Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

×

Opinión

  • | 2010/09/25 00:00

    El autómata de la guerra

    La frialdad con la que el Mono Jojoy daba las órdenes más monstruosas era la misma con la que aprendió a obedecer a sus superiores.

COMPARTIR

Hace 23 años, en un campamento de las Farc en lo más profundo del río Caguán, conocí sin saberlo al temible Mono Jojoy. En 1987, el presidente Virgilio Barco había heredado del gobierno de Belisario Betancur una tregua nacional con las Farc que era prácticamente imposible de verificar. Con el ánimo de ver cómo se encontraban fórmulas que permitieran hacer de esta tregua un instrumento más efectivo, viajaron a Remolinos del Caguán el entonces comisionado de paz del presidente Virgilio Barco, Carlos Ossa, en compañía del director del Plan Nacional de Rehabilitación, que en ese momento era Rafael Pardo. Tres periodistas fuimos con ellos: Enrique Santos Calderón, Hernando Corral y yo.

Después de un día entero de andar en una voladora –así se les dice a las lanchas– por el caudaloso río Caguán y de haber pasado sin novedad sus temibles rápidos, siguiendo instrucciones, terminamos a las 10 de la noche en un campamento de las Farc, que, para mi sorpresa, estaba ubicado en una finca que recibía subsidios de un programa –el que incentivaba el cultivo de cachama– creado por el gobierno, con el fin de darles incentivos a los campesinos que decían haber caído en la coca por falta de otras alternativas.

La primera persona que nos recibió fue un guerrillero que nos impresionó por su figura robusta, su protuberante barriga y porque tenía sobre su cabeza una boina negra. Por la forma en que daba órdenes nos dio la impresión de que era el jefe de la columna, pero nos equivocamos. El comandante era otro, un hombre flaco, afable y dueño de un sentido del humor, conocido con el alias de ‘Avelino’. En medio de su trato adusto, el de la boina nos contó que había entrado a las Farc de joven, a los 14 años, y que no conocía otra vida que la de guerrillero. “Estoy educado para cumplir órdenes”, me dijo cuando le pregunté si las Farc estaban dispuestas a mantener la tregua y el diálogo.
 
Tres semanas después de este encuentro, un contingente de soldados fue asesinado en el Caguán, y la tregua y el diálogo con las Farc se rompieron en mil pedazos. El mismo guerrillero que habíamos conocido en este campamento –a donde Ossa y Pardo habían ido con la idea de proponerles a las Farc la posibilidad de concentrarse en una zona para que la tregua fuera más verificable– había sido el autor del atentado criminal. Fue en ese instante en que nos dimos cuenta de que ese guerrillero robusto y malencarado que tanto nos había intrigado era el Mono Jojoy.

En diez años, el Mono Jojoy pasó de ser un guerrillero sin poder a ser el comandante del Bloque Oriental, considerado el corazón histórico de las Farc. Para cuando se dieron las conversaciones de paz con el presidente Pastrana, el Mono Jojoy era ya un poderoso señor de la guerra, del que se decía que era dueño de varias extensiones de tierra, de hatos de ganado y propietario de varios caballos de paso, tan costosos como los que llegó a tener Jacobo Arenas en La Uribe.

No me cabe duda de que su ascenso vertiginoso en la estructura de poder de las Farc coincidió con el súbito incremento de los cultivos de coca en el sur en la década del 90. Un hecho que se produjo por cuenta de un “éxito” en la lucha contra el narcotráfico, que logró disminuir drásticamente los cultivos del alto Huallaga, en el Perú, y del Chapare boliviano en esa misma época.

Y en cuanto a la frialdad con que el Mono Jojoy impartía las órdenes más monstruosas, yo creo que era la misma con la que él aprendió a obedecer las de sus superiores, como bien me lo advirtió aquella noche cuando me aclaró que él estaba ahí para hacer cumplir las órdenes, no para discutirlas. Es decir, él fue educado en la peor de las sumisiones: la de nunca haber tenido derecho a pensar.

Una guerrilla que educa a sus guerrilleros en la sumisión, en la ignorancia y sin derecho a pensar solo es capaz de producir monstruos como el Mono Jojoy. Ha sido abatido un autómata de la guerra. ¿Cuántos más como él habrán engendrado las Farc?

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 1855

PORTADA

Exclusivo: la verdadera historia de la colombiana capturada en Suiza por ser de Isis

La joven de 23 años es hoy acusada de ser parte de una célula que del Estado Islámico, la organización terrorista que ha perpetrado los peores y más sangrientos ataques en territorio europeo. Su novio la habría metido en ese mundo.