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Opinión

  • | 1986/03/17 00:00

    EL ARTE DE PERDER

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Los perdedores no me producen lástima sino admiración.
Hablo, naturalmente, de los perdedores auténticos, altivos y eternos que no se dejan sonsacar por los coqueteos de la victoria. Los que han convertido su derrota, como las camisas que anuncian por televisión, en un estilo de vida.
Hay perdedores tan genuinos que han aprendido a capotear el infortunio constante y los golpes que da la vida. No hablo, naturalmente, de esas almas débiles que creen que lo único importante es vencer o que se amilanan al primer tropezón con la piedra del camino. Esos son los que se parecen a los pollos desnudos que dan vueltas en las varillas de los asaderos: apenas tienen un ligero contratiempo se cambian para el otro lado, y el destino, que es implacable, los castiga quemándolos más mientras más se voltean. Como a ciertos políticos, mire usted, que tienen una acentuada vocación de kokorikos.
Bueno: lo que quiero confesar, abiertamente y a los cuatro vientos, es que a partir de este momento me pongo de parte de los perdedores. Porque son los que merecen aplauso y estimación. Los vencedores, por el contrario, han sido tocados por la varita mágica de los dioses, como si estuvieran hechos de una materia especial, seráfica e incorporal. Tienen más apariencia de querubines que de hombres. Los triunfadores se tiran de pecho y caen de espaldas porque los protege un hálito de victoria.
El perdedor profesional, en cambio, se lanza de espaldas y ni siquiera cae, porque queda en el espacio, flotando en la ingravidez de su desgracia. Es lo más lastimoso y desgarrador que uno puede encontrarse por esas rutas del mundo. De la misma manera en que el más humano de los sentimientos no es el amor sino el dolor, y en que abundan los pobres y no los ricos, y es más numerosa la gente torpe que la hábil, el mundo tampoco está lleno de triunfadores sino de vencidos.
La televisión, que cada día se parece más a nosotros mismos --aunque en la vida diaria no haya realmente nadie tan feo como los cómicos de "Sábados Felices"--, es la que me ha hecho reflexionar sobre estas desdichas. Hay, por ejemplo, tres pérsonajes de la pantalla chica que con su mala ventura me han conmovido el corazón: Tom, ese gato gris y triste, que se ha pasado media vida tratando de cazar a Jerry, un ratoncito insoportable, con infulas de inteligente y risa fácil, cuando todo el mundo sabe que su único mérito verdadero es que cuenta con la complicidad no sólo del dibujante sino de los televidentes.
El otro es Silvestre, también gato y también chambón, al que todo le sale mal. A pesar de que lo ha atrapado varias veces, jamás ha podido comerse, aunque sea con todo y plumas, al canario Piolín, que no sólo es feo, cabezón y contrahecho, sino que además cuenta también con la ayuda del guionista y el respaldo contundente del paraguas de esa abuela acartonada y de anteojos.
El padre de todos los perdedores que conozco, el que sería capaz de perder el campeonato mundial de perdedores, no es, sin embargo, ninguno de estos felinos salados, sino otro animal aparentemente más feroz que un gato pero más estropeado por la vida: el Coyote que persigue desde hace largos años al Correcaminos.
No hay historia más dolorosa que la de ese pobre diablo flaco, maltrecho, malferido y cojo. Toda la dinamita, las rocas, los cohetes y los porrazos se han puesto en contra suya. No hay piedra que no lo aplaste. De nada le valen los fabulosos alardes de imaginación que hace cada semana, inventando trampas y martingalas, porque el bocado huesudo, con su monocorde sonsonete de bip-bip, logra burlarlo siempre. El Coyote es recursivo, inteligente, persistente y constante. Pero el adversario, que no dispone de ninguna de esas virtudes, tiene de parte suya al autor de los libretos, que es como si Dios se parcializara en favor de alguna de sus criaturas. Eso demuestra, por centésima vez, que hasta en las historietas el que quiera triunfar debe tener palancas con los que deciden.
Me parece que ya es hora de ponerle coto a esta sevicia contra los perdedores. Me descubro reverente ante Silvestre, Coyote y Tom que siguen insistiendo en sus tristes papeles a pesar de que ellos saben que nunca ganarán a fin de que siga sobreviviendo una versión simplista del bien y el mal.
Kafka, en sus "Reflexiones sobre el pecado", dice que lo que pasa es que el mundo tiene que dividirse entre los que padecen y los que hacen padecer, para que se mantenga el equilibrio. Precario equilibrio, digo yo acá, dependiendo del lado de la fila en que le toque a uno.
Lo malo es que, cuando uno trata de aplicar en la vida real este respaldo a los perdedores que vengo pidiendo con ahínco, y cuando piensa que ha llegado la hora de que ellos empiecen a ganar, entonces descubre que en la más reciente historia de Colombia hubo un perdedor que fue zarandeado en las elecciones presidenciales de 1970, repitió desastre en la convención conservadora del 73, lo derrotaron de nuevo en el 78 y --como dicen que la constancia vence lo que los votos no alcanzan-- se presentó de nuevo en el 82 y, ahora sí, la esquiva fortuna se arrojó en sus brazos.
Por eso, por el triunfo final de un eterno perdedor, y aunque parezca paradójico decirlo, estamos como estamos: maltrechos como el Coyote; apaleados, como el gato Tom, y al borde del colapso definitivo, como Silvestre bajo el paraguas de la abuela.
Es mejor que dejemos a los perdedores en las fábulas de la televisión. Los reales, cuando ganan, son peores...--
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