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Opinión

  • | 2014/03/14 00:00

    Andemos juntos y también revueltos

    La mayor característica de nuestro sistema educativo desde la primera infancia es la exclusión social. Los chicos aprenden que el sistema social no los considera a todos como iguales.

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Vuelvo sobre nuestro sistema educativo. La educación me obsesiona porque toca todos los asuntos sobre los cuales he enfocado mis columnas. La educación es el eje dinamizador y formador de todas las actividades humanas desde nuestra primera infancia. Los temas de género, ética, justicia, libertad, responsabilidad social, democracia, cultura ciudadana, tolerancia, inclusión o exclusión social y hasta el amor, son tocados en nuestro proceso educativo, bien sea en la casa o en la escuela. 

No son siempre abordados de manera expresa en forma de clases magistrales, pero en todo momento están presentes a través del ejemplo de padres, maestros y allegados. En su lenguaje, comportamiento y trato con los demás, los niños, niñas y jóvenes van aprendiendo y tomando de esos seres, a quienes tienen como modelos, costumbres y actitudes que reproducen y apropian.

Nuestro sistema educativo, desde la primera infancia, tiene como su característica más destacada la exclusión social. Desde muy temprano los chicos aprenden que el régimen social en el que están inmersos, no los considera a todos como iguales. Se dan cuenta de que existen diferencias abismales entre quienes nacieron, únicamente por azar, en un hogar pudiente y los que no contaron con tan buena fortuna y tienen muy poco o prácticamente nada. 

Si los pequeños tuvieran la capacidad de enseñarnos a los adultos, en vez de ser al revés, cuánto tendríamos para aprender de ellos. Para un niño o una niña no existen las diferencias sociales. Sólo las perciben cuando un adulto viene a señalárselas o el sistema educativo les revela a qué tipo de colegio tienen derecho a ir. Esta situación es una aberrante injusticia que nuestros gobiernos no han podido o no han querido corregir. Quizás ni siquiera se cuestionan sobre estas materias. Pensarán que como siempre ha sido así, simplemente tenemos que amoldarnos y resignarnos a ello. 

Tanto ricos como pobres, podemos recordar que cuando estábamos pequeños solíamos tener amigos muy queridos de distintos estratos socioeconómicos o diferente raza, con quienes jugábamos hasta el cansancio, sin sentir ninguna distancia social. Los adultos pobres podrán recordar cuando jugaban con los ricos y viceversa. Algún día alguien dañó esa amistad cuando nos hizo tomar consciencia de las diferencias, poniendo entre unos y otros barreras socioeconómicas que después fueron muy difíciles de derribar y que nos forzaron a abandonar a esos amigos para siempre o a mantenerlos a distancia. Estoy segura de que todos tendríamos algún caso cercano para mencionar.

Mientras nuestro sistema educativo no sea verdaderamente democrático para permitir que todos los niños y las niñas, sin distinción de su estrato socioeconómico o su procedencia de cuna, asistan por igual a los mismos colegios y los jóvenes a las mismas universidades, no disminuiremos la brecha social que nos separa a unos de otros. Es allí, en el sistema educativo, donde empieza la verdadera desigualdad social que se prolonga y se ahonda a lo largo de la vida, creando resentimientos y odios a veces insalvables. El lema educativo de este país hoy podría ser el refrán en el que está inspirado el título de esta columna: andemos juntos pero no revueltos.

Un sistema educativo democrático de calidad, tiene que ser pensado para acabar con esta inadmisible situación de inequidad. Un sistema de educación pública debería ser accesible para ricos y pobres otorgando las mismas oportunidades y la misma calidad a todos por igual desde la primera infancia. Creciendo y educándonos juntos podríamos darnos cuenta desde muy temprano que somos iguales y merecemos lo mismo. Así es en los países verdaderamente desarrollados donde los gobiernos piensan y administran realmente para el bienestar de sus conciudadanos. 

iliana.restrepo@gmail.com
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