Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2016/08/19 17:05

Invertir en el valor de nuestros hijos

La verdadera sana autoestima tiene que ver con un 'Yo' que reconoce sus vínculos y acciones valiosas, y que al mismo tiempo ve su repercusión positiva en el mundo.

Efrén Martínez. Foto: Semana.com

La autoestima no tiene nada que ver con la prepotencia de la que a veces somos víctimas y mucho menos con creer que somos invulnerables y que podemos obviar normas por considerar que son inaplicables a nuestra sangre azul, apellido, título universitario, cargo o simple locura. La verdadera sana autoestima tiene que ver con un ‘Yo‘ que reconoce sus vínculos y acciones valiosas, y que al mismo tiempo ve su repercusión positiva en el mundo; es decir, una sana autoestima tiene que ver con una valoración real de lo que se tiene y con el sentimiento de servir para algo y ser bueno para otros.

Hoy sabemos, gracias a décadas de investigación, que la sana autoestima repercute en una mayor práctica de actividad física, previene el conducir de forma arriesgada o temeraria y está inversamente relacionada con la presencia de comportamientos violentos y agresivos, pues las personas con alta autoestima cuentan con un comportamiento interpersonal sano y más asertivo. Los jóvenes que tienen una sana autoestima son menos proclives a ser víctimas de bullying, consumen menos alcohol y drogas, están menos predispuestos a trastornos como la anorexia y la bulimia, y en general, tienen menos problemas psicológicos como fobia social, comportamientos adictivos, uso inadecuado de redes sociales, sintomatología y presencia de trastornos ansiosos, depresivos e ideación suicida. Los adolescentes con baja autoestima suelen tener un mayor número de parejas sexuales de riesgo y embarazos no deseados, pues a mayor autoestima hay mayor uso adecuado de métodos anticonceptivos en mujeres adolescentes activas sexualmente. Las investigaciones nos dicen que la sana autoestima suele relacionarse con mayor cantidad de prácticas deportivas en los jóvenes, menor participación en actividades delincuenciales y mejor manejo de las sobre exigencias externas; en fin, aunque a muchos adultos les parece tonto cuidar la autoestima de las personas, sin lugar a dudas es una excelente inversión para la gente que nos rodea.

Muchas personas tienen diálogos negativos sobre sí mismos, restándose valor; experimentan malestar o rechazo con los cumplidos que se les hacen, se sobre esfuerzan por ser perfectos, viven en la constante búsqueda de aprobación de los otros, siendo dominados por un juez interno implacable o sencillamente evitando todos los contextos posibles de evaluación. Cuando la autoestima está seriamente golpeada, no es fácil experimentar que se “puede ser” en el mundo y que vale la pena “ser aquí”; por el contrario, vivir con aprobación personal, con gusto por quien se es, y reconociendo el impacto positivo que se tiene en los otros o en el mundo, realmente vale la pena.

Si queremos ayudarles a nuestros hijos a tener una sana autoestima y no un narcisismo o perfeccionismo peligrosos, evitemos tratarlos injustamente, compararlos con los otros pensando que así mejorarán y mucho menos ridiculizarlos o burlarnos de ellos –especialmente en público-. Es necesario eliminar cualquier forma de violencia y menosprecio de sus logros, evitar la indiferencia, dejarles de hablar o ignorarlos, descalificarlos y subestimarlos. Más bien, enseñémosles que es posible equivocarse en la vida, que se debe exigir y defender lo que es propio y lo que se quiere, y que hay alguien, que sin sobreprotegerlos, es capaz de defenderlos cuando hay fundamento para ello.

Aportar para su sana autoestima no es tratarlos como príncipes sin que hagan mérito y mucho menos felicitarlos por cosas que no son reales; más bien, pidámosles la opinión frente a cosas que les conciernen, tengamos como sagradas fechas especiales que son importantes para ellos, manifestemos un interés explicito por las cosas que a ellos les interesan, aprendamos el nombre de sus mejores amigos y de sus planes predilectos. Permitámosles ser en nuestra presencia (que opinen, que hablen, que hagan bromas -sin que todo se valga-). Hablemos bien de nuestros hijos delante de otras personas, especialmente si ellos están presentes (sin excedernos), divirtámonos con nuestros hijos, tengamos contacto físico y hagámosles caricias verbales cuando se pueda; y si nos damos cuenta de que somos como un juez implacable a quien le cuesta ver lo bueno, practiquemos el juego: ¡¡¡Descubre a tu hijo haciendo 20 cosas buenas al día!!!

En nuestros sistemas de trabajo para la autoestima de adolescentes, no cabe duda de que la mirada de los padres tiene directa relación con mucho de lo que construimos internamente. Ya algunos padres han experimentado que aun siendo grandes no les es fácil opinar delante de sus padres o tal vez abrazar a un hermano mayor; algunas miradas y gestos de una madre se convierten en poderosos mensajes telepáticos que dificultan “poder ser en el mundo”. Trabajemos en una mirada que le ayude a sacar lo mejor que tienen; nuestros hijos y en general el mundo, nos lo agradecerán.

* info@efrenmartinezortiz.com

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