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Opinión

  • | 2011/02/14 00:00

    El adiós de un Crack

    Ronaldo fue un delantero feroz. Su nombre es sinónimo de definición, dueño de una técnica depuradísima, principal característica digna de un brasileño que se cría en las playas y juega descalzo.

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“Estoy preparado para seguir, pero tengo que asumir una derrota”. Esto dijo Ronaldo en la rueda de prensa junto a Alex y Ronald, sus dos hijos, en la que anunció su retiro del fútbol profesional. Palabras conmovedoras, dignas de un humilde guerrero. El hombre siente que todavía puede jugar, pero su espíritu luchador, la fuerza de cada mañana pierde el duelo ante el poder externo de las lesiones. El Deportes Tolima no fue el verdugo de esa dolorosa decisión, como se ha dicho por ahí. Hace una semana el Corinthians de Brasil, último equipo de Ronaldo, fue eliminado de la Copa Libertadores de América por el cuadro ‘pijao’, un hecho que coincidió con una floja tarde en la cancha y, a su vez, con la inminencia de la noticia.

Se va un crack, el mejor delantero que vi en mis 26 años de vida, contemporáneamente y más allá del VHS. Ronaldo Luis Nazário de Lima, quien nació un día de septiembre de 1976 y vivió con sus hermanos y su mamá en el suburbio Bento Ribeiro en Rio de Janeiro, fue un centrodelantero feroz. Su nombre es sinónimo de definición. El mejor de todos en este rubro, letal en el área, por eso costaba millones de dólares. (Los goles son tan escasos, sino miremos la Selección Colombia, que parecen cotizados en oro). Siempre dispuesto a aprovechar su chance, un bailarín capaz de driblar en baldosas, dueño de una técnica depuradísima, principal característica digna de un brasileño que se cría en las playas y juega descalzo. Además, gambeta, velocidad, potencia y cambio de ritmo. Tenía todo. Y ganó todo también: dos Copas del Mundo (1994 y 2002), varias ligas en cuanto país jugó, la Copa de Europa, la Intercontinental de Clubes, medalla olímpica, Copa América, dos veces el Balón de oro, el primero a los 21 años, tres veces el premio FIFA al Mejor Jugador del Mundo. Le faltó la Copa Libertadores.

Ronaldo se va porque sus piernas no le dan más, esas que, aliadas con balones de todos los colores, guayos de alta tecnología y aguda inteligencia, metieron cientos de goles, 15 de ellos en los mundiales instaurando todo un récord. Mojó en el Cruzeiro, donde debutó en 1993 a los 16 años despertando el murmullo elogioso de propios y extraños; después saltó el charco y llegó al PSV Eindhoven de Holanda, después en Barcelona, Real Madrid, Inter de Milán, Milan de Italia, Corinthians, y por supuesto en la ‘verdeamarella’.

Hace alrededor de cuatro años mientras jugaba en el Milan, los médicos le encontraron hipotiroidismo, un problema en la tiroides que desacelera el metabolismo. El dolor se le ha reproducido en distintos músculos en ambas piernas. La enfermedad hace que el astro día a día gane en lentitud y en peso. Ese es el motivo de su retiro, para algunos prematuro. El tratamiento conlleva la utilización de hormonas, varias incluidas en la lista actual de sustancias prohibidas dentro del dopaje deportivo. No obstante antes que el doping o el no doping, está la salud, mensaje que, según sus palabras, Ronaldo entendió pese al dolor.

El retiro de un deportista es quizá el momento más trágico y duro de toda la carrera. Casi siempre es porque se apaga la chispa interna, porque se acaba la motivación intrínseca de hacer lo que se hace. Sin embargo este caso es distinto. Ronaldo tiene 34 años, y sus lágrimas en la conferencia que dio en Sao Paulo son las de un nene que siente el fútbol como pocos, las de un tipo dolido porque lo llamaran “gordo” asociándolo a las fiestas y al ocio. Los hechos dirían otra cosa, descontando la vida social lógica que un brasileño querría gozar en su tierra o en Noruega. "Esto no es saludable, el fútbol profesional exprime al máximo al deportista”, agregó Ronaldo.

Su tristeza es la del naufragio de sus ganas vencidas por el físico, que antes de esto había llamado a su puerta con dos roturas de rodillas, ambas jugando para el Inter. Asimismo, previo a la final del Campeonato Mundial de Francia en 1998 en la que el local enfrentó a Brasil, Ronaldo vivió una noche de perros, con vómitos y convulsiones atadas a las presiones del patrocinio. Primó los nervios y la angustia. Ganó Francia 3 a 0. No es que hizo el oso el brasileño, no, la carga de la escenografía pudo más. Vaya si el deporte exige hasta límites insalubres. Aquella vez fue la mente. Esta vez, tal cual lo expresó Ronaldo: “He perdido con mi cuerpo”.

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