Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2000/11/13 00:00

El computador de Ossa

¿Qué diferencia hay entre repartir plata o puestos por recomendaciones parlamentarias? Todo lo que Ossa persiguió lo hacía él.

El computador de Ossa

La sorpresa que produjo el destape del clientelismo que galopa en la Contraloría no se debió al descubrimiento de que los parlamentarios eran los dueños de los puestos. Nadie en Colombia es tan ingenuo como para pensar que los puestos de la Contraloría se adjudican por concurso o por méritos, cuando toda la vida se ha sabido que casi todos de los más de 4.000 empleados que tiene la entidad son cuotas políticas que han llegado allí por cuenta de la respectiva recomendación. Es como si alguien pudiera escandalizarse si le cuentan que en Maicao hay contrabandistas. En la Contraloría no ha habido otra forma ni otra tradición en el aspecto de la contratación de personal. Y por eso hasta aquí nada de lo ocurrido debe sorprendernos o aterrarnos.

Donde la historia comienza a complicarse es en lo que se relaciona con dos aspectos que sí producen toda la sorpresa del caso: el de que el Contralor hubiera dejado ‘prueba reina’ del clientelismo que practica, y el de que lo estuviera practicando precisamente él, que posaba de moralizador del establecimiento.

En cuanto al primer aspecto, Ossa terminó haciendo exactamente lo mismo de lo que se acusaba en su época al secretario de Palacio, Juan Hernández: de manejar un computador con los puestos que supuestamente se adjudican como cuota política, para llevar un inventario ordenado de quién tiene cuantos puestos, dónde y por qué. Increíblemente, en su puño y letra, Ossa llevaba su propio inventario. Y en él dejaba recibo escrito de los puestos entregados, imagino que para optimizar la demanda, que debía ser cansonsísima, en proporción con la oferta, que debía ser limitada. (En otras palabras: parlamentario servido, parlamentario comido). Al inventario no le hizo falta sino su huella digital.

Que Ossa adjudicara puestos por cuotas políticas vaya y venga, por lo ya explicado. Pero que dejara prueba fehaciente de ello es la primera cosa que sorprende de este episodio. Por eso no me parece gracia que Ossa haya salido a reconocer que todo es cierto. Gracia habría sido que confesara que todo era cierto sin que existiera, como pasa en la mayoría de casos de corrupción en Colombia, una prueba reina que hiciera inútil que negara los cargos.

La segunda cosa que sorprende es que además de que se dejó coger, quien se dejó coger es precisamente el hombre que venía dándoselas de ser capaz de cambiar el sistema. Dándoselas de reformador, de moralizador, de Ayatollah, de persecutor de la corrupción, de fiscalizador de contratos, de vigilante capaz de reformar las costumbres políticas del país.

Incluso, pocos días antes de que explotara el escándalo había estado en el Congreso en ejercicio de estos papeles, acusando a los congresistas de que el Fondo de Regalías estaba siendo adjudicado por cuotas políticas. ¿Qué diferencia hay entre repartir plata o puestos por cuenta de recomendaciones parlamentarias? ¿Qué autoridad moral tiene el que hace una de esas cosas para acusar a los que hacen la otra? Y ¿qué cara lleva uno puesta para hacerlo? Sorpresa: todo lo que Ossa persiguió —ha venido a saberse— lo hacía él.

Porque además, el escándalo que lo tiene tan desprestigiado frente a la opinión no se basa solamente en el lío de los puestos. También está el lío de los contratos, o sea, la ‘pomarización’ de la Contraloría. Igual que en la Cámara, diciembre con su alegría ha sido el mes favorito para dar rienda suelta a la contratación. (En el 98, el 67 por ciento de los contratos, por valor de 2.177 millones de pesos, se celebraron y pagaron vertiginosamente entre Navidad y Año Nuevo). Igual que en la Cámara, en la Contraloría hubo contratos que se firmaron un 22 de diciembre y el 28 ya estaban legalizados, ejecutados y pagados, en un despliegue de inaudita eficiencia. Igual que en la Cámara, muchos de ellos se fraccionaron: teniendo el mismo objeto, fueron adjudicados por separado para eludir los topes de la contratación directa. Igual que en la Cámara. ¡Igual que en la Cámara! n







ENTRETANTO… Muy raro. María Emma ganó los debates, pero Mockus ganó las encuestas. ¿Quién entiende a ese bicho que se llama la opinión pública?

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