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Opinión

  • | 2003/04/20 00:00

    Economistas

    Igual que otros tecnócratas, el economista es un náufrago del poder, donde cree que manda pero lo mandan las 'restricciones políticas'

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Estoy de acuerdo con Junguito y Hommes: se ha evitado la crisis y las finanzas se han ido cuadrando. Las reformas amargas se aprobaron, se consiguieron 10.300 millones de dólares en préstamo y hay un plan B por si falla el referendo.

O sea que el equipo económico ha hecho las cosas del modo más adecuado. Es sólo que -si no se hacen las cosas adecuadas- de poco sirve hacerlas adecuadamente. Digo más: uno tiene que escoger entre las cosas malas o inútiles que puede hacer bien y las cosas buenas o útiles que puede hacer menos bien.

Hasta un economista sabe cuáles son las cosas adecuadas: endeudarse sólo para producir más y producir más para pagar las deudas. Pero también sabe hacer cosas malas que no le dejan hacer las cosas buenas: sabe gastar improductivamente y sabe darle largas al pago de las deudas.

El resultado se ha visto en estos siete años que llevamos de aplazar la crisis y cuadrar las finanzas. El resultado ha sido agravar a un mismo tiempo el apretón y el riesgo de insolvencia: cinco reformas tributarias y el crecimiento económico reducido a un tercio, pero el peso del déficit fiscal aumentado en la mitad y el de la deuda duplicado casi.

Claro que los economistas no hacen eso por ignorancia ni por mala voluntad. Lo hacen cuando llegan al poder, mejor dicho, a ocupar cargos públicos; y es porque a los poderes que sí pueden no les interesa trabajar sino mamar: son la gavilla de políticos, banqueros, sindicatos y contratistas que gastan de modo improductivo y embolatan la deuda hasta que pague el que siempre la paga.

Pero también sucede que quien no vive como piensa acaba por pensar como vive. Los economistas piensan, en argot, que las "restricciones políticas" y "coaliciones distributivas" impiden que la deuda pública tenga una "tasa de retorno" positiva. Y sin embargo no intentan superar las restricciones ni derrotar las coaliciones. Se conforman con hacer bien las cosas que les dejan hacer, esto es, las cosas útiles para la gavilla pero a la larga inútiles para el país.

Y comienzan, de ñapa, a imaginar que las cosas inútiles son útiles. Con su probada y cultivada habilidad para idear "modelos", se autoconvencen de que la anemia se cura con sangrías y la leucemia se capotea con aspirinas. Es el edificio, por más veras imponente, de la teoría económica oficial, con sus journals, sus genios y sus "organismos multilaterales".

-El primer paso es inocente. Aferrarse a que el balance en las cuentas es necesario, como en efecto es necesario: si el fisco o el país gastan más de lo que tienen, tarde o temprano paran en la ruina.

-El segundo paso ya es una falacia. Pensar que aquella condición necesaria es suficiente, que el objetivo de la política económica es mantener los balances, que su éxito consiste en aplazar la crisis, no en que la gente lleve mejor vida.

-El tercer paso es sectario. Como cualquier "paradigma" académico, la economía oficial cierra sus puertas y acaba por llamar inútiles las cosas que son útiles. Quien se atreva a insinuar que hay que crecer para pagar es un hereje o, más exactamente, un estúpido.

-Y el cuarto paso es aberrante. No niegan que nutrir a los niños para que puedan aprender y educarlos para que puedan producir "es deseable", pero no hay plata. En cambio sacan plata de donde no hay para salvar al banquero que prestó a usura, al municipio que desfalcó el político o a la empresa que quebró el sindicato.

El economista no tiene la culpa de que así sea el mundo. Se limitó a culminar su carrera profesional, porque sin duda son los más brillantes quienes acceden a los altos cargos. Así que no se trata de una falta personal sino de un hecho social: igual que otros tecnócratas, el economista es un náufrago del poder, alguien que a base de estudio y excelencia llega a una posición donde cree que manda pero lo mandan las "restricciones políticas" y "coaliciones distributivas".

Es la ausencia de partidos, entendidos no como clubes de amigos, sino como sueños colectivos. Y es aquí donde viene mi reclamo: mejor sería que los economistas -precisamente los más brillantes- se dedicaran a trabajar por las cosas adecuadas. Desde la cátedra, los medios, los think-tanks y la política, podrían darnos un impulso decisivo para salir de la piñata y despegar hacia el desarrollo.

Me dirán que entre tanto, alguien debe ocuparse de las cosas inútiles o malas. Y es verdad. Pero al menos pidamos que las distingan de las cosas que son útiles y buenas.
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