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Opinión

  • | 2012/10/08 00:00

    El cáncer como capital político

    El destinatario de sus ruegos no era el Altísimo sino el mismísimo pueblo venezolano, al que le pedía con voz quejumbrosa y al borde del llanto que no lo dejara solo.

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El cáncer que le sobrevino a Hugo Chávez en meses pasados, su posterior recuperación y el triunfo electoral de este domingo son la mejor prueba de que “no hay mal que por bien no venga”. Al presidente de Venezuela se le apareció la enfermedad como si se le hubiera aparecido la Virgen, porque gracias en gran parte a la explotación política que supo hacer de ella, logró por tercera vez la presidencia de la República Bolivariana.

Todavía hay quienes piensan que el cáncer que lo tuvo al borde de la muerte pudo ser una ficción fríamente calculada hacia el cumplimiento de un propósito político de gran envergadura, en una operación que habría contado con el apoyo logístico de Cuba y con un libreto escrito por una mano prodigiosa. Pero una elucubración de este calibre se ubica en el repertorio de las ‘teorías de la conspiración’, donde sobresale la que tendría cómo probar que el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York fue un plan siniestro armado por el propio gobierno de George Bush para arreciar su guerra contra Al Qaeda y justificar la invasión a Irak.

En el caso de Venezuela dicha teoría se cae por su propio peso, ante dos evidencias palmarias: primera, que la indiscutible transformación física que ha sufrido Chávez –manifiesta en su rostro abultado- está ligada a los esteroides que viene tomando para ‘enmascarar’ el cáncer; y segunda, que la mayor parte de su tratamiento lo ha recibido en Cuba, país cuya medicina ostenta un prestigio mundial que no estarían dispuestos a arriesgar mediante el montaje de una operación fantasiosa, en la que se requiere poner de acuerdo a muchas, muchísimas personas para mantener el secreto de la trama.

Superado este acápite, lo que no se puede poner en duda es que en el curso de los últimos meses Chávez dio muestras de una habilidad genial –que muchos juzgarán diabólica- para transformar a su favor lo que se veía venir como una debacle: Venezuela enfrentada a una difícil situación económica, con una situación inmanejable de inseguridad en sus calles, una elección en ciernes y el Comandante en Jefe de la revolución bolivariana a punto de morir, presagiaban el abismo.

Lo que cualquier otro mandatario habría hecho con la información medica recibida, habría sido elegir a un sucesor y retirarse a sus cuarteles de invierno a esperar la parca, o al menos a enfrentar el tratamiento con el estoicismo que la situación le exigiera. Pero lo que hizo Chávez fue recibir la embestida como si no fuera el torero sino el toro en busca del indulto. (Y falta ver si lo logró, en lo que a salud se refiere.) Él prefirió incorporar su enfermedad a la campaña electoral, de modo que tanto el coraje mostrado como la férrea voluntad para vencer el mortal obstáculo le fueron sumando puntos, en medio de un panorama en el que si no hubiera sido por el descubrimiento del cáncer habría tenido que enfrentar de igual a igual –y en condiciones coyunturales desfavorables- a su contendor.

El momento cumbre de su ‘faena’ se dio cuando en abril del presente año, durante una misa de acción de gracias por su salud en Barinas, su estado natal, frente a sus padres, hermanos, hijos y camaradas, imploró así: "Dios, no me lleves todavía, que todavía tengo cosas que hacer por esta patria, por este pueblo. ¡Dame vida!". Y ocurrió que Dios no sólo le prolongó la vida sino que tuvo a bien (¿o a mal?) concederle un cuarto período presidencial.

Pero no nos llamemos a engaños, porque es tácito presumir que el destinatario de sus ruegos no era el Altísimo sino el mismísimo pueblo venezolano, al que le pedía con voz quejumbrosa y al borde del llanto que no lo dejara solo, que le permitiera seguir en la Presidencia. Esto es lo que en sicología –y en política electoral, para el caso que nos ocupa- se llama un mensaje subliminal, cuyo objetivo como carga profunda era despertar la solidaridad de los votantes, como en efecto lo logró.

Otro tanto ocurrió en Colombia, donde el anuncio y posterior tratamiento de un tumor en la próstata de Juan Manuel Santos coincidió con una encuesta del Centro Nacional de Consultoría, que le elevó su aceptación a un tope del 80 por ciento. Enfermedad de la cual “Dios mediante” salió “totalmente curado”, según sus propias palabras.

De donde se concluye que en asuntos de salud un cáncer no se le desea a ningún presidente, pero aquél que padece dicho ‘mal’ dispone de una chequera de popularidad que fácilmente puede ser capitalizada a su favor.

*Twitter: @Jorgomezpinilla
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