Domingo, 22 de enero de 2017

| 2009/04/11 00:00

El clima de la corrupción

Y lo que no es posible robar, por el motivo que sea, se deja abandonado en una bodega para que se pudra.

El clima de la corrupción

Todos los desfalcos al erario son ahora de 46 mil millones, como el que tiene enredado al ex secretario general del Ministerio de Agricultura por un contrato en Corabastos. Y se cometen desfalcos desde cargos públicos de cuya existencia nadie tenía noticia, como ese del Contador General de la Nación que acabamos de conocer a causa de un desfalco. Sin él, probablemente a nadie se le hubiera ocurrido pensar que la Nación hacía cuentas: porque no lo parece. Y así sucede en todas las ramas del poder, y en todos sus escalones. Colombia ha sido un país bastante corrupto en los últimos decenios: muchas veces he clamado en vano desde esta columna en el desierto, no para pedir que los funcionarios no roben, pues se da ya por hecho que esa es su función, sino para pedir que roben sólo la mitad. ¿Se imaginan ustedes el aspecto que tendrían aquí las cosas si de cada 46 mil millones de pesos robados 23 mil millones se hubieran gastado honradamente? Pareceríamos Suiza.

Pero nadie me ha hecho caso.

Y lo que no es posible robar, por el motivo que sea, se deja abandonado en una bodega para que se pudra: auxilios de emergencia para desplazados del invierno en la gobernación de Bolívar, donaciones de libros hechas al Congreso de la República como la de la biblioteca de Juan Lozano y Lozano (y ya veremos dentro de un par de años qué ha sucedido con la de Nicolás Gómez Dávila, que acaba de pasar a manos del Estado), equipos electrónicos como los que hace unos años se deshicieron de viejos sin haber sido estrenados en la Alcaldía de Bogotá. Así, desde la Casa de Nariño hasta la alcaldía del municipio más remoto, desde el Congreso de la República hasta el último centro de salud. Con tanta cosa pudriéndose en tantos sitios a la vez, no es de extrañar que esto hieda.
 
Y en este país tan corrompido ya, el gobierno actual lleva trazas de convertirse en el más corrupto de la historia. Échenle, si no, una rápida ojeada a los periódicos de los últimos tiempos. Si se exceptúan las de asesinatos y secuestros, todas las noticias publicadas se refieren a algún caso de corrupción. Y estas incluyen las de desastres naturales: si los
desbordamientos de los ríos se llevan pueblos enteros por delante es porque previamente han sido ilegalmente taladas las riberas para beneficio de algún funcionario (Debe ser eso lo que se llama la privatización del Estado).
 
Entonces ¿por qué, en las encuestas, sigue este gobierno uribista recibiendo apoyo mayoritario? Buena parte de la respuesta reside en el hecho de que lo que se apoya de este gobierno no es la virtud, sino la eficacia. O, más exactamente, esa suma de brutalidad y publicidad que es percibida como eficacia, aunque en realidad no lo sea. Por otra parte, la corrupción no existe solamente en el uribismo: si se acumula en él de modo más visible es simplemente por la razón mecánica, digamos, de que los corruptos se arriman al poder, que es en donde se puede medrar. Cuando la oposición alcanza alguna cuota de poder la acompaña de modo casi automático con la correspondiente cuota de corrupción, como hemos visto repetidamente en los últimos tiempos. Pero la verdadera razón es más preocupante. Consiste en que a los colombianos, en su inmensa mayoría, ha dejado de preocuparles la existencia de la corrupción. La consideran natural, aceptable, e incluso provechosa: no sólo para los corruptos directamente, y ni siquiera sólo para quienes aspiran a la oportunidad de corromperse, sino provechosa de una manera social y colectiva: como la satisfacción de una necesidad natural:esa “corrupción en sus justas proporciones” de que habló en sus tiempos el padre del actual Contralor General de la Nación, que es el funcionario encargado de controlar las cuentas. Tal vez despierten cierto asombro los robos de 46 mil millones de pesos, como el que mencioné al principio. Pero parece normal que, pongamos por caso, un agente de la Policía de tránsito redondee su salario insuficiente con uno que otro soborno. Y en ese clima de corrupción generalizada, o, más bien, en esa corrupción convertida en fenómeno climático, el escándalo está fuera de lugar. 

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