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Opinión

  • | 2002/12/07 00:00

    El que es Caballero repite

    Leer a Antonio es un divertimento del sistema: los de derecha lo hacen para indignarse y los de izquierda para sentirse ficticiamente interpretados

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Antonio Caballero está a punto de cumplir 60 años sin saber qué hacer con su papel de enfant terrible del periodismo colombiano.

Nuevamente lo repite en el reciente libro Patadas de ahogado, otra versión de la ahora tan popular modalidad de entrevista extensa, en la que mantiene un diálogo con el periodista Juan Carlos Iragorri. Pero en este libro sí que se nota el peligro que corre Antonio: el de terminar de víctima de su propia leyenda.

Esa leyenda es el resultado de llegar al mundo envuelto en un pañal de apellidos de aristócrata y en el empaque de un tirapiedra. Por eso leer a Antonio es un divertimento del sistema, con una diferencia de matices: los de derecha lo leen para indignarse y los de izquierda para sentirse ficticiamente interpretados.

De no ser porque por momentos Iragorri cae en la trampa de tratar a Antonio como si estuviera entrevistando a Bertrand Russell, su papel de interrogador es impecable. Contradictor y alerta, no permite fácilmente que Antonio se le escape por la tangente con alguna de las barbaridades que suele decir y que, aunque generalmente terminan siendo mentiras, son deliciosas de leerle.

El libro es más provocativo por fuera que por dentro. La carátula lo transporta a uno al legendario afiche del Che Guevara: al igual que el ídolo revolucionario, Caballero aparece retratado con una mirada al horizonte capaz de despertar toda clase de solidaridades femeninas. Para no hablar de la contracarátula, en la que los pies descalzos de Antonio le hacen honor, seguramente, al barrio Lavapiés de Madrid, uno de sus entornos predilectos.

A Caballero se le pone por delante el capote de la literatura y de la pintura y de ello resulta una estupenda faena. Pero cuando el tema es la historia generalmente termina posando de ideólogo y en ese papel, su larga lista de contradicciones obliga al lector a recordar la verdad: Caballero es un tergiversador profesional de la historia, lo cual hace con una deliciosa e infinita irresponsabilidad.

Uno de sus clásicos: asegurar que todos los gobiernos de Estados Unidos han sido criminales. En contraste, "Marulanda (Manuel) no es un criminal, aunque las Farc practiquen métodos criminales".

Con los ex presidentes colombianos trapea. Santos fue un presidente mediocre, Ospina el responsable de la violencia en Colombia, Gaitán importante por haber sido asesinado, Rojas el precursor de la gran corrupción de las Fuerzas Armadas; Alberto Lleras hizo un gobierno insignificante, Carlos Lleras no dejó ninguna huella, Misael Pastrana fue un corrupto que tampoco dejó nada, López Michelsen un presidente insignificante, Alvaro Gómez un criminal histórico, Virgilio Barco no gobernó; de no haber sido asesinado, Galán habría sido un presidente inocuo, Andrés Pastrana fue peor que Samper.

Antonio también es célebre por sus entretenidos juicios efectistas de la realidad colombiana: "Un rico colombiano no se siente rico si no está rodeado de pobreza". Y por sus diagnósticos simplistas de nuestros problemas: "La guerrilla se arregla tratando las causas de la enfermedad, que son la inequidad y la monstruosa injusticia económica y social del país".

Con todos estos ingredientes transcurre la primera mitad del libro, que es mucho menos entretenida que la segunda.

Porque es que en la segunda Caballero está en su salsa en su costumbre de no dejar títere con cabeza. En este caso sus víctimas son sus colegas, los columnistas.

A esta servidora la acusa de escribir lo que mucha gente piensa. Tengo mejor concepto de mí misma, pero le recibo el comentario con mucho cariño.

Ignoro si a Enrique Santos le molesta que Antonio lo acuse de que ha perdido las ganas de trabajar y de pensar. Si a Felipe López le importa que le diga frívolo. Si a Mauricio Vargas que es un columnista interesado. Si a María Jimena Duzán que no sabe escribir. Si a Juan Lozano que sólo dice boberías. Si a López Michelsen que es un superficial asombroso. Si a Plinio que es un arribista.

Del único que tengo una reacción clara es de D'Artagnan, a quien lo tiene sin cuidado que Caballero lo acuse de escribir muy mal y de no saber ortografía. (Por lo demás: Gabo dejó pasado de moda el concepto de que es pecado tener mala ortografía).

No. Lo que a Roberto lo tiene realmente molesto es que Caballero lo acuse de no saber comer.

A los lectores, con Antonio, les pasa lo mismo que a los hombres con el cine porno: saben que siempre es igual, pero siempre vuelven a verlo.
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