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Opinión

  • | 2017/09/13 23:21

    El compromiso del papa con la paz de Colombia

    La paz, en tanto que cesación de la confrontación armada, ha tomado nuevo vuelo, eso espero, con la visita del Papa quien nos puso de presente la obligación de tratarnos como hermanos y no como enemigos, independientemente de las diferencias o conflictos de carácter político o personal que surjan entre nosotros. La diversidad de opiniones es una riqueza que no debe servir para la descalificación personal.

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El  Santo Padre no hizo con sus homilías más que predicar para los colombianos la Palabra divina. Nos recordó que frente a la ley del talión de ojo por ojo y diente por diente en nombre de la venganza y la retaliación, Jesús enseñó la siguiente lección de vida:

“A cualquiera que te hiera en una mejilla, vuélvele también la otra...Al que quiera ponerte pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa...A cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos...Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses”. (Mateo 5:38) Es la prédica del perdón y de la no venganza. La incitación a hacerle a los otros lo que quisiéramos que los otros nos hicieran, que es otra versión de no hacerle al prójimo lo que no queremos que el prójimo nos haga. El Papa Francisco lo ha dicho con singular elocuencia, no en abstracto, sino para los colombianos de hoy y de ahora:

“Queridos colombianos: No tengan miedo a pedir y a ofrecer el perdón. No se resistan a la reconciliación para acercarse, reencontrarse como hermanos y superar las enemistades. Es hora de sanar heridas, de tender puentes, de limar diferencias”.  (Villavicencio, 8 septiembre /2017)

Todos somos supuestamente o por lo menos de labios para afuera amigos del fin del conflicto armado y de la implementación de la paz. Pero algunos quieren privilegiar un distorsionado concepto de la justicia sobre la paz, precisamente en un país donde no hay justicia ni la ha habido tradicionalmente menos aún para los grupos guerrilleros. Tampoco para paramilitares y agentes del Estado comprometidos en violaciones a la ley penal durante estos pasados 53 años de lucha armada y de violencia.

Un sector de la opinión pública entiende que justicia es igual a cárcel. Si no hay cárcel, dicen, hay “impunidad total”. Y aunque los ex guerrilleros al no decir la verdad o no decirla oportunamente pueden terminar en un lugar de reclusión como la Picota, por ejemplo, el hecho de que exista la posibilidad de que el castigo sea sólo “restricción efectiva de la libertad”,  se quiere presentar como ausencia de castigo. Decir que en este contexto hay “impunidad total” es faltar a la verdad. Donde hay castigo no hay impunidad. Pero se repite incansablemente este discurso para conquistar votos en las grandes ciudades donde por cuenta de la guerrilla nunca estallaron bombas como en la época de Pablo Escobar.   

Se sigue hablando de “impunidad total” aún después de que oyéramos las exhortaciones del Vicario de Roma. Es su manera de oponerse a la convivencia, el perdón y el olvido, en una palabra a la semilla de la paz en Colombia, la concreta, la que se logró con las Farc y se negocia con el ELN, la que se conversa con el “Clan del Golfo”, como si las palabras del Vicario de Cristo no hubieren caído en esos corazones en tierra fértil y no empezaran a dar frutos en nuestro estado de ánimo. Citemos otras palabras del Papa:

“A nosotros, cristianos, se nos exige generar «desde abajo» generar un cambio cultural: a la cultura de la muerte, de la violencia, responder con la cultura de la vida y del encuentro. Nos lo decía ya ese escritor tan de ustedes y tan de todos: «Este desastre cultural no se remedia ni con plomo ni con plata, sino con una educación para la paz, construida con amor sobre los escombros de un país enardecido donde nos levantamos temprano para seguirnos matándonos los unos a los otros, una legítima revolución de paz que canalice hacia la vida la inmensa energía creadora que durante casi dos siglos hemos usado para destruirnos y que reivindique y enaltezca el predominio de la imaginación»” (Gabriel García Márquez, Mensaje sobre la paz, 1998).

Y recordemos lo dicho en Medellín:

“Y en Colombia hay tantas situaciones que reclaman de los discípulos el estilo de vida de Jesús, particularmente el amor convertido en hechos de no violencia, de reconciliación y de paz”.(Septiembre 9/ 2017)

Y en Villavicencio:

“Gracias Señor por el testimonio de los que han infligido dolor y piden perdón; los que han sufrido injustamente y perdonan. Eso sólo es posible con tu ayuda, con tu presencia. Eso ya es un signo enorme de que quieres restaurar la paz y la concordia en esta tierra colombiana”.

“Ciertamente es un reto para cada uno de nosotros confiar en que se pueda dar un paso adelante por parte de aquellos que infligieron sufrimiento a comunidades y a un país entero. Es cierto que en este enorme campo que es Colombia todavía hay espacio para la cizaña. No nos engañemos.
Ustedes estén atentos a los frutos, cuiden el trigo y no pierdan la paz por la cizaña”.

Y desde Roma, se ha referido a su paso por Colombia de manera que no deja dudas sobre su compromiso con la paz:

“Colombia, como la mayor parte de los países latinoamericanos es un país en el que existen unas fortísimas raíces cristianas. Y si este hecho hace todavía más agudo el dolor por la tragedia que la guerra ha causado, al mismo tiempo constituye la garantía de la paz, la base firme para su reconstrucción, el sustento de su invencible esperanza”.

Bienaventurado el Papa por su llamado a la paz espiritual y física entre todos los colombianos. En la medida en que nos volvamos agentes de concordia y de conciliación mereceremos, como lo dice el Evangelio, ser llamados hijos de Dios, por oposición a los hijos de las tinieblas, dedicados al odio,  la descalificación, la exclusión, el insulto, la mentira, la calumnia y la difamación.

*Constituyente 1991

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