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Opinión

  • | 2017/02/24 08:43

    Elogio a la imperfección

    Disfrutemos la vida porque no hay certeza de que exista otra. Por favor: no jodamos tanto.

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Crecer en una familia de perfeccionistas puede convertirte en alguien muy imperfecto. Es decir, crecer sintiendo que estás a punto de hacer las cosas mal, que lo que hiciste pudo haber quedado mejor, que es indispensable revisar lo hecho para corroborar que se ejecutó de la manera adecuada y correcta, o tener la sensación de que hagas lo que hagas no es suficiente pues siempre harán falta 20 centavos para el peso, es sin duda angustiante. 

Un padre o una pareja perfeccionista pueden ser un motor de estrés impresionante; tener la sensación de ser juzgado con la mirada; sentir que se debe estar alerta para no decir imprecisiones o que ya está a punto de llegar el auditor de la familia a revisar cualquier posible error, disparará seguramente la necesidad de cuidarse de alguna manera, tal vez ocultando las fallas para no ser condenado, o esforzándose por obtener la gracia del evaluador con quien se vive. 

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Sin embargo, también puede ser cómodo tener un perfeccionista en casa, pues alguien está pendiente de sacarte todas las citas médicas, psicológicas, legales y odontológicas que necesites; puede parecer conveniente tener una persona que no te deje pensar por ti mismo y que incluso te diga cómo debes vestirte y qué es lo inteligente para decir; alguien que te acuerde del cumpleaños de todos y que tenga una agendita con las contraseñas, claves, fechas especiales y hasta con un listado organizado en orden de importancia, de tus pendientes del día siguiente. Alguien que termine haciendo las cosas por ti, pues cree que tú no serás capaz de hacerlo o no lo harás bien. El tema es que esta comodidad trae un precio: la dependencia y la pérdida de libertad.

No es fácil vivir con alguien especialista en ver el punto negro de la sábana blanca; un crítico implacable sin escala de grises que te evalúa todo el tiempo, que no te valida, ni te reconoce, ni te felicita. Sin embargo, la vida va educando y quien es perfeccionista pronto encuentra que no puede saberlo todo, ni hacerlo todo y mucho menos tenerlo todo. Pronto enfermará pues el estrés le pasará factura, pronto los errores o el abandono de los otros le enseñarán que tener una razón no significa tener la razón, que efectivamente sí hay muchos caminos para llegar a Roma, que no siempre la forma es más importante que el fondo, que ser segundo no significa ser un perdedor, que el éxito para manejar el tiempo no está en hacer las cosas más rápidamente, sino en hacerlas con mayor conciencia y que la vida es eso que se le esfumó por andar peleando por miles de motivos que no valían la pena.

Vivamos y dejemos vivir, cuidemos a nuestros hijos pero dejémoslos ser, valoremos a nuestra pareja antes de que otro lo haga, gocemos del proceso y no sólo del resultado, disfrutemos la vida porque no hay certeza de que exista otra. Por favor: no jodamos tanto.

info@efrenmartinezortiz.com

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