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Opinión

  • | 2011/08/05 00:00

    El ad hominem contra la falacia del silencio

    La caída del dominó uribista es, hoy, la mejor distracción para el ‘Dirty Poker’ de Santos.

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Álvaro Uribe Vélez luce cada vez más ignorado cuando sale en defensa de los miembros y gestiones de su gobierno. Más ignorado y, en consecuencia, más agresivo en su uso de la falacia ‘ad hominem’ –de esa nefasta forma de argumentar, a la que tanto nos tiene acostumbrados–. Esta semana hizo pública su preocupación por que los hallazgos del Gobierno, en materia de corrupción, se conviertan en “falsos positivos”. Fue así como lo que declaró en su Twitter: “Como elector del actual Gbno me ofende que su política anticorrupción sea un show contra nuestro Gbno”.

Ante semejante declaración, el Presidente Santos ‘comentó’ que no se dejará provocar. De ahí que Uribe sea ignorado, pero únicamente por parte de quien, justamente, busca una respuesta. Porque si bien son muchos los que, además, le piden al expresidente que (¡Por favor!) se calle de una buena vez, no son pocos quienes lo aplauden. Más aún, son más quienes, de lado y lado, consideran que Santos está en la obligación de responder. Y nuestro Presidente, sin embargo, guarda silencio.

El que calla otorga, según dice la sabiduría popular. Lo que únicamente se cumple si acuñamos cierta debilidad de carácter a nuestros interlocutores, en el peor de los casos, o malicia indígena, en el mejor. Pero como la gente no es boba, resulta sano desechar el primer uso del adagio y conservar, así, la versión positiva. Resultaría sano creer que el silencio, lejos de constituir un defecto, sea más bien una virtud: el que calla no otorga, está pensando.

Son múltiples y diversos los contextos argumentativos en los que el silencio constituye una poderosa arma de persuasión. Las mujeres, por ejemplo, suelen callar hasta lograr sus más ‘nobles’ objetivos. Lo que, por supuesto, podría antojarse trivial o controvertible; así que también tengamos en cuenta que todas las instituciones privadas, en su derecho, no suelen discutir en lo más mínimo sus decisiones. Más bien optarán por exonerar calladamente a los empleados que sí lo hagan. Porque el ruido, se sabe, es el peor enemigo de los intereses particulares; y el silencio, se sabe más, es una rotunda forma de dominación.

Reprochable o no, es así como en su legítimo derecho funcionan las instituciones privadas. Por eso son privadas. Cosa que no podemos decir de las instituciones públicas, que sí están en la obligación de actuar de las maneras más transparente y democrática posibles. Tan mal funcionan, sin embargo, que aquí celebramos como una estrategia casi que revolucionaria aquello que, presentado bajo el rótulo de “Urna de Cristal”, constituye más bien un deber constitucional de parte de todo gobierno.

De ahí que debamos apoyar a quienes repudian el silencio de Santos frente a las declaraciones de Uribe. Porque es claro que en lugar de velar por los intereses generales, con su silencio el Presidente ha optado por seguir navegando entre dos aguas, cuidando únicamente de sus intereses particulares frente a los uribistas. Lejos de constituir un acto de prudencia o un legítimo derecho, como sucede en lo privado, el silencio por parte de un jefe de Estado es más bien un vicio. Una falacia que en este caso se encamina a sostener una política neoliberal, que pretende administrar lo público a favor de intereses privados.

Es así como la privatización de la Ley 100, la apertura del lucro individual en la educación superior y, en general, las nefastas políticas públicas de este Gobierno a favor de una exagerada concentración del capital se han impulsado bajo la sombra de los escándalos del gobierno anterior. Cabe sospechar, sin embargo, que el mismo Uribe ya comienza a dimensionar la manera en que –con artimañas y usando la vieja figura del enemigo común–, Santos lo utiliza a favor de su imagen. Es lo que se podría inferir de una declaración adicional, con la que Uribe también se despachó esta semana en contra de Santos: “Cualquier diferencia que tuve con la Corte la ventilé públicamente (…) cuando uno ventila las cosas públicamente, tiene las cartas sobre la mesa, no necesita hacer trampas”.

Aunque cueste aceptarlo, con todo y lo reprochables que fueron esas diferencias, Uribe tiene algo de razón: como jefe de Estado estaba en todo su derecho y deber de hacerlas públicas. La pregunta, sin embargo, es si en su afán de defenderse, Uribe seguirá sirviendo de esa figura que tanto repudia: un idiota útil. Porque no olvidemos que para toda falacia siempre habrá otra que la contrarreste. Por más agresivo que sea, un ‘ad hominem’ poco o nada puede hacer frente a la falacia del silencio; mucho menos cuando esta es implementada por quien tiene el poder. De ahí que la caída del dominó uribista sea, hoy, la mejor distracción para el ‘Dirty Poker’ del Presidente Santos.

*Twitter: @Julian_Cubillos
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