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Opinión

  • | 2014/07/24 00:00

    El colombiano de 80 millones de euros

    En contraste a lo que genera el fútbol, según datos del PNUD en el mundo más de 1,000 millones de seres humanos viven con menos de un dólar al día.

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Era un sábado 14 de junio del año 2014. La selección Colombia enfrentaba a Grecia en su primer partido del mundial Brasil 2014. La vida de un joven de 23 años cambiaría para siempre a partir de ese momento. James Rodríguez quizás nunca imaginó que con sus goles y gambetas, un mes y medio más tarde se convertiría en el colombiano más valioso del mundo. El Real Madrid pagó por él 80 millones de euros. 

Ya meses atrás, el Mónaco de Francia había pagado por su transferencia 45 millones de euros, pero tras el mundial, según la firma Pluri Consultoría, su pase se valorizó en el 44,5%. Todo producto de una de las industrias más rentables del mundo financiero: la del fútbol.

En medio de la algarabía que experimentamos todos los colombianos al ver a James vistiendo la camiseta 10 del Real Madrid en un recibimiento apoteósico, no podía dejar de pensar en lo malévolo que se teje detrás de toda esta parafernalia. 

Que James cueste 80 millones de euros quiere decir que su valor asciende en pesos a 202 mil millones. A esto se le añade que el colombiano recibirá por temporada, sin impuestos, unos 17.689 millones de pesos, lo que significa un salario mensual de 1.474 millones, 49 millones al día y un poco más de 2 millones por hora. 

En contraste a lo que genera el fútbol, según datos del PNUD en el mundo más de 1,000 millones de seres humanos viven con menos de un dólar al día y otros 2,800, es decir, cerca de la mitad de la población mundial, viven con menos de 2 dólares al día. En Colombia mal contados tenemos 15 millones de pobres y 5 millones de personas en la indigencia. Según el índice de Gini seguimos ubicándonos como uno de los países más desiguales de América Latina y contamos con un salario mínimo que solo llega a los 616.027 pesos.

Con estas cifras desoladoras, no podía dejar de preguntarme mientras miraba a James regalar balones en el Bernabeu, si es este un ejemplo inobjetable de la inequidad que genera un sistema que nos hace cada vez menos humanos.

Desde luego, James dotado de unas condiciones inmejorables, dueño de una humildad y un tesón que lo han llevado hasta donde está, propietario del botín de oro Brasil 2014, nominado como uno de los mejores del evento orbital, no tiene la culpa de nada. Él, al igual que tantos otros, hace parte de la gran carpa del fútbol, de la élite mundial. La misma elite que mañana se encargará de descabezarlo sino cumple con el espectáculo, sin importar lo que sientan su esposa y su hija. La misma carpa que le dice hoy que su estado físico es perfecto y que mañana cuando tenga treinta años le dirá que ya es un jugador viejo y que piense en el retiro. 

Todo en nombre del fútbol porque el espectáculo nunca se detiene. No importa el precio, el show debe continuar. Sin embargo, después de la polémica suscitada en Brasil en torno al mundial, un fuerte debate se entreteje alrededor de la industria del fútbol.

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