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Opinión

  • | 2017/03/04 17:15

    Se olvidaron los héroes

    A veces las grades políticas de estado, han sido relegadas por el afán de un triunfo electoral y de lograr todo, a toda costa y a todo costo con la pérdida del sentimiento de patria y del recuerdo de los héroes, lo que se volvió arcaico y aburrido

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Resulta frustrante que muchachos egresados de buenos colegios respondan, que Atanasio Girardot es el dueño de una flota de buses o que Tomás Cipriano de Mosquera es el alcalde de un municipio de Cundinamarca.

Dentro de los efectos que produjo la narcotización del país se cuenta, no sólo la puja por lograr todo, a toda costa y a todo costo, sino la lamentable pérdida del sentimiento de patria y del recuerdo de los héroes. Lo que no sucede, no solamente en los Estados Unidos, sino en países como Venezuela, Chile, Cuba y México, para no mencionar sino algunos.

Esa falencia ha dado paso a la superficialidad y a la figuración personal hasta el punto que, importantes políticas de estado que se siguieron por muchos años, fueron relegadas por el afán de un triunfo electoral. A ello ha contribuido también la progresiva ausencia del verdadero sentido de patria y del olvido de que tenemos héroes.

En un conflicto desconocido para la mayoría de los colombianos, un coronel de artillería nacido en Facatativá, José Cornelio Borda, murió defendiendo el puerto de El Callao el 2 de mayo de 1866 del ataque de una poderosa escuadra española, que previamente había ocupado las islas guaneras peruanas de Chincha.

La muerte de Borda conmovió al Perú y a buena parte de los países latinoamericanos que creyeron era el inicio de la reconquista española que tanto habían temido. Borda fue considerado en el Perú como un héroe de América. Aquí muy pocos se acuerdan de él.

José María Hernández fue un campesino nacido en Pupiales, Nariño, gran conocedor de la región amazónica y agente de la policía de fronteras que se instaló en Leticia después que el Perú nos entregó el trapecio en 1930. Hernández fue capturado por las fuerzas peruanas, acusado de “espía y traidor” y llevado a Iquitos, donde el 17 de abril de 1933 fue fusilado, mientras decía ¡Viva Colombia!

Un soldadito nariñense, Juan Solarte Obando, en la toma del puesto de Guepí en el río Putumayo el 26 de marzo de 1933, se abalanzó sobre las ametralladoras peruanas que defendían la posición, para proteger con su cuerpo a sus compañeros y permitir el avance de las tropas.

Por allá en 1966 encontré su vetusta tumba en el municipio de La Unión, demarcada tan solo por unos ladrillos que alguna vez estuvieron pintados de blanco. Las fuerzas militares recogieron su memoria y la proyectaron, pero ¿cuántos colombianos saben quién fue Solarte Obando ?

En el conflicto armado -no “guerra civil”- que hemos padecido, muchos miembros de las fuerzas militares y de la policía nacional han muerto defendiendo sus posiciones como José Cornelio Borda, han sido vilmente fusilados como José María Hernández y se han interpuesto para salvar a sus compañeros como Solarte Obando.

Nadie sabe ni siquiera cómo se llamaban a pesar de que estaban defendiendo la patria y todo lo que ella representa. No se puede pretender que aquí haya un culto a los héroes y a los soldados muertos en acción como sucede en los Estados Unidos y en casi todos los países europeos, pero si al menos que el país sepa de ellos.

Sin pretender tampoco que se llegue a las series de televisión en las que se promociona a los capos del narcotráfico con el evidente deterioro de la imagen de Colombia, o que se sepa de Antonio Ricaurte tanto como de las lesiones del ligamento cruzado de los futbolistas de las ligas europeas…

(*) Profesor de la facultad de Ciencia Política, Gobierno y Relaciones Internacionales de la Universidad del Rosario

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