Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2009/07/25 00:00

El áspid

Ni Uribe, ni Noemí piensan lo que dicen, ni dicen lo que piensan, y mucho menos hacen lo que han ofrecido, sino todo lo contrario.

El áspid

Sí, es inteligente, es trabajadora, es encantadora, es muy bonita. En alguna de sus campañas presidenciales yo también la apoyé desde estas páginas, seducido por su atractivo: era mucho mejor que los otros. Pero se ha ido volviendo cada día peor que ella misma. Y la carta de desvergonzada y abyecta lambonería que acaba de dirigirle al presidente Uribe, tratándolo a la vez confianzudamente de "Álvaro"

(ni la señora Lina lo llama así), la pinta de cuerpo entero. Como el retrato de Dorian Grey que describe en su novela Óscar Wilde, la deja ver desnuda en la miseria de sus carnitas y sus huesitos, despojada de su brillante capa de maquillaje de belleza y encanto: se trata de la mujer más oportunista de la historia universal. Supera en oportunismo inclusive a la famosa reina Cleopatra de Egipto, igualmente atractiva, inteligente y bella, que en su codicia de poder pasó de su hermano el rey Ptolomeo XIII a su otro hermano el también rey Ptolomeo XIV, y de los dos sucesivos Ptolomeos al dictador de Roma Julio César, y asesinado César al promisorio triunviro Marco Antonio, y derrotado Marco Antonio a su vencedor el joven Octavio, que no se dejó. Con lo cual, despechada, la pobre mujer se suicidó haciendo que un áspid venenoso le mordiera el seno.

Esta de ahora no se suicida. Ella es el áspid. Por eso digo que supera a Cleopatra. Empezó su carrera política seduciendo a Belisario, que la nombró ministra de Comunicaciones, y de Belisario pasó a Virgilio como embajadora en Caracas, y de Virgilio a César, que la hizo canciller, y de César a Ernesto, que la puso de embajadora en Londres. Coqueteó a continuación con el sucesor de Ernesto, el joven Andrés, que no se dejó. Pero en vez de suicidarse, como la reina de hace dos milenios, esperó su desquite. Que vino cuando ido Andrés vino Álvaro a designarla su embajadora en Madrid, y en agradecida reciprocidad ella propuso que Álvaro repitiera turno. De manera que pasó sin solución de continuidad de Álvaro a Álvaro, esta vez en calidad de embajadora en Londres.

Eso, en cuanto a los jefes y los cargos que ha tenido en su vida política. En cuanto a los partidos en los que ha militado su historia es igualmente zigzagueante brincando de uno a otro con graciosa agilidad de trapecista de circo, sin perder el esplendor de la sonrisa. Una vez fue candidata presidencial por el Partido Conservador, y fallido ese intento se presentó de nuevo por un aparecido partido llamado 'Sí Colombia', y habiendo fracasado una vez más está a punto ahora de volverse a lanzar, pero no sabe todavía si por cuenta del Partido Conservador, o por la del partido uribista llamado 'de La U', o nuevamente por la de 'Sí Colombia', o por la de otro partido nuevo todavía innominado. Esta mujer es una rodachina.

Mis lectores se habrán dado cuenta de que habló de Noemí Sanín.

Dice de ella Plinio Apuleyo Mendoza (otro que anda otra vez lagarteando puesto, el único que le falta a su insaciable ambición burocrática, que es el de embajador en Francia) lo siguiente:

"Como ocurre con el presidente Uribe, Noemí tiene una virtud muy antioqueña: lo que piensa lo dice y lo que ofrece lo hace".

No es así, por supuesto. Es al revés. En los dos casos. Ni Uribe ni Noemí piensan lo que dicen, ni dicen lo que piensan, y mucho menos hacen lo que han ofrecido, sino lo contrario. Recuerdan ambos la definición que dio hace unos años del difunto presidente de Francia François Mitterrand uno de sus biógrafos, Franz-Olivier Giesbert. Resumiendo el secreto del éxito de ese zorro de la política que fue Mitterrand, sinuoso y serpenteante, sin principios ni escrúpulos, que se columpió toda su vida de partido en partido entre la extrema derecha colaboracionista con los nazis y la izquierda radical de la 'Unión de la Gauche', engañando y traicionando sin cesar a unos y a otros hasta coronar una larguísima carrera con catorce años como presidente de Francia, dice Giesbert: "El Presidente jamás hace lo que dice. Jamás dice lo que hace".

Para el caso de Noemí Sanín pongo el ejemplo de la conclusión de su carta al presidente Uribe, en la que afirma con asombrosa frescura:

"Álvaro, usted y yo hemos entregado la vida entera a la patria".

¿De verdad cree la ex ministra y ex embajadora que haber tenido puesto público y carro oficial durante toda la vida equivale a dar la vida por la patria? No lo cree, claro: es una mujer inteligente. Pero, como dije al principio, esa carta la retrata de los pies a la cabeza: bella por fuera, y tenebrosa por dentro. Representando así lo peor de la politiquería: la doblez.

Como el áspid.

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