Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2008/12/20 00:00

El amanecer de la dictadura

Lo que sucedió esta semana en la Cámara demuestra que bajo este gobierno la división de poderes se está convirtiendo en una falacia

El amanecer de la dictadura

Estamos presenciando el otoño del uribismo y el amanecer de la dictadura en este país. A esa conclusión se llega luego de ver la cantidad de normas y reglamentos que se despedazaron en la plenaria que aprobó el referendo reeleccionista, sin que tal descuartizamiento haya merecido mayor protesta, a no ser por los editoriales de El Nuevo Siglo, de los cuales se infiere que el referendo reeleccionista tiene más vicios que Pambelé y Maradona juntos.

No obstante, el espectáculo que el país presenció esta semana en la plenaria de la Cámara es acaso más grotesco que el que presenciamos los colombianos en el trámite de la primera reelección, hecha también a juro y al filo de la madrugada, y en la que a los ministros se les vio también atajando votos, transformados en porteros nocturnos mientras por debajo de la mesa les ofrecían a los congresistas retrecheros puestos y prebendas en la modalidad del prepago.

En esta ocasión no todo fue un deja vu. Si bien hay algunos hechos que se repitieron casi de la misma forma, por ejemplo, el mismo carrusel de impedimentos que se vio en la primera reelección se dio en esta oportunidad casi de manera calcada, hay otros hechos que sorprenden por lo novedosamente grotescos. En esta ocasión todo se fue consumando sin necesidad de recurrir a la penumbra, ni a los rincones, ni a las visitas a los despachos de los congresistas. Los ministros perdieron la vergüenza y se les vio en la plenaria reconviniendo a los congresistas sin temor a que fueran vistos o escuchados. Hasta sus amenazas dejaron de ser veladas: a lo largo de esa plenaria fue evidente que el mensaje del presidente Uribe era uno muy claro: o votan por mi referendo reeleccionista a cambio de puestos, o les cierro el Congreso.

Como si lo anterior ya no fuera suficientemente denigrante, desde el Olimpo del Palacio de Nariño se envió una asesora presidencial a la plenaria con una lista en la que estaban todos los nombres de los congresistas con sus fotos y los puestos que tenían, para facilitar la faena. Sí, cómo no, se trata de la misma funcionaria mencionada por Yidis en su caso ante la Fiscalía, pero que esta vez pudo deambular como Pedro por su casa como si se tratara de una congresista más.

Si tuviera que escoger una escena para ilustrar el estado crítico de la política y las instituciones en Colombia, escogería sin duda la que protagonizó esa noche el cuestionado ministro de Protección Social, Diego Palacios. Y la escojo porque dice mucho de un país que un ministro investigado por haber presuntamente comprado el voto de una congresista en la primera reelección, haya sido precisamente el más activo y el que más se empleó a fondo esa noche. Diego Palacios fue, sin duda, el que más arengó, al que más se le vio hablando con congresistas y el que más intentó ferrocarrilear el referendo reeleccionista el día en que en que la Cámara decidió ponerles whisky a los pocillos de café. Es como si el hecho de ser un ministro investigado por la Yidis-politica, en lugar de cohibirlo, le hubiera dado más autoridad y más confianza para cumplir tan histórica faena.

Por no hablar claro de la actitud amenazante del ministro del Interior, Fabio Valencia Cossio, hermano de un fiscal preso, acusado de pertenecer a la mafia. Al otro día de aprobado el referendo reeleccionista salió desafiante y con lentes oscuros a decir que el referendo había sido aprobado sin ningún vicio y que si el Congreso así lo deseaba, podía perfectamente cambiar la pregunta y permitir la reelección del Presidente para 2010. Es decir, que el gobierno que él presidía podía hacer lo que le diera la gana porque el Congreso era un apéndice de los designios del Ubérrimo. Un amigo suspicaz me sugirió que semejante desafío también podría ir dirigido a la Corte Constitucional, con la intención de notificarle cuáles eran los designios del César. Las últimas salidas del ministro Valencia Cossio me recuerdan una frase de Vito Corleone, que pronunciaba ante los 'amigos' que visitaba con la intención de cooptarlos: "Tengo una oferta que usted no puede rechazar".

Lo que sucedió esta semana en la Cámara demuestra que bajo este gobierno la división de poderes se está convirtiendo en una falacia y que las instituciones se han ido despedazando, como lo prueba el hecho de que sea el Presidente el que decida enviar a sus mensajeros para negociar con David Murcia desde la cárcel, en lugar de que sea la Fiscalía. Como me dijo un político en estos días que alguna vez fue uribista: "Nos estamos quedando sin instituciones con qué pelear contra las Farc". Yo agregaría que no sólo eso nos está pasando. Estamos emprendiendo el camino que inician todos los países que terminan en dictaduras, situándonos incluso varios pasos más adelante que el propio Chávez, con el agravante de que este gobierno es un gobierno solapado que no se atreve a decir de frente que está usando el poder que le ha dado su popularidad para cambiar la ley en beneficio propio y para acabar con la vigencia del Estado de derecho.
 

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