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Opinión

  • | 2011/11/12 00:00

    Educando a la ministra

    Oyéndolos evoqué el compromiso, la seguridad y el optimismo del movimiento estudiantil de los años setenta. Solo que sin sueños de revoluciones violentas, ni parapetados en artificios ideológicos.

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He oído decir en estos días que los estudiantes no entienden el proyecto de reforma presentado por el gobierno, que unos pocos se arrogaron el derecho a decretar un paro y forzaron a las mayorías a ir a la calle, que la movilización carece de orientación, que no tienen propuestas. La impresión que me dejaron dos grupos que fueron a mi oficina hace dos semanas es totalmente distinta.

Con cada grupo pasé una tarde entera. Uno venía de la Universidad Nacional. El otro, de tres universidades privadas de Bogotá. Querían que conociera las intimidades del movimiento estudiantil, que supiera de sus alcances, que ayudara en algo a difundir sus ideas.

Para arrancar, el grupo de la Nacional me mostró un video: Educando a la ministra. Era para morirse de la risa. En un tablero le informaban a la ministra que en Colombia solo 765.000 jóvenes ingresan a la universidad y de estos apenas el 53 por ciento se gradúa. Luego le describían las soluciones que para el déficit en cobertura trae el proyecto de reforma a la Ley 30 presentado por el gobierno: continuar disminuyendo el porcentaje de inversión del Estado en la educación superior, invitar al sector privado a invertir y ampliar las posibilidades de crédito educativo. Al final, la ministra María Fernanda Ocampo aparece diciendo un disparate.

Fueron varias las anotaciones que de manera vehemente me hicieron los dos grupos. El aporte de la Nación a las universidades pasó, en el anterior gobierno, de 0,50 por ciento del PIB a 0,38 por ciento. El contraste con el promedio de 0,85 por ciento de América Latina es asombroso. Más escandaloso aún si se compara con los países ricos. La tienen tan clara que hicieron la proyección a 2025 y concluyeron que para ese tiempo la contribución de la Nación rondará el 0,25 por ciento. Muy extraño. Porque los países desarrollados están haciendo esfuerzos por aumentar su inversión en la educación superior conscientes de que en este campo se juegan la superioridad económica y también la reducción de las brechas sociales.

No acudían a citas de algún ideólogo ni se hacían eco de alguna consigna política, para plantear sus demandas. Simplemente tomaban el artículo 70 de la Constitución Nacional, que eleva la educación a derecho humano fundamental, y señalaban que para ellos eso significa que Colombia debe caminar hacia una universidad gratuita, para todos y de alta calidad. Que el ingreso de Colombia a la tercera línea de los países emergentes y las grandes expectativas en la minería, en el petróleo y en la inversión extranjera tendrían que revertirse en dinero y más dinero para ciencia, tecnología y humanidades.

Decían que se engañaban quienes pensaban que la movilización sería un fenómeno pasajero, apenas un grito, en medio de una sociedad que había perdido la costumbre de la protesta pacífica y se había resignado a la imposición y la violencia. Sentían que hacían parte de una gran marejada humana que no descansaría hasta obligar al gobierno a darle un vuelco completo a la educación superior en Colombia. Se habían organizado para ello en la Mesa Amplia Nacional Estudiantil, que representa a 32 universidades públicas y 48 privadas.

Oyéndolos evoqué el compromiso, la seguridad y el optimismo del movimiento estudiantil de los años setenta. Sentí una alegría inmensa al ver otra vez a la juventud anunciando un futuro mejor para el país. Solo que este movimiento no abrigaba sueños de revoluciones violentas, ni se parapetaba en artificios ideológicos, ni iba detrás de la cola de partidos y dogmas tan añejos como inútiles.

Las grandes marchas del pasado jueves han confirmado una por una las palabras que oí hace apenas unos días. Los estudiantes han logrado algo extraordinario: hicieron retroceder al gobierno y además fueron capaces de evitar la violencia propia y las provocaciones que a veces realizan escuadrones de la fuerza pública. La ministra debería aprender rápidamente la lección y pasar a un ambicioso proceso de concertación con la Mesa Estudiantil, o renunciar y entregarle el puesto a alguien que sepa del tema y entienda este nuevo despertar de la juventud.
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