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Opinión

  • | 2002/04/08 00:00

    El costo de un santo

    Lo que pudo haber sido una calumnia quedó confirmado: José Gregorio se ha lanzado a la política cabalgando en un fallo

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En qué vamos en materia de vicepresidentes?

Con Pacho Santos y José Gregorio Hernández pasó lo mismo: muy criticados entre los 100 colombianos que los conocen personalmente y alabados por los 40 millones restantes.

Con Vera Grave es al contrario: a las 100 personas que la conocen les parece estupenda, y a los otros 40 millones les parece una guerrillera.

Con Fabio Villegas sucede lo mismo que con todo lo de Noemí: que se le considera el mejor.

En lo que a Pacho respecta, ha venido venciendo las pocas pero durísimas resistencias que produjo inicialmente, exhibiendo en sus declaraciones por los medios un carisma que transmite a la gente con gran sencillez y espontaneidad.

José Gregorio Hernández es otro cantar: ni tiene carisma, ni es sencillo ni mucho menos espontáneo. Tiene, sí, una gracia como símbolo de la clase media arribista y meritocrática.

Todo eso sería pasable, pero no la forma como la campaña serpista lo ha venido vendiendo al electorado, colgándole al cuello un aviso que dice: este fue el magistrado que tumbó el Upac, que es la verdadera y única razón por la que lo eligieron.

Pero alrededor de su designación crece un tufillo de política prevaricante, que está poniendo el dedo en la llaga: ¿al promover a José Gregorio como “el del Upac”, no se habrá abierto una peligrosa puerta giratoria entre la Corte y la política?

Un pajarito me contó que los actuales magistrados están tremendamente incómodos: temen que la polémica sobre futuros fallos que produzca la corporación se plantee en el campo de las secretas aspiraciones de su ponente: “Ah, se dirá, es que ese quiere lanzarse a la política...”.

Cuando se conoció el fallo sobre el Upac, de todo se decía sobre las aspiraciones del entonces magistrado José Gregorio: desde que pretendía salir de la Corte a montar un movimiento que lo llevara al Congreso, hasta que acariciaba la posibilidad de ser presidente de la República empujado por el entusiasmo de los deudores del Upac.

Eso, que pudo haber sido apenas una calumnia, quedó por fin confirmado: José Gregorio se ha lanzado al ruedo de la política cabalgando sobre uno de sus fallos.

Su primera declaración como candidato fue la de que “el gobierno incumplió con el fallo que ordenó acabar con el Upac, y por ello vamos a llegar a Palacio para acabar con (la UVR) ese sistema retardatario”. Lo que todavía no nos cuenta Hernández es cómo nos va a dar casa a los colombianos. Y a quienes lo han acusado de populista por amenazar nuevamente con poner en juego el sistema de financiación de vivienda en Colombia, él ha respondido olímpicamente: “Entonces, sí soy populista”. ¡Y pensar que Serpa desperdició así su última oportunidad para sacudirse de encima ese pecado!

Esto viene a suceder cuando levemente se percibe una recuperación en el sector de la construcción. Pero la verdad es que en su profunda crisis influyó de manera definitiva José Gregorio Hernández: por cuenta de su fallo los deudores se quedaron quietos, las entidades financieras se replegaron y para los ahorradores dejó de ser atractivo invertir su dinero en el sector. Hoy el índice de morosidad es mayor y no hay suficiente oferta de financiación para nuevas viviendas.

¿Y ahora, cómo convencer a los deudores de que no se dejen colgar, en espera de que san José Gregorio llegue a la vicepresidencia y les haga el milagrito de arreglarles la deuda? No ha empezado el gobierno de Serpa y ya amaga con temblar la economía....

El Upac había que reformarlo, es cierto. Pero no con una sentencia de la Corte que llenó de incertidumbre jurídica al sector, y que, lo

ignorábamos entonces, iba a ser utilizada como bandera política en una campaña electoral.

Pero además, con la designación del ex magistrado José Gregorio se planea un engaño a la opinión. Horacio Serpa es liberal y ofrece un gobierno liberal. Hernández es conservador, y todavía no se le ha oído renegar de las banderas de su partido. ¿Por qué entonces al ministro delegatario con funciones presidenciales se le exige que debe ser de la misma filiación política del presidente? ¿Los serpistas serán conscientes de que van a votar por un gobierno liberal que podría terminar sus días siendo conservador?

A eso se suma una desconocida intemperancia de Hernández cuando se le critica públicamente. Ha sucedido que interrumpe los almuerzos ajenos en conocidos restaurantes de la ciudad, produciendo un silencio general de cucharas, para increpar a gritos a algunos de sus colegas magistrados o a periodistas que no comparten sus puntos de vista.

Su confesión, por cuenta de unas primeras críticas que ha recibido, de que se declara populista a pesar de los peligros de una política semejante para el país, es apenas una pequeña prueba de esa intemperancia. Qué susto.
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