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Opinión

  • | 1992/03/23 00:00

    EL CASO JUAN MARTIN

    La imagen de Juan Martín Caicedo está tan desbaratada como las calles de Bogotá.

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ES UNA REALIDAD. DE ESA IMAGEN PROmisoria que proyectaba Juan Martín Caicedo en la dirección de Fenalco, posición desde la cual hablaba y los demás se callaban, Caicedo ha pasado a ser un alcalde controvertido cuya imagen, por qué no decirlo, está tan despedazada como las calles de Bogotá.
Ni siquiera se trata de que la controversia sobre su gestión se haya originado en sectores políticos distintos al suyo, que habría sido lo lógico. Al contrario. En realidad me parece poca la oposición que le han hecho eI conservatismo y el M- 19, frente a la que habrían podido hacerle con la tácita complacencia del propio partido de Caicedo. Yo misma he escuchado a los liberales diciendo que su gestión "ha sido pésima". Y tal como se ven por ahora las cosas es probable que la carrera política de Juan Martín termine en la Alcaldía de Bogotá, un cargo que indudablemente, o hace presidentes, o masacra prestigios.
Sin embargo, es justo reconocerle a Juan Martín que la mayoría de la gente que lo denigra no sabe de qué está hablando. Lo mismo que tampoco sabían de qué hablaban los que resolvieron que antecesores suyos en la Alcaldía de Bogotá fueron buenos, malos o pésimos. Con este cargo sucede algo que se ha vuelto tradicional: el facilismo con el que la gente, sin estudiar una sola cifra, aprueba o descalifica al alcalde de la capital. Sencillamente la gente empieza a creer lo que oye, y se queda con una imagen que en la mayoría de los casos no corresponde a la realidad.
Por ejemplo; a Virgilio Barco lo elegimos presidente de la República, aunque no hablaba y no hilaba mentalmente, porque los bogotanos nos quedamos con la idea de que había sido un excelente alcalde. Y eso lo resolvimos desde que lo vimos retratado en El Tiempo, en mangas de camisa, botado sobre un plano de la ciudad, en trance de preparar la venida del Papa Paulo VI. Su Santidad, en resumidas cuentas, construyó la imagen de Barco, y lo demás es pura paja.
Con Durán Dussán sucedió algo parecido. Bogotá le dio su bendición como un alcalde excelente, y no dudo de que lo fue. Pero sus ejecutorias se midieron básicamente porque se le identificó como el alcalde de los puentes, y "san se acabó". Seguramente Durán hizo muchas más cosas importantes, pero los puentes -por esas cosas arbitrarias de la opinión- le alcanzaron de sobra para montar una campaña presidencial.
Con Augusto Ramírez Ocampo las cosas funcionaron al revés. La gente resolvió que era pésimo, porque sí. Sin confrontación de cifras, ni de ejecutorias, ni de acciones, ni de hechos. Ni siquiera la ciclovía, un acto de organización cívica que todavía usufructuamos hoy, le alcanzó a Augusto Ramírez para salir de la Alcaldía con proyección presidencial. Si hoy acaso la tiene es por lo que le ha trabajado en otros frentes, como el internacional, pues casi nadie lo identifica como ex alcalde.
En cambio la gente resolvió que Julio César Sánchez fue buenísimo alcalde. ¿Por que? Porque puso su imagen al servicio de los CAI, y con eso bastó para construir su prestigio de precandidato presidencial. Que lo haya dilapidado después, por razones inexplicables, es distinto.
Algo semejante sucedió con Andrés Pastrana. Su carrera política pegó un tremendo salto, utilizando como garrocha la Alcaldía de Bogotá. Antes de ella era un chino pendejo. Después de ella se consagró como la más promisoria figura conservadora, gracias a que logró construir su imagen como alcalde identificándose con una persistente campaña antidroga y con la valiente decisión de privatizar las basuras. Pero más allá de esta bien construida estampa, a la gente no le interesó averiguar si fue o no buen alcalde. Su imagen dijo más que mil palabras.
Hoy por hoy, la gente ha resuelto que Juan Martín es mal alcalde porque las calles de Bogotá tienen huecos. A esa mala imagen ha contribuido, desde luego, su afán de protagonismo periodístico, y el chisme -porque lo es- de que está "talando" los árboles de la avenida Caracas. La información de la gente llega hasta ahí, y a lo mejor estamos cometiendo una tremenda injusticia.
Pienso que ese simplismo con el que la opinión de Bogotá juzga a sus alcaldes se ha convertido en el mayor riesgo de la política colombiana. Y este es un motivo de reflexión para Jaime Castro, que de ganar las próximas elecciones puede, o alcanzar su cuarto de hora político, o hacerse el hara-kiri. -
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