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Opinión

  • | 1992/02/17 00:00

    El abandono de la Costa

    Probablemente el robo de la cosa pública es el pecado capital más asiduamente practicado por los dueños del poder.

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TIENE RAZON LA COSTA: HA SIDO ABANdonada. Pero, para esa gracia, también han sido abandonados los Santanderes, y Nariño, y Cundinamarca, y no digamos el Chocó, y hasta la misma Bogotá, a la que costeños y chocoanos y cundinamarqueses acusan de explotadora y centralista. Todas las regiones de Colombia han sido abandonadas. Pero no abandonadas por el poder, sino abandonadas en manos del poder. Los politiqueros costeños que ahora se quejan del abandono, y amenazan con la desmembración del país, como hicieron a principios del siglo los politiqueros de Panamá, han sido desde hace décadas los dueños del poder en su región. Y lo han utilizado únicamente para saquearla en su propio beneficio.
No son los únicos. Otro tanto han hecho los chocoanos, los cundinamarqueses, etc., que han tenido el poder en sus regiones respectivas. Y siguen haciéndolo. ¿No vemos acaso a diario cómo se roban las licoreras, los puertos, las aduanas, Cajanal, el Fondo Nacional de Salud? Y tampoco es costumbre exclusivamente colombiana, o reciente. Ha sucedido siempre, y en todas partes: en el Egipto de los faraones y en la Rusia de Boris Yeltsin. Probablemente el robo de la cosa pública es el pecado capital más asiduamente practicado por los dueños del poder (después del asesinato, naturalmente). Es que el poder nace de ahí, y sirve para eso.
Las autocracias tienen la ventaja relativa de que sólo roba uno, con la consecuencia de que la situación no dura para siempre. A Trujillo, a Somoza, a Bebé Doc, para no irnos demasiado lejos en la historia ni en la geografía, terminaron derrocándolos no tanto porque fueran ladrones y asesinos sino porque no dejaban robar ni asesinar a nadie que no fuera ellos. En cambio Colombia tiene la ambigua bienaventuranza de que aquí hay democracia, y por consiguiente son muchos los que roban y muchos los que matan. Eso ayuda a que exista una cruda redistribución de la riqueza y del poder, pero en cambio hace imposible que las cosas cambien. No se puede detener a todos los ladrones ni a todos los asesinos -y el resultado es que no se detiene a ninguno. (Además de imposible, sería injusto).
Pero el problema no está tanto en que la responsabilidad sea múltiple en vez de ser individual, sino en que la medida es excesiva. No hay medida. Así, aquí mata todo el mundo: el Estado y la guerrilla, la mafia y los particulares. Y roba todo el mundo: desde el político que promete la obra hasta el carretillero que se lleva los sacos de cemento. Pero así como no es posible matar a todo el mundo, ningún país puede aguantar tampoco que se robe todo lo que hay.
Porque tal vez sea cierto, como sostienen entre aplausos algunos moralistas pragmáticos, que el aumento incesante del saqueo sea simplemente el reflejo del aumento de la riqueza en el país, y ayude a distribuirla por canales distintos de los que institucionalmente están cerrados. También puede ser cierto que la generalización de la violencia no sea otra cosa que el reflejo de la energía desbordante que hay en Colombia y que, también por razones institucionales, no encuentra otras maneras de expresión. Pero las dimensiones del saqueo y de la violencia son demasiado grandes, y están devorando por completo al sujeto, lo cual no es sostenible. Cuando llegó a la Presidencia de la República y se rodeó de "los más capaces y los más honestos", Julio César Turbay prometió solemnemente que "reduciría la inmoralidad a sus justas proporciones". Pero aquello no pasó de ser una vana promesa de político en campaña. Pues las proporciones de la inmoralidad, si no justas, por lo menos adecuadas, son las que permiten el crecimiento de la sociedad. Las que hacen que en Italia, por ejemplo, se enriquezcan con la construcción de una nueva autopista los políticos que la deciden, los contratistas que la ejecutan, los mafiosos que cobran protección por permitirla: pero se enriquezca también la sociedad en su conjunto mediante la existencia de esa autopista que queda hecha después del enriquecimiento de todos los intermediarios. En Colombia se enriquecen los intermediarios, pero no queda ninguna autopista. El metro de Medellín, por ejemplo, se ha tragado varios cientos de millones de dólares, y mucha gente ha salido rica de ahí. Pero no hay metro. Y prácticamente no hay Medellín tampoco.
Con la Costa sucede exactamente lo mismo. Si sus politiqueros y sus contratistas -que suelen ser por añadidura sus hermanos- se hubieran contentado con robar simplemente la mitad de lo que han robado en los últimos decenios, la Costa sería un emporio de prosperidad y de riqueza. Ellos, por su parte, no serían tan ricos como son ahora: serían simplemente la mitad de ricos -lo cual, al verlos, no estaría nada mal. Y probablemente no se quejarían tanto. -
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