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Opinión

  • | 2007/04/21 00:00

    Ecos de un debate

    El presidente, otra vez, dio pruebas de que es un formidable comunicador. la rueda de prensa ratificó la impresión de que es frentero

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En verdad fue zonzo y plagado de refritos. No hubo nada nuevo o con carne en el debate sobre el paramilitarismo en Antioquia. Por eso no hubo terremoto político o siquiera un temblorcito. Nadie perdió el sueño aquella noche. Petro hizo su trabajo y los ministros el suyo, sin destacar uno o los otros. Al día siguiente, los señalados salían a los medios y daban sus explicaciones. Ya el jueves el país se levantaba como si no hubiera pasado nada.

Pero pasó. No aquí, claro, porque por estas tierras hay más y mejor información, se puede entender el contexto y se recuerda la historia o al menos parte de ella. Nadie se compra el cuento de que el paramilitarismo haya nacido con este gobierno o cuando Uribe era gobernador. Todos sabemos que las Convivir no son invento del Presidente y que no las controlaba, que los paramilitares fueron de distinto cuño y que hubo tanto narcotraficantes como campesinos y ganaderos hartos de la violencia de la guerrilla y la debilidad de Estado para combatirla. La gente distingue entre el gobierno y los parlamentarios. Ve que las instituciones ahora funcionan, hay mejores condiciones de seguridad y por tanto menos miedo para contar la verdad, y sabe que el sistema judicial está haciendo su trabajo, con apoyo ciudadano y del gobierno y sin contemplaciones frente a los poderosos. Ahí está la docena larga de parlamentarios encarcelados y seguimos contando. En fin, en estas latitudes se entiende que estamos frente a una catarsis y en la salida de la crisis.

Pero del Río Grande hacia el norte es diferente. Y más cuando se tienen aspiraciones políticas. Porque el despropósito de Albert Gore no se explica sólo por desinformado o porque le falte contexto. Es evidente que no ha declinado su intención de ser candidato presidencial y que tiene afán de acercarse a los sectores más radicales de los demócratas, lejanos a la Clinton y aún recelosos con un Obama recién llegado. Aunque Gore no sea representativo sino de un reducido sector, no deja de irritar que haya cancelado su presentación en Miami para no sentarse con Uribe. Tendría que haberse informado mejor o siquiera haber llamado a su antiguo jefe, que no tuvo reparo para visitarnos y retratarse con todo el mundo. Fue una grosería innecesaria hacerle un desplante al mejor aliado de Estados Unidos en el continente.

Que al final el episodio haya servido para que Uribe respondiera las verdades a medias de quien pretende devenir, vaya paradoja, en el nuevo Catón de la República, fue oportuno. El Presidente, otra vez, dio pruebas de que es un formidable comunicador. Hacer un discurso o una intervención típica habría resultado inadecuado e insuficiente. En cambio, la rueda de prensa, con libertad para que los periodistas preguntaran a su antojo, ratificó la impresión de que es frentero y no tiene que ocultar. En general, las explicaciones fueron claras y abundantes y mostraron las debilidades de los señalamientos de Petro. El Presidente salió fortalecido.

Pero hubo dos patinazos. Uno, el persistente error presidencial de llenar de epítetos a sus contradictores. Primero porque da la impresión de que prefiere atacar a quien acusa en lugar de concentrarse en desvirtuar la acusación. Después porque, aunque esté indignado, no puede rebajarse al mismo nivel de quienes no tienen empacho por calificarlo a él y a su familia de paracos o mafiosos. Además, las descalificaciones presidenciales aumentan los riesgos de seguridad de los aludidos. Finalmente, porque hablar de "pruebas militares y policiales" da lugar a alegaciones de seguimientos e interceptaciones telefónicas y de que no hay garantías para la oposición. Nada de eso es útil o sano. Las explicaciones del director del DAS en el sentido de que las fuentes de la información del Presidente son abiertas y públicas ocurren cuando el daño ya está hecho.

El otro error ha sido decir que él hubiese sido "un buen guerrillero de fusil y no un calumniador" y un paramilitar "no de corbata y de escritorio" sino "con fusil al hombro, buscando éxito militar". Está claro que el Presidente es de armas tomar y que no se arredra con facilidad. Pero el mensaje es equívoco y ambiguo. En una democracia, no hay guerrillero o paramilitar bueno y ciertamente no es mejor aquel que prefiere el fusil al escritorio.
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