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Opinión

  • | 1999/06/21 00:00

    EL CONDENADO PAIS

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Somos un país condenado por la opinión mundial. No éramos eso; éramos un país ignorado;
pero decente, pobre, pero digno y soberano. Hoy somos muy conocidos, bastante conocidos. Cuánto le duele
a uno ver el deterioro de la imagen de Colombia, así se quiera levantar con orgullo _más bien, con desafío_ el
pasaporte colombiano, como lo hace Shakira en los escenarios. Siendo admirable su gesto. Los
interminables años de una guerra de guerrillas, aun no generalizada, pero a punto de serlo; la barbarie,
en general, que es algo distinto de la guerra. El narcotráfico, que llegó a inficionar la antes intocada cumbre
del poder en nuestra democracia. No es de un país decente no tener cárceles, sino pocilgas. Ni ver asesinar,
en una sola campaña, tres candidatos presidenciales (por fortuna no tenemos, como en Estados Unidos,
presidente alguno asesinado en ejercicio del cargo). Un país en el que caen baleados obispos y sacerdotes
(monseñor Jesús Emilio Jaramillo, de Arauca; el sacerdote David Arango, hace muchos años en Medellín;
Sergio Restrepo, en Tierralta; Alvaro Ulcué Chocué, en el Cauca; el asesinato esta misma semana del heroico
padre Pedro León Camacho, en Norte de Santander...); investigadores sociales y politólogos (Mario
Calderón y Elsa Alvarado, rememorados en estos días; Eduardo Umaña Mendoza, por citar a algunos);
defensores de derechos humanos, sindicalistas a porrillo y miembros de un partido radical de izquierda
(casi todos), así como educadores, sin entenderse muy bien cuál es la saña en contra de ellos. Eramos
una nación pobre y seguramente injusta. Pero escaseaban los miserables. El operario, todavía no sometido
a tétricas fábricas, respiraba el aire libre y fresco del campo y se sujetaba a duras, pero alegres, jornadas, en
las que no faltaba el abundante comer y el buen refugio. Y aquellos amores campesinos, de novela,
bendecidos bajo un campanario de aldea. Es verdad que el beneficio del trabajo era para unos pocos y los
señores de las grandes fortunas _que no eran tan grandes como sus predios inmensos_ eran obedecidos
y venerados. No se crea que estuve del lado de estos intereses feudales, ni pertenecí a esa época, pero
me detengo a pensar que no se mataba por la falta de equidad. Y el primer derecho del hombre, de
todo hombre (aun del injusto) es a la vida. Era una especie de patria boba y bucólica, como de postal.
Que debía evolucionar, por supuesto, hacia una justicia social. Pero lo que hicimos fue evolucionar, con
odio, hacia un 'ajusticiamiento social'. Se cayó, sin saberse cuándo, en el terrible delito del secuestro, en
utilizar el valor inapreciable de la vida humana, como factor de convicción. Llegamos a los rescates, que
los de las viejas generaciones sólo veían en películas de vaqueros. Se asesinó cobardemente a mujeres,
como a Gloria Lara, o se tuvo prisionera a Camila Michelsen, o se acribilló a doña Marina Montoya,
hermana del secretario de la Presidencia. Uno se pregunta acerca de la violencia rural y más tarde urbana
_que prendió como sobre paja en nuestro medio_ por qué, si se originaba en una inveterada injusticia, no
prosperó en otros países vecinos, que se hallaban en similares circunstancias de desequilibrio distributivo. Y
tal vez la respuesta sea que a dichas injusticias se mezcló entre nosotros el combustible político y la
voluntad de hacer insostenibles los gobiernos por vesania partidista. Personalmente no creo que el hambre
haya llevado a nuestra gente, tan impasible, a las armas, sino que fue utilizada como argumento de
personas ya armadas y en pie de lucha por posiciones de gobierno. Nuestro pobre país está hoy loco y
en pleno desorden. Elegimos presidentes sin mayor experiencia, pero que al menos representan, por su
juventud, algo nuevo en el panorama. Se arriesgan tremendamente y van al desgaire de la borrasca violenta.
Nadie sabe qué va a quedar después de todo. Se nos odia o se nos condena desde el exterior o desde
nuestro propio territorio por tribunales de opinión, que sentencian únicamente en el pensamiento. No están
interfiriendo en realidad nuestros órganos judiciales. Y qué le vamos a hacer si somos un país condenado
o un condenillo país. No era bueno lo de antes, porque era injusto y tampoco es mejor lo de ahora,
porque es violento. Aunque la historia de los pueblos está hecha de destrucciones y revueltas, de
asesinatos y magnicidios, inquieta saber en nuestro inmediato futuro cuál pueda ser el grado de dignidad
que vamos a ostentar ante el mundo, si los líderes que tendremos para mostrar vienen de tan oscuros
y cercanos abismos de violencia.
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