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Opinión

  • | 2017/04/10 08:26

    El arte de perder

    "El arte de perder se domina fácilmente; tantas cosas parecen decididas a extraviarse que su pérdida no es ningún desastre. Pierde algo cada día. Acepta la angustia de las llaves perdidas, de las horas derrochadas en vano. El arte de perder se domina fácilmente".

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Hay dos poetas sobre quienes suelo volcar los ojos en tiempos de angustia. Uno es Jaime Gil de Biedma, el español que escribió lo que yo hubiera querido tener el talento para poder escribir. La otra es Elizabeth Bishop, cuya obra por estos tiempos está siendo revisitada gracias a Cuanto más te debo, la extensa biografía que publicó hace poco el escritor Michael Sledge, a la obra de teatro Dear Elizabeth y a la película Flores raras, que narra su historia de amor con la arquitecta brasilera Lotta Macedo Soares, una mujer dominante e imperiosa que conducía un jaguar, vestía con camisas masculinas en una época en la que pocas mujeres se atrevían a mostrar su orientación sexual y levantó en Petrópolis una de las casas más importantes de la arquitectura moderna.

En 1951 Lota estaba ennoviada con la única amiga de Bishop, quien fue a visitarla por tres días y le arrebató para siempre al amor de su vida. Bishop, a diferencia de Lota, era tímida y nunca terminó de entender a un pueblo que la misma noche que fue cubierto por el manto oscuro de la dictadura se divertía pateando fútbol en la playa. Viviendo en Petrópolis recibió en 1956 el Premio Pulitzer, que la llenó de reconocimiento internacional y la consagró como la mayor poeta norteamericana del siglo XX.

Petrópolis fue la residencia de verano de Pedro II. Allí nació Alberto Santos-Dumont y, cuando el nazismo se adueñó de Alemania, llegó exiliado Stefan Swaig quien, luego de escribir “Si el paraíso existe en algún lado del planeta, ¡no podría estar muy lejos de aquí!”, se suicidó con un frasco de veronal. Para entonces, Gabriela Mistral ya vivía también allí. Año y medio luego de aquella tragedia, el hijo de 18 años de la Nobel chilena -Yin Yin- siguió los pasos del escritor alemán, apurándose un frasco repleto con arsénico. Allí llegó a vivir, “en una casa en medio de la nada que parecía colgar de la selva”, Elizabeth Bishop, la poeta que desde la niñez perdió el miedo a perder. Quien nunca aprendió a perder fue su amante. Y es irónico. Lota, quien fue siempre una mujer exitosa, fue quien sucumbió ante el dolor por la pérdida. Tras ser abandonada luego de quince años de relación, se suicidó en Nueva York con una sobredosis de tranquilizantes.

Bishop perdió a su padre al momento de nacer y cinco años después vio morir a su madre. Desde entonces se sintió una niña abandonada, una herida que le sangró toda la vida confirmando la vieja idea –o prejuicio, no sé- de que hace falta una espina clavada en la carne para escribir: “Todo gran escritor ha sufrido en su infancia”, dijo alguien alguna vez.

De vuelta a EE.UU terminó el poema iniciado años atrás que pasó a ser el más famoso de los que escribió: “Perdí el reloj de mi madre. Y mira, se me fue la última o la penúltima de mis tres casas amadas. El arte de perder se domina fácilmente. Perdí dos ciudades, dos hermosas ciudades. Y aún más: algunos reinos que tenía, dos ríos, un continente. Los extraño, pero no fue un desastre. Incluso al perderte (la voz bromista, el gesto que amo) no habré mentido. Es indudable que el arte de perder se domina fácilmente, así parezca (¡escríbelo!) un desastre”. En tiempos cuando el “éxito” está sobrevalorado, vale la pena recordar que al hombre lo construyen, lo miden, sus derrotas.

@sanchezbaute

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