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Opinión

  • | 1994/03/21 00:00

    EL ALVARO DE ANDRES

    La adhesiòn de Alvaro dejò regados por el camino a antiguos, leales y valiosos amigos...

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NO ES TAREA GRATA JUZGAR LAS conductas de quienes nos han formado, guiado y enseñado tantas cosas en la vida. Pero es precisamente por lo que aprendí de él, que no puedo quedarme callada ante el nuevo rumbo que Alvaro Gómez resolvió imprimirle a su vida política.
¿Era realmente imprescindible su adhesión a la campaña de Andrés Pastrana?
Quienes conocemos bien a Alvaro tuvimos el pálpito inicial de que se trataba de un acto de grandeza política. Aunque las casas Gòmez y Pastrana han estado tanto tiempo separadas por razones que yo, en todo momento, preferì pensar que eran ideològicas, hay que admitir que la candidatura de Andrés quizás merecía ese replanteamiento que hizo Alvaro Gòmez. En los pocos dìas que han pasado desde que se quitò la curita de la boca, Andrés ha sorprendido con una campaña coherente, donde me ha llamado la atenciòn su decisiòn frente al proceso de apertura econòmica, más, muchísimo más continuista que el programa de Ernesto frente a un gobierno en menguante como el de Gaviria, con respecto al cual sería mucho más popular innovar que avalar. Pero también me ha sorprendido la personalidad con la que Andrés ha enfrentado ciertos temas del momento, como el de la concentraciòn econòmica, tema frente al cual Samper, en cambio, se ha mostrado tìmido, dubitativo y demasiado cauto, cuando parece más natural que fuera él quien estuviera agitándolo, si tenemos en cuenta el énfasis social que insistentemente viene dándole a su programa econòmico.
Dicho en otras palabras, Andrés ha demostrado ser un gallito de pelea con una imagen ciento por ciento perfecta, pero una credibilidad que, aunque mejorada por cuenta de un atractivo programa de gobierno, todavía dista considerablemente de llegar al punto que necesitaríamos para votar por él quienes seguimos pensando que el hijo de Misael está biche para el puesto que aspira a ocupar.
¿Còmo cuadra la grandeza política de Alvaro Gòmez en este esquema? He ahì el problema: que no cuadra. Salvo por un buen banderazo de arranque, como el que acabamos de analizar en el proceso del lanzamiento de su campaña, no hay nada de extraordinario en Andrés Pastrana que justifique que Alvaro Gòmez sea hoy el aliado político que no fue en el pasado.
Me asombrò, para no hablar de desilusión, la carta con la que se consolidò tan inusitada alianza. No hay en ella un sòlo trazo del Alvaro Gòmez del pasado, de su cruzada moral, de su originalidad política. Me pareció una carta llena de lugares comunes, cuyos argumentos no sòlo serían suficientes para adherir a Andrés, sino también a Samper, pues tanto el primero, como el segundo, quieren la paz, la seguridad, la convivencia, la justicia igualitaria, que no haya codicia en el servicio público, forzar el crecimiento de la economía, bajar la inflaciòn, controlar el gasto público y permitir que el pueblo participe en los programas de desarrollo. Si el asunto depende del anterior enunciado, francamente no encuentro una sola razòn por la cual Alvaro Gòmez se sintiera en la necesidad de adherir a Andrés.
Salvo, claro está, por razones de partido. Pero Alvaro Gòmez ha sido muy claro en que hay mucha más polìtica por fuera que por dentro del Partido Conservador, y por eso fundò un movimiento con el que participò brillantemente en la Constituvente y en recientes períodos del Congreso.
Que me perdonen mi franqueza, pero la adhesiòn de Alvaro Gòmez a la campaña de Andrés no me pareciò grande, sino pequeña. Adhirió él, pero no lo hicieron figuras brillantes de su movimiento como Lleras de la Fuente, que anda por ahí, buscando su destino, o como Jorge Valencia Jaramillo, que encontró ocupaciòn digna avalando moralmente la campaña de Samper. Pero sobre todo la adhesiòn de Alvaro dejo regados por el camino a antiguos, leales y valiosos amigos, como Rodrigo Marín, a quien en sus actuales aspiraciones presidenciales puede que le falten votos, pero no le han faltado ideas, ni valentía para defenderlas. De un líder, como lo ha sido siempre Alvaro Gòmez, habría sido elegante, para no decir moralmente obligatorio, una palabra de apoyo para quien por primera vez, después de haber respetado en repetidas oportunidad es el turno de su jefe, se animó a ejercer sus aspiraciones presidenciales.
Si todo este asunto encajara como lo hacen las fichas de un rompecabezas, todavía me haría falta una: precisamente la que explica por qué, si no fue por ideas, ni por lealtades, ni por conservatismo, tenía Alvaro Gómez, a este costo, que adherir a la campaña de Andrés Pastrana.
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