Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2007/11/10 00:00

El aire, el humo, el cáncer

Ahora que en Medellín han bajado los homicidios, nos damos cuenta de otros motivos por los que la gente se nos muere antes de tiempo

El aire, el humo, el cáncer

Los amigos míos se viven muriendo, es el hermoso título de un gran libro de cuentos de un joven escritor colombiano, Luis Miguel Rivas, publicado hace algunos meses en medio del total silencio de este país sin críticos. Este título se me vino a la cabeza al darme cuenta de que, últimamente, las amigas mías se viven enfermando. Y no de cualquier bobada: de cáncer de pulmón, de páncreas, de seno, de laringe… Este año no ha pasado un mes sin que me llamen a darme la mala noticia de que Fulana ya no tiene pelo por la quimioterapia, de que Zutana está tratando de terminar un libro antes de morirse, de que tal otra quiere que hagamos una reunión para despedirse de todos sus amigos. Cuando no las fulmina una crisis cardíaca.

El motivo más obvio de todos estos males de mis amigas es que los años pasan, nos vamos volviendo viejos, y casi todos ya entramos o estamos al borde de entrar en “la década del cáncer”, esos años de terror en que el hilo de la espada de Damocles se vuelve más delgado y parece que está a punto de romperse. Claro, ese motivo es obvio, y la misma vida al acumularse es como una enfermedad que nos va matando. Pero en esta epidemia, la proliferación de ciertos agentes ambientales tiene su buena parte de responsabilidad, y en esta ciudad donde mis amigas se viven enfermando, Medellín, resulta que el nivel de contaminación por humo es uno de los más altos del hemisferio.

La actual administración municipal tiene el mérito (y sobre todo el valor) de haberse atrevido a hacer el diagnóstico. Medellín, encerrada en montañas por los cuatro costados, es una honda batea donde no hay viento que se lleve el humo, donde no hay espacio que se lleve el ruido, donde no hay suficientes parques verdes que purifiquen el aire y nos alejen del tráfico, del ajetreo, las fábricas y el diesel. Sobre todo del diesel.

Lamento tener que usar esta palabra, pero sostengo que Ecopetrol, la empresa más grande y rentable de este país, comete un crimen con Medellín y con casi todas las ciudades de Colombia. Un crimen, porque algo que se ha demostrado a saciedad en muchas partes del mundo, es que los pésimos combustibles como los producidos por ellos, enferman a la gente de cáncer. El dato escueto y desnudo es terrible: en la mayor parte de Estados Unidos el máximo de “partículas de azufre por millón” (PPM) permitido es de 15. En Europa y en Chile, el límite tolerado se eleva hasta 50. En Bogotá, después de una lucha ambiental de la Alcaldía, han conseguido que Ecopetrol les suministre diesel de 1200 PPM. Pero en Medellín y en casi todo el resto del país el diesel con que nos envenena Ecopetrol tiene ¡4.500 partículas de azufre por millón! Un crimen.

Sí, ya sé que están trabajando para resolverlo, que nuestras refinerías tienen decenios de atraso tecnológico, que esto hará más caro el transporte, que para el año de Upa están comprometidos a darnos un diesel de 1.200 PPM… Será muy tarde: los amigos míos se viven muriendo, las amigas mías se viven enfermando y todos mis allegados, terminando por mí, vivimos con ojos rojos y con dolor de garganta. El aire encajonado en este Valle del Aburrá es una porquería. Tiene además niveles altísimos de benceno (ese no viene con el diesel sino con la gasolina de Ecopetrol, la extra y la normal). El nivel aceptable de benceno en el aire, según el Ministerio de Salud, es de cinco. En muchas partes de este valle los niveles superan el índice ocho. Se sabe que el benceno (un aditivo de la gasolina) es cancerígeno, y que puede reemplazarse por el menos nocivo tolueno para evitar problemas de salud. Pues bien, nuestras autoridades energéticas no lo hacen, ni los padres de la patria expiden leyes para ponerle límites a la empresa que nos está enfermando, ni a los importadores de motos les importa qué motos traen a Colombia.

Está claro, en este país de asesinatos y secuestros, de paramilitares y guerrilleros, “lo urgente no deja tiempo para lo importante”, pero ahora que en Medellín han bajado los homicidios, nos estamos dando cuenta de otros motivos por los que la gente se nos muere antes de tiempo. La muerte es un destino ineluctable. Sin embargo puede postergarse hasta esa única muerte aceptable: la de viejos. Si nos estamos muriendo antes de tiempo, parte de la culpa la tienen no solo las pistolas y los matones, no solo el aguardiente y el tabaco. Buena parte de la culpa la tienen el humo de los carros y de las fábricas que usan el pésimo combustible con que nos está envenenando Ecopetrol.

¿La solución? Refinerías modernas, transporte público con combustible más limpio, peajes electrónicos para el uso de los carros particulares en ciertas calles, prohibición de las motos con motores de dos tiempos. Las soluciones se conocen, pero no hay un gobierno que obligue a tomarlas. Viven muy ocupados, peleando a los alaridos con la oposición. Y mientras tanto los amigos suyos, y los míos, se viven muriendo.

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