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Opinión

  • | 2011/01/08 00:00

    El arca de Samuel

    Para no repetir ejemplar de cada especie tuve que elegir entre Vladdo o Ignacio Gómez; entre Leonor Espinosa y Mick Jagger; entre Cecilia López y Diego León Hoyos; entre Juan Manuel Galán y Kiko.

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Reconozco que no he sido tan solidario con los damnificados del invierno como quisiera: apenas he donado algunos productos no perecederos, tales como cinco latas de atún, tres de conservas y a José Galat.

Pero no es suficiente. El invierno no cesa y está acabando con todo, aun con nuestros líderes. Miren a los uribistas: ya tienen el agua hasta el cuello. Y fíjense en la lluvia de demandas que cae sobre el pobre Samuel Moreno.

En deuda conmigo mismo por no haber ayudado lo suficiente, se me ocurrió la idea de fabricar un arca para salvar las especies más valiosas de la clase dirigente.

Yo sé que está de moda criticar a Samuel Moreno, pero a mí me parece que su labor ha sido impresionante: ¿qué otro alcalde había dejado los huecos por donde va a pasar el metro, por ejemplo? Por eso, lo visité en su despacho para regalarle la idea:

-¿Cómo está, alcalde? -lo saludé.

-¡Mal! -me respondió de mala gana-, casi no puedo descansar en Miami.

-¿Estuvo en Miami de vacaciones?

-¿Y qué quería, si Bogotá está muy insegura?

-¿Y descansó?

- Poco. Ando muy estresado. No me cabe una cana más.

- Sí -reconocí-, usted va a terminar más encanado que Juan Martín. Es decir, con más canas.

- Pero si yo no he hecho nada…

- Justamente -le dije-, tres años y no ha hecho nada. Pero le tengo la salida: haga un arca para salvar de las inundaciones a lo más granado de nuestra sociedad. Un arca. Como la de Noé.

No sabía quién era Noé. Le conté a grandes rasgos, pero no entendió. Le hice un dibujo, le expliqué con unas flechas, pero nada. Al final, extenuado, lo convencí de otra manera:

- Alcalde, es un barco para salvar animales. En otras palabras: es su única forma de salvarse.

La construcción de la barca no tuvo estudios especializados: Samuel dijo que no eran necesarios. Su hermano Iván apareció y dijo que él con mucho gusto ayudaba a llenar las arcas, que él sí sabía de eso.

En lo que alguna vez fue la calle 26, y que ahora es un barrial cubierto por una malla verde, el contratista Emilio Tapia inició la obra para construir el arca de Samuel.

Comenzaron a llegar los elegidos. Logré un cupo para mi tío Ernesto aduciendo que era fundamental salvar al menos un elefante; otro para Pastrana en nombre de los burros; uno más para Juan Lozano con el fin de preservar al águila calva.

Cada partido podía salvar una pareja. Por La U entraron Álvaro Uribe, que pedía un aventón hasta Panamá, y Lucero Cortés, que, vestida de tuna y con pandereta en mano, daba excitados brinquitos de alegría y lloraba de emoción. Roy Barreras rogó por un cupo, pero le hice ver que podría nadar y sobrevivir por sí mismo, como buen anfibio.

De los conservadores los elegidos fueron Marta Lucía Ramírez, en representación de las cacatúas, y el doctor Gerlein, que para no mojarse el fundillo se subía los pantalones más arriba de las tetillas, hasta la papada. Por el Polo subí a Ati Quigua, para que manejara, pero a Borja le quité el sombrero y lo dejé ahogar: del ahogado salvé el sombrero, mejor dicho.

Fueron llegando más parejas: Mockus y su esposa, que cantaban, perdidos, la arenga de "más agua, más verde"; Silvestre Dangond con un niño vallenato al que le agarraba la guacharaca; las dos Amparos; 'el Gordo' Bautista y Angelina, a quienes les di una suite privada porque siempre he sido hincha de ese amor, y tanto más hincha cuanto más erotizado se encuentre.

A Fernando Londoño, Ernesto Yamhure y Enrique Gómez, que alegaban ser damnificados del gobierno de Santos, no los dejé entrar: si no se extinguieron hace millones de años con el diluvio de meteoritos, pueden sobrevivir esta vez sin trauma alguno.

Luego comenzó la elección de individuos. Para no repetir material genético, debía elegir un ejemplar representativo de cada especie. O Armandito Benedetti o Abelardo de la Espriella: salvé a De la Espriella, que es más confiable. O 'el Pincher' Arias o Edward Santos: Arias, claro, para llevar un cachorro. O José David Name o Julio Nava: Nava, pero con un bozal. O Yidis o María del Pilar Hurtado: Yidis, que sí pone el pecho, aun en las revistas. O Jota Mario o Carlos Calero: no dejé subir a ninguno. Que sirva de algo este diluvio universal.

Para no repetir ejemplar de cada especie tuve que elegir entre Vladdo o Ignacio Gómez; entre Leonor Espinosa y Mick Jagger; entre Cecilia López y Diego León Hoyos; entre Juan Manuel Galán y Kiko; entre Emiro y Rodrigo Rivera; entre Marta Isabel Espinosa y un muñeco de los reencauchados. Pero la elección más difícil fue entre Junior Turbay y Angelino. No cabían ambos. Literalmente. Y además Junior tiene un aire a Angelino. Y Angelino también tiene un aire. Es mejor hacerse a un lado.

La construcción no avanzaba. Cuando el aguacero ya formaba un torrente que arrasaba la pirámide de la Gobernación de Cundinamarca y otras joyas de la arquitectura universal que brillan en la 26, apenas había un cascarón de proa abandonado en el barro.

En ese momento aparecieron Samuel e Iván con su mamita, los tres en un yate que habían comprado en Islas Caimán.

Se largaron occidente abajo mientras los demás nos hundíamos. Quién nos manda a quedarnos quietos, pensé. No hicimos nada por tumbar a Samuel; ahora debemos pagar por haber permitido que Samuel nos tumbara a nosotros.
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