Domingo, 22 de enero de 2017

| 2009/02/07 00:00

El caso Chauvín

Chauvín ha demostrado que no se necesitan los colombianos para protagonizar escándalos de mafia y narcotráfico en Ecuador

El caso Chauvín

Se llama Ignacio Chauvín, pero sus allegados lo conocen con el mote de 'Comandante Nacho', en razón de sus convicciones revolucionarias; las mismas, que lo llevaron a entrevistarse siete veces con 'Raúl Reyes', probablemente en su cómodo campamento de Sucumbíos, con el propósito de buscar la liberación de Íngrid Betancour y varios secuestrados por las Farc, semanas antes de que fuera bombardeado por la Policía colombiana.

El dato que traigo a colación no tendría la importancia que ha cobrado hoy de no ser porque Ignacio Chauvín fue hasta hace poco la mano derecha en el ministerio que comandó Gustavo Larrea, el polémico ministro coordinador de temas de seguridad del presidente ecuatoriano, Rafael Correa, y quien salió a relucir luego del bombardeo, por su discurso antiimperialista proclive a ver en las Farc la imagen de una guerrilla romántica e idealista y no a la de inhumana y autista que en realidad es.

La historia tiene aun más suspenso y acción: el 'comandante Nacho', es decir, Ignacio Chauvín, acaba de entregarse sorpresivamente a la justicia ecuatoriana después de que el diario El Comercio, de Quito, hizo pública hace una semanas su presunta relación con una familia de mafiosos -los hemanos Ostaiza-, quienes habrían sido capturados hace un mes en un operativo en la frontera con Colombia, cuando pretendían enviar un cargamento de coca que aparentemente sería de propiedad de las Farc. El día en que el juez fue a capturarlo, Chauvín -quien meses antes había salido del ministerio-, inexplicablemente se les escapó a las autoridades en sus propias narices. Hasta ayer, cuando se entregó ataviado con un pañuelo rojo en el cuello y gritando consignas revolucionarias, se creía que su paradero era Cali.

Su caso tiene en vilo a Ecuador por varias razones. La primera, porque en un país donde hasta hace poco los periodistas se iban a sus casas a las 5 de la tarde debido a que a esa hora ya no había noticias, este escándalo les ha dado un trabajo inusitado. En dos semanas este ex funcionario se ha fugado, ha dado entrevistas desde la clandestinidad, para luego volver a aparecer afirmando una serie de cosas que han puesto patas arriba el 'politburó' del presidente Correa, que es como allá se le llama a su sanedrín.

Dicho lo anterior, habría que resaltar que Chauvín ha demostrado que no se necesitan los colombianos para protagonizar escándalos de mafia y narcotráfico en Ecuador. Él mismo ha aceptado haber tenido relaciones con esta familia de poderosos mafiosos ecuatorianos de la que poco sí había oído hablar hasta ahora, pero que al parecer si había conseguido entronizarse en el mundo del espectáculo, al integrar una compañía a través de la cual trajo a Ecuador al grupo mexicano Maná. Él mismo ha confesado su profunda admiración por 'Reyes' y por la lucha de las Farc y se ha declarado un revolucionario.

Chauvín representa una minoría escuálida en la geopolítica ecuatoriana, pero no deja de ser sorprendente que los pocos adeptos que hay en ese país formen parte de esa colcha de retazos que es el movimiento que acaudilla el presidente Correa. Una cosa, con la que uno estaría de acuerdo, es que Ecuador no quiera asumir como suyo el conflicto colombiano, y otra, muy distinta, que cuadros de su movimiento tomen partido por las Farc.

Las relaciones de Chauvín no paran ahí: la curvatura del círculo se completa cuando la prensa ecuatoriana advierte que esa familia de mafiosos jóvenes, además de tener tratos con Chauvín, es socia en los negocios del narcotráfico con la guerrilla de las Farc. Una historia así, hasta en Colombia nos asombraría.

'Nacho' no sólo aceptó que se reunió siete veces con 'Reyes', a quien reconoció como un amigo. También dijo que lo había hecho el ministro Gustavo Larrea al menos una vez. Todas las indagaciones de los organismos de inteligencia apuntan a que varias de esas conversaciones, o al menos la que tuvo a Larrea como interlocutor, fueron hechas en el campamento de Sucumbíos semanas antes de que este fuera bombardeado. La fecha más probable de esa entrevista sería la del 18 de febrero, es decir, unos pocos días antes de la incursión en Sucumbíos. Chauvín se ha apresurado a afirmar que ninguna de esas reuniones se hizo ni en Colombia, ni en Ecuador, ni en Venezuela, pero sus palabras no han sido tomadas muy en serio. Al fin y al cabo, él también dijo que no sabía que los hermanos Ostaiza fueran narcotraficantes, ya que para él eran prósperos comerciantes con los que simpatizó desde un comienzo porque profesaban su misma ideología revolucionaria.

Dependiendo del manejo que se le dé, el caso Chauvín puede agrietar aun más o sincerar definitivamente las relaciones entre Colombia y Ecuador. Hasta cierto punto, las declaraciones de Chauvín le dan fuerza a la versión de Uribe según la cual sí había funcionarios en el gobierno de Correa que tenían relaciones con las Farc. Sin embargo, también es cierto que por la manera rápida como Correa ha reaccionado en este episodio, ha dejado claro que no quiere saber nada de Larrea ni de su grupo de izquierdistas trasnochados. No sólo le pidió a éste la renuncia, sino que lo vetó como candidato a la Asamblea Nacional en las próximas elecciones, dos señales que se podrían entender como un guiño hacia Uribe, quien inexplicablemente se ha quedado calladito en todo este hollywoodesco escándalo.

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