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Opinión

  • | 2018/02/12 09:00

    Audio bombas

    Volví a escuchar al periodista alarmista, y pensé en lo fácil que es poner los micrófonos al servicio del pánico y cómo el amarillismo radial se convierte también en terrorismo.

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Es viernes en la noche y para escribir esta columna estoy dándole forma a la idea de que el estigma con el que marcamos a una persona es lo que nos autoriza para agredirla, rechazarla, insultarla; estoy pensando en las motivaciones que tiene la persona que ataca a otra por pertenecer a un partido político, en el gusto que parecen sentir al mantener la oposición en el terreno del estigma, que por definición es deshonra. Quería escribir sobre este asunto a raíz del anuncio de la Farc de la suspensión ‘temporal’ de su campaña electoral por las muy hostiles actitudes que han recibido sus candidatos al Congreso y a la Presidencia.

Pensando en el estigma como deshonra, recordé una de las escenas más impactantes de la exitosa serie de televisión Juego de Tronos, cuando una secta religiosa fundamentalista se hace al poder en la ciudad de los reyes Lanister. La manera como estos monjes de rasgadas vestiduras castigan a Cersei, la inescrupulosa madre de niños reyes y futura reina, es obligándola a caminar desnuda por las calles atiborradas en las que el pueblo se engolosina con la procesión de su verdugo humillado, y le tiran piedras y porquerías mientras retumba a una sola voz en los muros medievales del puerto: shame, shame (vergüenza, vergüenza).

Quería mostrar cómo el deseo de humillar al opositor político incita a peligrosos niveles de intolerancia política. “Nos parecen tan graves los hechos que han ocurrido con la campaña electoral de la Farc, como tan grave el hecho de que tenga que traerse el candidato Matus del Centro Democrático desde Arauca (a Bogotá) por amenazas del ELN”, dijo la directora de la Misión de Observación Electoral al presentar los mapas de riesgo para estas elecciones, en los cuales se muestra que desapareció el riesgo en muchos municipios por efecto del desarme de la Farc, pero está creciendo en las ciudades donde se presentan saboteos a los actos de campaña.  

Cuando vi las imágenes de los insultos, las pedreas y los huevos estallados contra Timochenko y otros candidatos de la Farc, pensé que tras estos actos que debe haber, también, un ‘Gorrión Supremo’ como el de la serie, un cabecilla que se deleita mientras le entregaba al pueblo, como carnaza a los perros, el placer de humillar al estigmatizado. Acerca de esto trataba de escribir, cuando por el ubicuo teléfono celular y sus chats invasivos me enteré que había una alerta de bomba en la autopista norte de Popayán, en el CAI frente a Catay. Con los pelos de punta dejé la columna a un lado y empecé a hacer seguimiento al tema.

Una de las primeras piezas que circuló por el ‘guasap’ fue el audio de una radio comercial en la que un periodista decía que “hace pocos segundos la Policía detonó una carga explosiva, creando alarma en la ciudadanía del sector (…) una detonación que pudo escucharse por lo menos a 2 km a la redonda”.

Pensé en mi familia y en los amigos que pudieran estar a esta hora de viernes en la noche cerca de esa especie de pequeña zona rosa de la ciudad. Pensé en su miedo. Después, en otro audio un vocero de la Policía daba parte de absoluta normalidad, que la maleta sospechosa simplemente estaba cargada de libros y papeles. ¿Entonces qué pasó?

Evacuaron como 4 cuadras alrededor, nos sacaron a todos del edificio donde yo estaba, dijo una amiga en un chat. ¿A qué hora fue la explosión? Le pregunté. ¿Cuál explosión? no hubo ninguna explosión, me responde ella que trabaja en la esquina del lugar donde estaba la supuesta bomba.

En videos de celular se escucha, desde atrás de la cinta amarilla con la que la Policía acordonó la zona, que dicen haber visto al perro antiexplosivos echarse 3 veces al lado de la maleta, señal inequívoca de una bomba en su interior. Los rumores crearon verdadero pánico en una ciudad que permanece literalmente con el corazón en la mano, en vísperas de iniciar el insólito Paro Armado del ELN, cuando ya hay rumores de movilización campesina hacia la muy vulnerable carretera Panamericana en el Cauca, y mientras se comercian toneladas de coca en el campo con traquetos colombianos y narcos mexicanos.

Volví a escuchar al periodista alarmista, y pensé en lo fácil que es poner los micrófonos al servicio del pánico y cómo el amarillismo radial se convierte también en terrorismo. En este país que todo lo ha visto, una alarma de bomba es un falso positivo del periodismo que, los periodistas lo saben, trae réditos a ciertos políticos, sobre todo en época de campaña.

Cuánto se valora que los medios usen voces ponderadas que informen sin alarmar. Lastimosamente, lo contrario abunda en la web y en el dial.

@anaruizpe

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