferta (supply side) como consecuencia (sana, aunque en apariencia catastrófica) de las medidas de ajuste recomendadas, exigidas e impuestas por los organismos financieros internacionales como el Banco Mundial y el Fondo Monetario, de los cuales los mismos susodichos doctores economistas se han convertido en escritores asalariados después de haber sido —y antes de volver a ser— agentes coloniales.

Eso les dirán ellos. Pero si quieren entender la cosa lean más bien un cuentico, breve y claro, escrito hace más de un siglo por el novelista Joseph Conrad, que se llama Una avanzada del progreso, en el que explica cómo los ricos, para ser ricos, se empeñan en convertir en pobres a los pobres; pero lo justifican con el argumento de que el progreso es necesario.

Los escritores sirven para eso: para entender las cosas. Y los economistas, para ayudar a olvidarlas. Hace 2.500 años un gran escritor, Aristóteles, explicó que la economía es simplemente una rama de la política —cosa que había descubierto empíricamente un político profesional, Filipo de Macedonia, padre del aventajado pupilo de Aristóteles, Alejandro, después llamado el Magno—. Hace 150 años otro escritor de los grandes, Carlos Marx, vino a completar la explicación aristotélica demostrando que la política es sólo la aplicación práctica de la economía, tal como se había visto en el desarrollo, por entonces apenas incipiente, del capitalismo. Tanto Aristóteles como Marx fueron desprestigiados por los curas, esos profesionales de la vaguedad, y por los economistas, esos profesionales de la precisión: los llamaron “filósofos”. Y en eso estamos.

Supongo que al papá de Fernando Vallejo lo llamarán también filósofo. Y al hijo, costumbrista. Escritor costumbrista: de la acusación de ser eso, lanzada por los teólogos desde la vaguedad y por los economistas desde la precisión, no se levanta nadie. Y sin embargo, sólo en la descripción de las costumbres consiste la sabiduría económica y política. Que resumo de nuevo en la siguiente frase:

— Los ricos no venden porque los pobres no compran.

Por eso estamos como estamos.

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