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Opinión

  • | 1997/11/03 00:00

    EL "COCO" MORENO

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De lo único que no podemos quejarnos los bogotanos, cuando podemos quejarnos de casi todo, es de no tener candidatos para la Alcaldía de Bogotá. Pero eso, que desde luego es bueno porque para el votante significa que hay más opciones y más alternativas, también puede tener otra lectura: la anarquización de la política, a partir de la desaparición de los partidos y de las organizaciones. Para la prueba: hay 12 candidatos a alcalde, y solo puede ganar uno; hay 260 listas inscritas para el Concejo de Bogotá y solo 40 cupos; y hay 2.400 listas para las JAL, pero solamente 184 curules.
Y no se puede decir que haya sido una campaña aburrida: el miedo a ese 'coco' en el que se ha convertido Moreno de Caro ha determinado una campaña intensa, movida, llena de propuestas, de foros, de puyazos y de intensa controversia.
Para comenzar, hay que admitir que el 'coco' es un excelente candidato, independientemente de las reservas morales, éticas e incluso políticas que uno pueda guardarle. Moreno de Caro tiene una gran capacidad de expresión, es aguantador y posee un gran sentido publicitario de la política. Es el primer candidato populista que ha tenido la Alcaldía de Bogotá, lo que ha calado indudablemente en los sectores más pobres y marginados de la ciudad; además Moreno ha obtenido el aval de un sector del Partido Conservador, lo que le añadió a su populismo un toquecito partidista que todavía tiene a muchos boquiabiertos.
Pero Moreno, ante todo, tiene una pésima fama, a la que no se le ha podido comprobar causa concreta, independientemente de unos chismes de acoso sexual y del cierre de su universidad, por razones más burocráticas que delincuenciales.
Quizás la peor parte de esa mala fama radique en el fantasma de la financiación de su campaña. Lleva tres años de intensa promoción política en la que ha invertido en todo lo imaginable: en sedes, en carros, en obreros que tapan huecos, en tapas de alcantarillas, en agua para los barrios marginados, y en toda suerte de espacios publicitarios que han incluido televisión, radio y prensa. Su explicación de que el dinero viene de una casa que vendió es casi infantil. El contraste es Antonio Galán, cuya campaña ha sido igual de larga, pero está lejísimos de haber sido tan costosa. Se dice que la plata de Moreno viene del esmeraldero Víctor Carranza (se lo preguntaron en la Universidad de la Sabana, y lo negó con indignación) o de Perafán, aunque ninguna de las dos cosas se ha podido comprobar jamás. Pero el hecho es que a Moreno alguien tiene que estar financiándole lo caro, y todavía no sabemos quién.
La carambola de la radicalización de la opinión, a partir del terror que despierta Moreno en algunos sectores, la capitalizó Enrique Peñalosa: porque su campaña empezó primero que las de los demás, porque cero y van tres intentonas a la Alcaldía y porque la gente lo reconoce como un estudioso del tema de la ciudad y de sus problemas. Tiene una personalidad amable y un tono político cordial. Pero difícilmente puede decirse que Peñalosa haya sido un buen candidato: ha optado por la fórmula 'Barco', que consiste en que, cuando uno va ganando, se esconde para no desgastarse. La polémica se la ha dejado a los demás.
De Peñalosa también molesta la sensación de que es el candidato de Samper. Una reunión aún no suficientemente explicada en Palacio, con la disculpa de "hablar del metro", ha llevado a algunos observadores a suponer que se le entregó a Samper, y a otros, como a su rival Rudolf Hommes, a hacer incómodas sugerencias sobre el negocio multimillonario del metro.
Pero si la campaña de Peñalosa ha llamado la atención por evasiva, la del ex ministro Rudolf Hommes lo ha hecho por primípara. Ruddy se ha mostrado inseguro, irritable y hasta agresivo en sus frecuentes intervenciones en los medios de comunicación. Cuando no se pone duro y descortés con los periodistas, busca el pretexto para culpar a los demás de sus equivocaciones como candidato. Esta dura campaña para la Alcaldía ha sido como su kínder en la política, pero esperamos que si, como es previsible, utiliza esta intentona como trampolín para llegar al Congreso, se comporte como un político por lo menos de sexto bachillerato: si la letra con sangre entra, la política con fracasos se aprende.
En contraste, la mejor campaña ha sido la de un repitente: el ex alcalde Jaime Castro, un PhD en política y manzanillismo. Castro se ha mostrado maduro, sereno, seguro de sí mismo, y lleno de propuestas para Bogotá. Y aunque no parece tener chance de llegar nuevamente a la Alcaldía, es curioso que con su actual campaña haya logrado reforzar la sensación de que fue un excelente alcalde aun entre quienes, como esta columnista, lo criticaron sin piedad durante su gestión.
Por eso no me gusta la propuesta del llamado 'voto útil', consistente en que no hay que votar por el mejor candidato, sino por el que ofrezca la mayor posibilidad de derrotar a Moreno de Caro. Eso es empequeñecer la política en un tema de tanta trascendencia como el del manejo de la capital. El 'voto útil' es una condena anticipada para candidatos que, como Jaime Castro, han hecho una excelente campaña y merecen la oportunidad de ser tenidos en cuenta por el electorado. Pero además, si el voto para alcalde de Bogotá no debe darse por el candidato que a uno más le gusta sino para atajar a Moreno de Caro, porque ha sido un buen candidato y porque ha logrado transmitir el mensaje de que tiene la solución para los problemas de la ciudad, pues hasta merece ganar Moreno de Caro.
Lo contrario sería degradar la política a una fórmula contradictoria: que se vuelva preferible que pierda el peor, a que gane el mejor.
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