Lunes, 5 de diciembre de 2016

| 2003/08/11 00:00

El circo electoral

Colombia es el único país de la historia que tiene la política como único espectáculo, y en el que la política no cumple ningún papel distinto

El circo electoral

No se sabe cuántos son. No creo que lo sepa nadie. En sólo Bogotá, que es la capital del país, cuarenta listas para Concejo, y ocho, o diez, o doce candidaturas para la Alcaldía. De todo (y eso que son menos listas, aunque más candidatos a alcalde, que la vez pasada). De todo, digo: actores de televisión, politiqueros de siempre, ex alcaldes, ex concejales, ex magistrados, mimos de esquina, payasos, uno que llegó montado en un burro como Cristo en el Domingo de Ramos, otro que fue a inscribirse en compañía de todos los miembros de su familia, otro que fue con una papayera, un bombero, uno vestido de indio del Putumayo, un silletero de flores de los de Medellín, un ciclista retirado, un barbudo que iba en brazos de un ex alcalde. Y eso repetido en todas partes: miles de protagonistas, decenas de millares de extras. El espectáculo más grande del país. El único espectáculo público gratuito que tenemos en Colombia, que es el de las elecciones.

¿Gratuito? Se indignará alguien. Me indigno yo mismo. Carísimo. No pagamos la boleta, pero después nos la cobran, sustrayéndola de nuestros impuestos. Por cada voto que ponemos nos quitan, para pagarles a los payasos, quinientos pesos. El espectáculo de la política nos cuesta más o menos la totalidad del presupuesto del Estado, que se va todo él en pagar las empresas de los políticos, o los errores de los políticos. Y sus campañas electorales. El circo propiamente dicho.

Hay topes para los gastos de campaña. Pero cuáles son, no lo sabe a ciencia cierta nadie. Varios políticos profesionales consultados el mismo día de las inscripciones de candidaturas no estaban muy seguros: "Ahí se verá", decían. Porque hace seis meses, cuando el Consejo Nacional Electoral fijó esos topes, no había pasado la reforma política en el Parlamento, con su lista única, su voto preferente, su umbral, su cifra repartidora; de modo que el establecimiento definitivo de esos topes quedó por cuenta de un decreto del gobierno que debía ser expedido antes del 7 de agosto, y no sé si lo fue. De todos modos, los topes del gasto electoral se rebasan siempre, sin que nadie nunca haya sido sancionado con las penas que existen en teoría para eso, que son la pérdida del cargo o de la investidura. Según el Consejo Nacional Electoral hay nada menos que treinta mil investigaciones en marcha (o, más exactamente, ahogadas) contra candidatos que han rebasado los topes. Los rebasó en sus tiempos de candidato el luego presidente Ernesto Samper. ¿Y lo privaron de su cargo? No. Los rebasó también, esa vez y la siguiente, el candidato y luego presidente Andrés Pastrana. ¿Y perdió su investidura? Tampoco. Todo eso, como las inscripciones de candidatura en burro o con mariachis o con niños de pecho, o como la reforma política, la incesante reforma política, o como el referendo, o como las infinitas propuestas de reformas constitucionales que se lanzan cada año, forma parte de lo mismo: del espectáculo.

Colombia es el único país del planeta, y de la historia, que tiene la política como único espectáculo, y en el que la política no cumple ningún papel distinto del de ser un espectáculo. Así nos distraemos. Nos distraen ellos.

Vuelvo a lo de los topes (pues un espectáculo nunca es gratuito). Hasta hace tres o cuatro días decía la prensa que las listas de candidaturas para el Concejo en ciudades de más de cincuenta mil habitantes, sólo podían gastar, en total, cien millones cuatrocientos tres mil seiscientos setenta y seis pesos (100.403.676). Y la cifra, aunque modesta, llamaba la atención por ser tan poco redonda, tan plagada de decimales absurdos. ¿De dónde la sacaron? ¿Por qué no tiene también centavos? Pero a continuación, como por arte de birlibirloque, esa modesta cifra se multiplicó por diez y quedó convertida en mil millones cuatrocientos mil pesos (no mil cuatrocientos millones, sino mil millones cuatrocientos mil, 1.000.400.000) por lista. Pasemos por alto la arbitrariedad de equiparar ciudades de siete millones de habitantes, como es Bogotá, con otras que apenas tengan cincuenta mil uno, como debe de haber doce o quince en el país. Veamos lo que eso significa solamente en Bogotá, donde hay cuarenta listas de Concejo: un gasto de cuarenta mil millones -o, más exactamente, de cuarenta mil dieciséis millones de pesos-.

Súmenle ustedes a eso lo de las demás ciudades de cincuenta mil habitantes. Más lo de las de menos. Más lo de las alcaldías, más lo de las gobernaciones, más lo de las Asambleas departamentales. Y no pierdan de vista que la mitad al menos de los resultados electorales serán demandados por fraudulentos, y que a las treinta mil demandas existentes por violación de los topes de gasto electoral se sumarán algunos miles más, que habrá que solventar algún día. Si la ruina da tiempo.

Pero no se preocupen. De aquí a entonces los políticos se habrán inventado una nueva reforma política para distraernos.

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