Viernes, 20 de enero de 2017

| 2007/08/18 00:00

El caso del almirante

De ser cierta su inocencia, le pregunté, ¿por qué aceptó con tan resignado silencio su retiro de la Armada?

El caso del almirante

Reconozco que mi admiración primaria por el contraalmirante Gabriel Arango es producto de una razón bastante light: se produjo cuando lo vi con su uniforme blanco impecable, dirigiendo los juegos centroamericanos en Cartagena. Se veía despampanante. Desde ese momento, cuando me refería a él, lo hacía con el apodo de 'Almirante papito'.

Después lo volví a ver en situaciones ocasionales, pero 35 años de una carrera considerada impecable y jamás cuestionada auguraban que Arango llegaría muy alto en la Armada. Inevitablemente, creí, no pasaría mucho tiempo antes de que llegara a ser comandante de la misma.

Y luego sucedió lo impensado. Haciendo uso de su facultad discrecional, el Ministro de Defensa lo mandó a retirar intempestivamente del servicio sin explicación alguna, como corresponde a esa facultad. Pasaron dos meses, y sorpresivamente, en una reciente entrevista en El Tiempo, el ministro Santos reveló que Arango estaba vinculado a una investigación de narcotráfico. La noticia cayó como una bomba, tratándose de una de las personas más vistosas y con más prestigio de la ciudad de Cartagena, lleno además de amigos cachacos. Muchos de ellos todavía no podemos creerlo.

El primero en poner en duda las acusaciones contra el contraalmirante fue El Nuevo Siglo, que en dos editoriales en una misma semana analizó las pruebas que hasta ahora se han ventilado en el caso y las encontró totalmente endebles.

Yo vi personalmente algunas de esas pruebas. Tres recibos originales aparentemente firmados por Arango, que incluso contienen su huella dactilar, confirmando el recibo de cerca de 500.000 dólares de la mafia. Según mi fuente, los cotejos demuestran su autenticidad; y cuando le hice notar que se necesita ser muy bruto para firmarles un recibo de esos a los narcos, me respondió que, por el contrario, es una precaución que la mafia usa con frecuencia para llevar sus cuentas organizadas, evitar 'tumbadas' internas y garantizar la fidelidad del sobornado.

También aparece la transcripción de un capitán que les dice a los narcos que su jefe, el contraalmirante, lo ha designado para que lo represente ante ellos, ya que de hacerlo personalmente pondría en riesgo su carrera. ¿Cómo así que quien firma un recibo con su huella y deja semejante prueba por detrás, después se niega a mantener el más leve contacto con quienes le pagan? Se pregunta, con razón El Nuevo Siglo.

Después de examinar estas pruebas, me reuní con el contraalmirante, quien jura por la vida de sus hijos que es absolutamente inocente y que le tendieron una celada.

De ser así, le pregunté, ¿por qué aceptó con resignado silencio su retiro de la Armada? ¿Una persona con una carrera tan brillante acepta que se la trunquen de un día para el otro sin decir ni mu? ¿No es eso muy raro para guardar silencio? Su explicación es que él aceptó su retiro como un deber disciplinario y que sólo cuando que el ministro Santos lo dijo públicamente, se enteró de que estaba envuelto en una investigación tan grave.

En nuestra entrevista, Arango me aseguró que carece de fortuna, que vive de su sueldo, que habita en un apartamento prestado, que no tiene con qué pagar su abogado, y acepta que tiene dos cuentas bancarias en Estados Unidos: una con 60 dólares, y otra con 5.000, producto de sus ahorros cuando fue agregado militar en Washington. Creo que si miente, y está ocultando los sobornos de la mafia, su situación es muy fácilmente verificable.

Ojalá eso se haga pronto, ya que este caso preocupa profundamente. Porque, irónicamente, para el país y para la institución militar sería tan grave que el almirante fuera culpable, como si resulta inocente.

De resultar inocente, y de comprobarse que efectivamente le montaron un complot para evitar su asegurado ascenso, o para que a alguien le garanticen beneficios penales o alguna recompensa de cualquier tipo por este 'falso positivo', nadie podría devolverle a este hombre su honor, hoy fuertemente cuestionado, y su tranquilidad familiar. Para no hablar de su carrera.

Quedarían gravemente en entredicho la credibilidad del ministro Santos y la del comandante de la Armada, el almirante Barrera, y muy lastimada la reputación de los servicios de inteligencia. ¡Cuántas cabezas tendrían que rodar por una equivocación semejante!

¿Pero, de ser culpable?

Sería absolutamente desmoralizante que un hombre con su trayectoria y con su porvenir, consentido de varios Presidentes de la República, quienes estaban conscientes de su brillante trayectoria y le depositaron su entera confianza, incluido el actual, cometiera la estupidez y la inmoralidad de mezclarse con la mafia, literalmente echando por la borda no sólo su futuro, sino el prestigio de la Armada Nacional, hoy en el ojo del huracán de otro monumental escándalo de corrupción, en el que, según se dice, el contraalmirante Arango sería apenas la punta del iceberg.

ENTRETANTO… Qué oso el de las académicas que renunciaron a integrar la terna para la Corte Constitucional. Aceptaron entrar en el juego y cuando vieron que el tercer candidato les llevaba una ventaja, se retiraron con un portazo. Con eso, ellas mismas se autoclasificaron de rellenos. ¿Será que en adelante se volverá costumbre la cobardía de retirarse de las ternas antes de que lo derroten a uno? ¿O que es posible inventarse una terna en la que ganen tres?


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