Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2006/03/11 00:00

El arte de desinformar

Si en los regímenes totalitarios se lava el cerebro con el martilleo incesante de las mismas verdades manipuladas, en estas sociedades nos lo están lavando a punta de estupidez

El arte de desinformar

Después de los noticieros de televisión, que aquí tienen el esquema ineluctable de balas, goles y colas (dos tercios se van en deporte y farándula), entre las 8 y las 11 de la noche, el horario en que los ciudadanos corrientes tenemos más tiempo para ver televisión, los colombianos estamos sometidos a la más vergonzosa licuadora de estupidez televisiva, a la más

devastadora ausencia de información. No hay análisis, no hay conocimiento, no hay debate, no hay un solo instante de reflexión o seriedad: todo está dedicado a la vulgaridad más frívola y al entretenimiento tonto para personas con una edad mental de 8 años (salvo el contenido sexual, que es para chorros hormonales adolescentes).

Antes, al menos, los que pudiéramos permitirnos algún tipo de televisión por cable y supiéramos inglés, podíamos enterarnos de algo más a través de CNN, o pensar en algo distinto gracias a los debates independientes y a la información ponderada de la BBC. Pero en mi cable (EPM) también esto se acabó y quedamos en manos de la información vergonzosamente manipulada de Fox, un canal de un nivel tan malo que parece colombiano, si no peor. Así las cosas, el panorama nacional e internacional se ha vuelto desolador y la única opción que tiene una persona que no quiera ser manipulada, o que no quiera probar la tenebrosa experiencia de que su encefalograma se vuelva una línea plana, es apagar la televisión, abrir un libro, o tratar de informarse por Internet.

Al cabo de los años, y en manos de un ente de control eunuco y sin ganas de controlar nada (la inútil y cara Comisión Nacional de Televisión), podemos darnos cuenta de la marranada que cometimos al permitir que los canales de televisión más importantes de Colombia les fueran entregados a los dos grupos económicos más grandes del país. Como reses pasivas que van al matadero sin saber que las van a degollar, les entregamos la herramienta fundamental de información pública a los dos grupos económicos con mayor poder: Ardila y Santo Domingo. Y estos han demostrado que lo que les interesa es multiplicar sus millones, no formar ciudadanos informados, pensantes y conscientes. Nos tratan como aquello en lo que nos están convirtiendo: consumidores de basura.

Esto se puede ver a lo largo de todo el año, pero en coyunturas excepcionales como el período electoral, la aberración informativa en la que estamos se hace más evidente. De algunos candidatos hay publicidad, hay propaganda, hay eslóganes, pero no hay una brizna de inteligencia, de discusión, de debate de ideas por televisión. Lo poco que se nos dice es pagado, y brevísimo, con lo cual nos meten por ojos y nariz al que más plata tenga, no a quienes tengan las propuestas mejores o peores. La condición primordial para poder hacer un acto libre (y votar se supone que es un ejercicio de la libertad), es informarnos bien antes de decidir, pero la televisión colombiana nos niega esa posibilidad, con pocas excepciones para noctámbulos o para televidentes de canales regionales o capitalinos.

Si en los regímenes totalitarios se lava el cerebro con el martilleo incesante de las mismas verdades manipuladas del régimen, en estas sociedades supuestamente libres nos lo están lavando a punta de un detergente mental si se puede más corrosivo: la estupidez, la ausencia total de pensamiento, la frivolización de todos los problemas, o la negación de lo compleja que es la realidad, mediante su total ocultamiento (la realidad suplantada por el reality). Se nos somete a la manipulación de los instintos (tetas y nalgas), a la falsa liberación de un entretenimiento sin reflexión, a la reproducción interminable de banalidades, lugares comunes, o mentiras que acaban por parecer verdades por el efecto de la reiteración sin fin.

Si al menos los grandes canales nos dieran cada día -y así fuera por turnos obligatorios- la opción de elegir, no entre dos ridiculeces sino entre un programa serio y una idiotez, es verdad que tal vez uno de ellos perdería publicidad y plata por algunas horas, pero al menos esa parte de la población que está harta de ser tratada como si fuéramos retrasados mentales, lo agradecería. La televisión es también un servicio público, no una simple máquina de hacer billetes.

Los 'enfrentados' de las horas con mayor audiencia no pueden ser siempre dos o tres programas idiotas seguidos, que además tienen la desfachatez de postergar las noticias, ni siquiera hasta el muy tardío horario previsto, sino hasta casi la media noche. La libertad se da cuando hay más de una opción; si las opciones son casi idénticas en su tontería, la única elección posible es no elegir: apagar la televisión. Aunque los ciudadanos pensantes que pedimos otro servicio fuéramos solamente el 10 por ciento, esta minoría tiene derecho a una televisión distinta a la espantosa porquería que nos están vendiendo. Y aunque esta perorata no sirva de nada, la escribo para que quede como constancia de que hay reses que vamos al matadero protestando, bramando por una televisión menos estúpida que la que nos dan.

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