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Opinión

  • | 1986/01/20 00:00

    EL AMOR EN LOS TIEMPOS DE LA FIEBRE AMARILLA

    El libro es una prueba de que la literatura amorosa no estaba agotada como género literario

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Los libros de moda tienen un problema. Que si no se leen cuando están en su marea alta, alguien termina contándoselos a uno. Es lo mismo que pasa con las películas de estreno: que si uno se descuida, le adelantan que el protagonista se muere al final, y por más rabia que se sienta, resulta imposible resucitarlo para devolverle a la película el interés perdido.
Tomé la resolución de dejarme tentar por El amor en los tiempos del cólera, cuando me descubrí tapándome los oidos cada vez que escuchaba mencionar el nombre de Fermina Daza o de Florentino Ariza. Me aterrorizaba la idea de que algún lector madrugador adelantara el final de la historia de sus amores contrariados.
Pero había que cuidarse especialmente de los críticos literarios, aunque eso lo descubrí demasiado tarde: cuando ya había leído, en alguna maldita publicación, que Fermina Daza y Florentino Ariza finalmente tenían la oportunidad de desnudarse juntos, en las últimas páginas del libro, en el interior de un buque fluvial.
Antes de que me fueran revelados más detalles, entonces, resolví medirmele a la marea alta del libro de Gabo (si no fuera por la peligrosa posibilidad de que se lo cuenten a uno, sería quizás más digno leerlo en la marea baja). Y mágicamente pase del bando de los que preguntan con cierto complejo: "¿Hola, y qué tal es?", al de los que contestan, con evidente sobradez: "Absolutamente delicioso".
Ni proponiéndoselo podría encontrarse mejor adjetivo para califlcarlo: El amor en los tiempos del cólera es definitivamente, un libro delicioso. Un libro como para apuntar, en la colección sentimental privada de uno, al lado de los carruseles, de los turrones de Alicante, y de las nueces en Navidad; de los abanicos, París y los sombreros; de Tommy Dorsey y los Hermanos Zuleta, de las 5 de la tarde, de los libros de Tintin; del buen vino y de los pasteles de hojaldre con guayaba hirviente.
La fiebre amarilla, como le dicen ahora a "El amor en los tiempos del cólera", por razones relacionadas con la fosforescencia de su carátula, resume la curiosa hazaña de ser un libro del pasado, escrito en el futuro.
Una prueba de que la literatura amorosa no estaba agotada como género literario, sino que requería, simplemente, un toquecito de imaginación imposible, para liberarla de su cárcel de amor.
El libro, sin embargo, no le deja a uno mejores argumentos Para ser un adorador de García Márquez que los que se habían logrado reunir hasta la penúltima de sus publicaciones.
Esta afirmación, no faltaba más, está lejos de ser una crítica. Por el contrario, es el reconocimiento respetuoso y cariñoso, sobre todo, del hecho de que Gabo se conserva en forma, y de que un escritor exitoso no está en el compromiso de superarse a sí mismo cada vez que, por lo menos, resuelva intentarlo.
Quizás quienes ya han cedido, como yo, al contagio de la fiebre amarilla, me den la razón: leer "El amor en los tiempos del cólera" es como haber sido invitado a una fiesta fabulosa en la que se canta, se baila y se bebe hasta el amanecer. Pero que al día siguiente no deja guayabo alguno.
Uno no se lleva a Florentino Ariza cogido del alma con un alfiler como, por ejemplo, llevamos todos ensartado fatalmente al coronel Aureliano Buendía. Ni pesarán jamás con la misma intensidad los 82 años de Fermina Daza que los 100 de doña Ursula Iguarán. Pero es que, al mismo tiempo, hay más qué escribir acerca de la primera vez que uno conoció el hielo que sobre la primera vez.
Con el mismo argumento, es más fácil recordar el sabor de la mostaza fresca que el del esponjado de granadilla, aunque esta verdad no sea lo suficientemente poderosa como para impedir que uno disfrute un buen esponjado de granadilla, bajo la consideración de que es más fácil recordar el sabor de la mostaza fresca.
Lo que intento transmitir, en últimas, es un enorme agradecimiento a Gabo.
Primero, porque ha puesto nuevamente de moda el amor, en su más deliciosa expresión de melosería y cursilería.
Segundo, porque nos ha dado prueba de que continúa intensamente vivo, a pesar del Premio Nobel.
Y tercero, porque este delicioso libro no es lo suficientemente bueno como para perdonarle a García Márquez que se muera sin haber escrito el próximo.--
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