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Opinión

  • | 1998/10/26 00:00

    EL CLIENTELISMO EN PELIGRO

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El prestigio de los politicos colombianos anda por el suelo, y cada momento que pasa esa imagen de maldad se va acrecentando por las denuncias frecuentes de corrupción. Al punto de que, para mucha gente, político y bandido son sinónimos. Sin embargo, ya que se está empezando a hablar de reforma política, no estaría mal hablar de lo bueno y de lo malo dequienes ejercen esa muy particular profesión. Confieso de entrada que le tengo cierta admiración a los manzanillos. La palabreja (lo mismo que la expresión 'clientelista') es despreciativa y vaga; tiene una connotación negativa, aunque dependiendo de quien la pronuncie se convierte en una descalificación moral, intelectual, clasista o todas las anteriores. Quien ha podido ver el funcionamiento práctico de la política fuera de Bogotá sabe que en no pocos casos el único vínculo real entre las personas del pueblo y lo que llaman democracia esa relación que existe entre esa persona y el político, bueno o malo, que ocupa un cargo de representación popular a nombre de esa localidad determinada. Son muchos los casos en que aparte del concejal, el diputado o el representante a la Cámara no existe contacto entre la voluntad popular y el Estado, diferente de la del voto, que va en la otra vía.Esa relación, por su propia naturaleza, crea una clientela para el político, que está conformada por las personas de su región que votan por él porque consideran que ese hombre les dará algo a cambio. Los analistas políticos suelen pedirle que llegue al Congreso en Bogotá a echar discursos sobre la superestructura social o los grandes esquemas energéticos de la Nación. Pero el hombre de pueblo que votó por él aspira a que le gestione la construcción de un puente, de un camino o de un puesto de salud, o que al menos consiga un decreto de honores para el fundador del municipio en la celebración de los 234 años de la fundación.Esa relación, sana desde todo punto de vista, se debilitó mucho con la caída de los auxilios parlamentarios. Los auxilios eran buenos, pero como algunos parlamentarios se los robaban y el mecanismo para su adjudicación se volvió un sistema de tráfico de influencias en el Congreso, los constituyentes del 91 en su sabiduría hicieron lo que la sabiduría de la clase dirigente ha hecho casi siempre: le echaron la culpa de la calentura al termómetro. En lugar de establecer mecanismos serios de vigilancia y control para que el vínculo entre parlamentario y clientela se saneara, cortaron de tajo la posibilidad de que los representantes del pueblo pudieran darle algo concreto a la gente de sus comarcas. La nacionalización de la jurisdicción electoral para los senadores también alejó a estos parlamentarios de sus regiones y los ha ido convirtiendo en figuras cada vez más abstractas para su gente en la medida en que tienen que ocuparse de temas nacionales para poder conseguir electores en lugares del país a los que incluso nunca han ido.Pero como la corrupción fue ganando terreno en el país, el hecho de que el Congreso y la política también fueran presas de la voracidad de ese cáncer hizo que la urgencia sobre la política se hubiera limitado a que hay que sacarla de las garras de la corrupción. La tarea es sana, por supuesto, pero la política es sólo uno de los aspectos de la vida nacional en los que existe corrupción. Lo que ocurre es que es más visible y por eso ha terminado por convertirse en el único ángulo de análisis por parte de los observadores. La falta de espacio de los políticos también conduce a la corrupción. Entre la inmoralidad creciente y el escaso juego que tienen en las regiones, algunos de estos dirigentes han optado por dedicarse al bandidaje sin el menor escrúpulo. La cosa se fregó cuando en el reparto burocrático que hacen los alcaldes que llegan, los manzanillos dejaron de pedir la Secretaría de Gobierno, que es la de la política, y empezaron a preferir la de Obras (todos sabemos porqué).Por eso ahora que se habla de reforma política hay que coger ese toro por ambos cuernos. Por un lado hay que establecer los mecanismos lógicos de control para que los ladrones no se roben la cosa pública, pero por el otro hay que discutir sobre mecanismos específicos de relación entre los parlamentarios y sus regiones. De otra manera terminaría el Congreso convertido en un recinto de santos, dedicado a discutir del sexo de los ángeles, alejado por completo de la realidad de un país variado y complejo.
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