Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2000/09/18 00:00

El converso 2

Llamé a Serpa "Converso, colaboracionista, encubridor, vendido y cipayo”. Lo llamé todo eso, y lo reitero.

El converso 2

Nunca, nunca, nunca —y cuando digo nunca quiero decir: por ahora…”—. (El conde de Romanones, político profesional español de principios del siglo XX, cuando su partido, el Liberal, estaba en la oposición).

Se irrita el doctor Horacio Serpa, jefe de la oposición, porque lo haya llamado yo en esta columna “converso, colaboracionista, encubridor, vendido y cipayo”. La enumeración es suya, en la revista Cambio, y no mía, en SEMANA. Pero sí: lo llamé casi todo eso, y lo reitero.

Reconozco que lo hice basándome en publicaciones de prensa que, dice él ahora, “han desinformado (su) posición frente al Plan Colombia”. Pero no habían sido rectificadas por él cuando escribí mi columna, ni han sido rectificadas tampoco ahora. El doctor Serpa sólo dice ahora que él nunca dijo, tal como lo cito yo, que “el Plan es para la destrucción del país” y “para convertir a Colombia en otro Vietnam”; sólo dijo, dice, que “no debe ser para” esas dos cosas, como por lo visto le parecía que era o temía que fuera, pues de lo contrario no hubiera dicho nada.

En cuanto a que el Plan sea “un crimen”, no dije yo que lo dijera él, sino que lo dije yo. Y también eso lo reitero. Un plan de ayuda no debe ser un crimen, claro: pero éste lo es. Estamos hablando de política: o sea, del ser, y no del deber ser. Un político profesional debería conocer la diferencia.

Llamé al doctor Serpa, dice él, “converso”. Sí, claro: ¿Acaso no se convirtió? El mismo Plan Colombia que antes de su viaje a Washington, o de su “desplazamiento”, como él lo llama…

Un paréntesis: ojo con las palabras, doctor Serpa. “Desplazamiento” llamamos hoy en Colombia a la expulsión violenta, a la huida forzosa; no al simple viaje de placer o de negocios a una capital extranjera. ¿Diría usted, hablando de una pareja de campesinos desplazada por los paramilitares y refugiada en la frontera de Venezuela o de Panamá que “la feliz pareja fijó su residencia en el exterior”? No lo creo. Cierro el paréntesis.

…el mismo Plan Colombia que antes de su desplazamiento (¿forzado?) a Washington le parecía alarmante, a su regreso de Washington lo entusiasma. Y para explicar ese reversazo cuenta que en su visita “percibió que el Plan no tiene reversa”. Lo cual, en mi opinión, no es una virtud en un plan, sino un defecto.

Lo llamé también “colaboracionista”. ¿Cómo llamar a alguien que proclama que “en esto todos tenemos que colaborar, y nosotros también lo vamos a hacer”? Colaboracionista. El diccionario define la palabra “colaboracionismo” como la “acción de colaborar los naturales de un país con los ocupantes o invasores de él”. Es una palabra relativamente reciente, aunque no tanto como “desplazamiento” en su sentido actual. Se inventó para calificar a los políticos profesionales de los países ocupados por los nazis que, para no perder sus puestos, decidieron colaborar con ellos, e incluso llegaron a ser presidentes de sus países. De modo que sí: colaboracionista.

¿“Encubridor”? No usé yo esa palabra, que el doctor Serpa, sin embargo, intuye. Y no me refería a esto del Plan, aunque haya en él muchas cosas encubiertas, sino a actuaciones políticas anteriores del doctor Serpa: como miembro de la Comisión de Acusaciones de la Cámara cuando lo del Palacio de Justicia, y como ministro de Ernesto Samper cuando lo de la financiación mafiosa de su candidatura. “Encubrir”, dice el diccionario, es ocultar, tapar, callar una cosa para que no se sepa, y particularmente, contribuir a que no se descubra un delito. Sé que estrictamente hablando ni lo del Palacio ni lo de la financiación fueron delitos: los dos fueron precluidos sin llegar a ser juzgados. Pero no me cabe duda de que fueron dos grandes crímenes políticos. Y el doctor Serpa contribuyó a taparlos y a ocultarlos y a hacer que fueran precluidos. Luego sí, también: encubridor.

Cita después: “Vendido”. Tal vez se refiera al mal chiste fácil, lo reconozco, de haber cambiado la S inicial de su apellido por el signo $. Pero no lo llamé vendido, porque, como explicaba, no sé si su conversión “fue forzada por una dosis de escopolamina, comprada por una promesa, o sincera y auténtica”. Ni lo llamé vendido, ni lo hago ahora tampoco. Cuido mis palabras.

(No me atrevería, por ejemplo, como sí se atreve él, a decir que yo “he deshonrado injustamente a más de un buen ciudadano”. Yo nunca he deshonrado a nadie: ocasionalmente he señalado que alguien se ha deshonrado a sí mismo. Porque la honra es cosa propia).

“Cipayo”, en fin. Sí, lo llamé cipayo. Figuradamente, claro, pues en sentido estricto cipayos eran los soldados indios al servicio de los ingleses en la India, y ni el doctor Serpa es soldado, ni esto es la India, ni los de ahora son ingleses. Cipayo viene a ser lo mismo que colaboracionista, aunque la palabra es bastante más antigua. Creo habérsela oído en sus discursos al propio doctor Serpa, cuando era más chapado a la antigua: antes de su conversión, antes de que descubriera que a diferencia del Plan Colombia, que no tiene reversa, él sí la tiene. Si no la tuvieran, los políticos profesionales no llegarían nunca a la presidencia de sus países. Y para allá va él, con “el permiso del Tío Sam”. De modo que sí: cipayo.

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