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Opinión

  • | 2016/04/01 16:02

    Vivir con un propósito

    Vivimos en un contexto en donde se pierde a veces la esperanza acerca de quienes dirigen las riendas del gobierno, la claridad sobre quién es honesto y quién es corrupto.

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Desde 1964 se ha estado investigando tímidamente sobre el sentido de la vida de las personas y su repercusión en diferentes áreas; sin embargo, lo últimos años han traído una explosión de datos acerca de lo importante que es tener una vida con propósito, pues quienes tienen un menor sentido en sus vidas suelen experimentar más afecto negativo, ansiedad, vergüenza y tristeza, así como mayores niveles de estrés, depresión, desesperanza e ideación suicida. Por otro lado, los resultados también han mostrado mucho más consumo de alcohol y drogas, conductas antisociales y en general, problemas psicológicos; mientras que  un mayor sentido de vida implica manejar mejor los eventos traumáticos y mayor bienestar, afecto positivo, adecuado afrontamiento y felicidad. En síntesis, tener una vida con propósito es un gran negocio.

Nuestro país no se queda atrás en este preocupación acerca de cómo agregarle valor a la vida y no vivir el sin sentido que nos ofrece ocasionalmente la realidad, pues vivimos en un contexto en donde se pierde a veces la esperanza acerca de quienes dirigen las riendas del gobierno, la claridad sobre quién es honesto y quién es corrupto, los diferentes bandos que hacen pensar que no trabajamos por un solo país sino para quien gana y en general, la indiferencia de muchos. El egoísmo de la pregunta constante ¿Y yo qué gano aquí? convirtió el servicio en algo de tontos y nos transformó en el país del narcisismo de ¿Usted no sabe quién soy yo? Por suerte el sentido existe gracias al sin sentido, la plenitud de la vida se da porque también hay vacío existencial, es decir, podemos comparar y discernir llenar la vida de lo valioso y duradero o vivir en lo efímero del poder, el dinero y el ego.

Vivir con propósito significa hacer que lo valioso en la vida se haga presente, es decir, conectarnos con aquello que nos da la experiencia de que vale la pena respirar e incluso que vale la pena dar la vida por algo o por alguien. En un estudio preliminar, más de la mitad de los universitarios colombianos consideraban su vida carente de sentido y sin propósito, situación que no hace extraño que tengamos el nivel más alto de consumo de drogas entre los 18 y los 24 años, siendo los mayores usadores de sustancias entre los universitarios de los países del norte de Suramérica, llegando a cifras superiores al 30% de experimentación. No lo juzgo necesariamente como un problema, pero sí como una búsqueda de experiencias que sumado a un contexto de sin sentido, podría en muchos casos, hacernos más vulnerables a necesitar algún tipo de tecnología que nos haga sentir vivos o nos permita soportar el vacío. Algunos comprarán desbordadamente, otros comerán compulsivamente, apostarán sin ahorrar o saciarán su hambre de sentido con lo que no lo llena.

El asunto es que la vida puede llenarse de sentido si nos conectamos con lo valioso que hay en ella, si lo valioso es el cuerpo perfecto, pues daremos nuestra vida por ello, si lo valioso es la marihuana pues daremos nuestra vida en ese amor, si lo valioso es el dinero pues gastaremos la vida consiguiéndolo; sin embargo, es posible que existan cosas que duran más tiempo y que la experiencia interna nos lleve a sentirnos plenos. El sentido de la vida puede encontrarse en los vínculos con personas valiosas a través de la experiencia de amar o sentirse amado; muchos de nosotros descubrimos el sentido en nuestros hijos, notamos que en medio de una crisis no podemos morir porque aún están muy pequeños o nos descubrimos cuidando la salud porque no queremos dejarlos solos, otros descubren sentido al encontrar a un ser humano delante del cual pueden ser y mostrarse sin temor, pueden vivir el amor. Los vínculos con personas valiosas son una de las principales fuentes de sentido.

El sentido de la vida también lo encontramos en lo que hacemos, en las acciones que realizamos y ejecutamos; para algunos el trabajo dota de sentido la vida, pues pasamos gran parte de nuestro tiempo en él, y si este, no es un fin en sí mismo, sino un medio para algo más valioso, experimentamos nuestra vida como plena de sentido. Servimos a otros, generamos riqueza, aportamos empleo, damos fortaleza, curamos, defendemos y en general, hacemos útil nuestra profesión u oficio. Si estamos demasiado distraídos quejándonos o mirándonos el ombligo no entregamos nada al mundo; nos da mastitis espiritual: nos ponemos duros y duele vivir.

En ocasiones, el sentido de la vida se hace transparente en medio de algún sufrimiento, nos sentimos tristes cuando perdemos algo importante, nos distraemos de lo realmente valioso y cuando la enfermedad, el rigor de los años o la confrontación con la muerte sobrevienen, la lucidez acerca de lo que sí vale la pena se muestra con crudeza. No es fácil encontrarle sentido a la vida si vamos demasiado rápido, pues las cosas más valiosas requieren de tiempo y dedicación, solo en la calma podemos disfrutarlas, si vamos corriendo huyendo de nuestros miedos o persiguiendo latas que parecen oro, solemos pasar al frente de lo realmente importante y ni nos damos cuenta. El sentido pocas veces toca a nuestra puerta, hay que detenernos y oler lo que huele, saborear lo que sabe, sentir lo que se siente y llenar la vida de más vínculos valiosos y genuinos. Hay que descubrir para qué estamos hechos y hacernos útiles para el mundo, pues como bien decía Nietzsche “Quien tiene un por qué para vivir puede soportar casi cualquier cómo”.

info@efrenmartinezortiz.com

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