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Opinión

  • | 2005/02/14 00:00

    El alumno aplicado

    María Teresa Ronderos escribe sobre el particular sentido del deber del presidente Álvaro Uribe

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"Cumplir con mi deber", fue la respuesta que dio Álvaro Uribe en su primera campaña a la Presidencia, cuando un periodista le preguntó qué era lo que le producía mayor placer. Por lo general, la gente asocia la palabra placer con cuestiones más mundanas y sensuales. Así que hay que ser un 'nerdo' de marca mayor para sentir que el placer es la satisfacción del deber cumplido.

La sicología de alumno aplicado que se vislumbra en esa respuesta revela mucho acerca de la personalidad política del Presidente. Que está dispuesto a hacer lo que sea con tal de sacar adelante lo que se propone; que está convencido de que nadie lo haría mejor que él; que su manera de hacer las cosas es la correcta, y de que su persistencia lo llevará al éxito y al reconocimiento.

Por eso lo golpeó tanto el fracaso del referendo. Hizo todo lo que había que hacer y, a pesar de ello, la ciudadanía lo rajó. ¡Y hasta hoy no parece haber entendido por qué!

Por eso también le molestan tanto la crítica, la polémica y los subalternos que lo cuestionan (no es casualidad que queden pocos de estos en el gabinete), y, exasperado con tanta opinadera, él se aferra a su lema de trabajar y trabajar. Sabe qué hacer; no necesita que lo confundan con tantas opiniones.

Y por eso está empeñando en la reelección. No es, como muchos de sus opositores creen, por apego al poder o porque tenga tendencias dictatoriales. Es porque está convencido de que él es capaz de hacer la tarea más difícil de todas: la de librar para siempre al país de la guerrilla, y cree firmemente que su estrategia de mano dura es la única correcta. Teme entonces que si se va en 2006 su sucesor no siga el camino 'correcto' y se pierda todo lo que se ha hecho. (Hay que decirlo, mucha gente en el país cree lo mismo y por eso quieren reelegirlo).

Esta convicción se basa en su experiencia como gobernador de Antioquia. Las cifras oficiales de la Policía muestran que en su período de gobierno (1995-1997) en Urabá se disminuyeron las acciones subversivas y en los años siguientes bajó el número de ataques terroristas. Subieron en cambio los homicidios comunes (de un promedio anual de 751 en los tres años anteriores se pasó a uno de 1.169), pero en los años siguientes cayó el número de masacres, y los homicidios bajaron a un promedio de 463 al año hasta 2000. Mientras tanto en Antioquia, los índices de violencia siguieron igual o incluso crecieron mientras Uribe fue gobernador, pero luego se dispararon. Así, en 1995 hubo 1.342 homicidios y 127 secuestros, y en 2000, 1.659 asesinatos y 503 secuestros.

Los críticos de Uribe dicen que su liderazgo contraguerrillero impulsó las Convivir y llevó a que toda la sociedad se involucrara en la guerra (y la coincidencial acción brutal de los paramilitares), lo que a la postre terminó cosechando más muerte y dolor. Y que tampoco acabó con la guerrilla, sino que la desplazó al resto del departamento. Por eso, allí los índices de violencia crecieron. Por el contrario, Uribe argumenta que la violencia arreció cuando se fue de la Gobernación, no porque su política estuviera errada, sino porque sus sucesores aflojaron y la tarea quedó inconclusa.

No quiere repetir el error. Por eso pretende seguir en la Presidencia otros cuatro años, aun a costa de otras de las metas que se había propuesto al principio de su mandato, como la de luchar contra la politiquería y la corrupción o sanear el maltrecho fisco. Quiere cosechar los frutos que sembró en materia de orden público porque, por supuesto, no tiene duda de que serán magníficos y podrá entregarle a la historia un país sin Farc y, en consecuencia, sin motivos para que sobreviva el paramilitarismo.

¿Pero qué tal si sus críticos de Urabá, como los de hoy, tienen algo de razón? ¿Qué pasará si su política de seguridad no resulta tan adecuada para parar la barbarie guerrillera? ¿Y qué, si el paramilitarismo no se desmonta del todo y, aunque abandone su negocio antisubversivo, siga con los más lucrativos negocios políticos y de narcotráfico? ¿Ha subestimado el Presidente la posibilidad de que lo que coseche después de 2006 sea desolación y no fiesta, y ni siquiera le pueda echar la culpa a otro?

O quizás sí alcanzó a vislumbrar ese panorama en Cartagena, cuando desde la Andi hasta los europeos le reconocieron sus logros, pero le pidieron rectificar su política de paz y reconsiderar su peculiar visión sobre la guerra en Colombia, y por eso todo le empezó a dar vueltas, en un ataque de laberintitis del que todavía hoy no se recupera.
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