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Opinión

  • | 1985/06/17 00:00

    EL 120, UN TEMA "GUAQUIS"

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Los niños dirían, con toda seguridad, que es un tema "guaquis". Los jóvenes, en cambio, se referirían a él como un tema "barro". Y para los adultos, o por lo menos para la gran mayoría de ellos, el tema es tajantemente decadente.
Llámesele como se quiera: "guaquis", "barro" o decadente, el tema del artículo 120 de la Constitución Nacional ha caído en desgracia, y para una parte importante de la opinión pública su sola mención alude a esa parte fétida de la práctica política que es el pastel burocrático.
Antes de caer en desgracia, el artículo 120 de la Constitución había sido una sofisticada herramienta jurídica para aliviar a un país que, hace 40 años, se estremecía con la violencia partidista. Podría afirmarse que el 120, como se le dice ahora en confianza y hasta despreciativamente, es lo que queda vigente del espíritu de un periodo constitucional que ya está terminado, el del Frente Nacional. Su redacción obedeció al deseo de evitar que las mayorías electorales montaran una despiadada persecución burocrática contra el adversario que no hubiera logrado imponerse en las urnas. En otras palabras, para evitar que el cambio de Presidente trajera consigo el cambio de todos los ascensoristas, operadores de kárdex, niñas de los tintos y mensajeros de las oficinas públicas del país, que a su vez dependen de otros cargos de mayor categoría administrativa que en Colombia están sometidos al azar del vaivén político, pero que en los países más civilizados del mundo se obtienen por concurso de méritos y se conservan por razones de eficiencia. Es decir, a través de lo que se conoce con el nombre de carrera administrativa.
Cualquier día de estos el 120 perdió su encanto cientificopolítico y quedó reducido a una vulgar fórmula burocrática. Su esencia, que era la defensa del bipartidismo en contra de los gobiernos hegemónicos o de partido, se desdibujó ante el empuje de los apetitos puesteros. Y lo que había nacido como una forma de civilización se ha convertido, quizás injustamente, en una especie de sinónimo de barbarie política.
La semana pasada tuvimos una vez más oportunidad de ser testigos de la decadencia del 120. Sucedió con ocasión de unas declaraciones del ex presidente Pastrana, diseñadas quizás para remover la tierra en la que, a comienzos de la administración Betancur, el liberalismo dejó sembrada su matica de la "colaboración personal y sin responsabilidad política" fórmula con la que el Partido bendijo la colaboración que ha aceptado prestarle al actual gobierno en virtud, precisamente, del artículo 120 de la Constitución.
Cobijados por esta matica, los liberales han tenido oportunidad de criticar a la actual administración colocando en segundo plano el hecho de que forman parte de ella. Por eso, ante la propuesta del ex presidente Pastrana de eliminar la coparticipación obligatoria que impone el articulo 120 de la Constitución, los liberales expresaron las más variadas reacciones.
Mientras Galán dijo sí, Barco dijo no, Turbay dijo sí y no y Mosquera Chaux sí pero bajo ciertas condiciones. Lo más curioso es que, bajo la sombra del 120, todos tenían algo de razón, lo que alcanza a dar una idea aproximada del caos práctico en el que se encuentra sumido este artículo de la Constitución.
Por un lado, es cierto que frente al actual gobierno el liberalismo ha pretendido algo tan estrambótico como sería renunciar a las acciones que se tienen en una determinada compañía pero seguir cobrando, al mismo tiempo, los dividendos. Cabe preguntarse, a simple título demostrativo, si la actitud del liberalismo sería la misma si no hubiera ministros liberales en el actual gabinete ministerial.
Pero, por el otro lado, y en medio de todo lo decadente que hoy pueda sonar el tema del 120, la obligatoria participación que el partido ganador deba darle al que le siga en votos es conveniente conservarla hasta tanto no exista en Colombia el concepto del servicio civil, en lugar del de la administración pública como fortín burocrático, imperante en la actualidad.
Así es que, la próxima vez que se ponga sobre el tapete el tema del 120, un artículo de la Constitución que definitivamente cayó en desgracia, tapémonos las narices y recordemos el caso del aceite de bacalao. Que por más "guaquis" que sea, sería una bobada declararle la muerte al pescador, porque quedaríamos condenados a llevar el pescado cuestas.
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