Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

×

Opinión

  • | 2013/11/16 00:00

    Entre el decir y el hacer

    George Orwell, el legendario escritor británico, dejó claro en su célebre novela “1984” que el ejercicio del poder es incompleto sin el dominio de la información.

COMPARTIR

Mientras que en La Habana las Farc piden garantías para el ejercicio de la política como un paso fundamental para la dejación de las armas, en el país continúan violentando los derechos de los ciudadanos y orquestando planes macabros para asesinar a un expresidente y a un grupo de funcionarios públicos. Predicar una cosa y llevar a cabo otra distinta, no es solo una normatividad de la guerrilla,  sino la puesta en escena de unas creencias generalizadas que tienen sus raíces bien profundas en la formación cultural de los ciudadanos.

Aquello de que “las reglas se hacen para romperlas” o “la ley es solo para los de ruana” son sentencias que han hecho carrera en la conciencia colectiva y se han instaurado en los pilares sociales como verdaderos axiomas. Hace un poco más de sesenta años, Paul Joseph Goebbels, ministro de propaganda de la Alemania Nacional Socialista y amigo entrañable del Tercer Reich, aseguró que una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad irrefutable. Las malas prácticas, o la ética retorcida, son hoy parte del paisaje cultural y social colombiano. Por eso resulta sumamente extraño, y se convierte en noticia nacional, que un taxista devuelva a un pasajero el maletín con varios miles de dólares que dejó olvidado en el asiento trasero de su vehículo.

Las malas costumbres, como dicen los abuelos, no son más que el rompimiento de unos valores que hoy hacen parte de lo que folclóricamente solemos llamar historia patria. Como es sabido, las axiologías se insertan en el corazón de los grupos sociales y definen su comportamiento, su forma de pensar y, por supuesto, su mirada sobre el mundo. Nada, nos recordaba Flora Davis en uno de sus libros, define más al hombre que sus actos. Las palabras se las lleva el viento pero las acciones son la materialización del pensamiento y la escenificación de las convicciones, aunque en muchas ocasiones ambas converjan perfectamente como las piezas de un rompecabezas.

No soy de los que piensa que todo tiempo pasado fue mejor. Más bien soy un convencido de que muchos elementos que alimentan nuestra cultura deberían desaparecer para siempre, así como el tiempo diluyó la falsa creencia de que los reyes eran seres escogidos por Dios y que los curas se constituían en algo así como la línea telefónica que mantenía al resto de los mortales en contacto con el Creador.

La sacralidad de la Iglesia fue una de esas tantas mentiras que se dijeron mil veces y que la coacción del poder y la ignorancia de los pueblos convirtieron en una verdad tan grande como el sol. Pero no fue la única. La creencia en un Dios omnipotente y omnímodo no podría concebirse como un acto de fe sino como una imposición llevada a cabo por la fuerza de la espada y el poder de la bota.

Hoy, la dominación de un grupo sobre otro y la imposición de sus valores no se dan en el campo de batalla porque para ello están los medios de comunicación. No es un lugar común asegurar que la prensa tiene mucho más poder que un ejército de soldados y un centenar de bombarderos supersónicos rusos Tupolev 160, tanto por su capacidad de crear opinión como la de persuadir y formular verdades mucho más duraderas, pero también, si se lo propone, la de derrumbar imágenes y tumbar mandatarios.

Si hay algo que le temen aquellos que ostentan el poder es la capacidad de la prensa para sacar a la luz pública lo que permanece guardado. George Orwell, el legendario escritor británico, dejó claro en su célebre novela “1984” que el ejercicio del poder es incompleto sin el dominio de la información. Esto lo saben claramente los miembros de las Farc, quienes en uno de los puntos de la famosa lista de mercado le exigieron al gobierno del presidente Santos la creación de un canal de televisión y un periódico para la difusión de sus tesis, pero también para defenderse de los posibles ataques políticos que vendrán si se reinsertan a la vida civil.

No hay duda de que las axiologías cambian porque las generaciones lo hacen. Al igual que las palabras, estas pierden con el tiempo su valor primario y terminan significando una cosa distinta de aquello que les dio vida. Hace poco le escuché decir a una señora que su padre, un pensionado de Ecopetrol, era un tipo informado porque veía las tres emisiones de Noticias Caracol y RCN. Cuando niño, yo pensaba lo mismo porque no tenía la capacidad de cuestionar lo que veía y escuchaba. Tragaba entero los bodrios porque me habían ensañado que la palabra escrita era como una gigantesca roca: inamovible.

Hoy les enseño a mis estudiantes que estas grandes cadenas de noticias son, por encima de todo, grandes empresas económicas con intereses particulares, que cuando un hecho afecta de alguna manera esos intereses, simplemente  lo omiten y crean un sofisma de distracción. En el 2008, en una charla con el desaparecido maestro Tomás Eloy Martínez y el novelista Sergio Ramírez, les preguntaba sobre el cacareado equilibrio que debe prevalecer en la información noticiosa. Recuerdo la sonrisa de niño del autor de “Santa Evita” al responderme: “Eso no existe”, dijo sin vacilar.

Predicar y practicar no son necesariamente dos acciones correlacionadas. Cumplir a pie juntilla la normatividad gramatical no convierte a nadie en escritor, ni ir todos los domingos a misa transforma a un devoto en santo; por el contrario, puede despertar con pasión sus instintos primario, como cualquier Testigo de Jehová, y convertir la vida del vecino en una pesadilla. Hace poco, un amigo me decía que mientras los jóvenes se esmeran por conocer las reglas, a los viejos les interesan más poner en práctica las excepciones. Tal vez esto explique un poco lo que está pasando con las grandes cortes colombianas y sus magistrados. Hacerle zancadilla a la justicia que predican se ha convertido para ellos en un deporte nacional. 

*Docente universitario.
¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 1842

PORTADA

La voltereta de la Corte con el proceso de Andrade

Los tres delitos por los cuales la Corte Suprema procesaba al senador se esfumaron con la llegada del abogado Gustavo Moreno, hoy ‘ad portas’ de ser extraditado. SEMANA revela la historia secreta de ese reversazo.