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Opinión

  • | 1987/04/06 00:00

    EL "CUNCHO" DE LONDRES

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Como varios otros temas mucho, muy regular o muy poco relevantes en la vida nacional, la oposición quiso utilizar el fracaso de la cumbre cafetera en contra del gobierno. Y el principal argumento consistió en que la falta de embajador de Colombia en Washington pudo haber influido en la frialdad de los EE.UU. frente a la posición de la delegación colombiana en Londres, por una razón: si el apoyo de los norteamericanos al pacto cafetero ha tenido siempre un matiz más político que económico, un buen lobby diplomático por parte del embajador de Colombia en los EE.UU. habría podido influir de alguna manera para que por parte de los norteamericanos prevalecieran en Londres las consideraciones políticas sobre las económicas.
Lo que no se ha dicho es que, por primera vez desde que existe el pacto cafetero, este fue derrotado por razones más económicas que políticas. Y por consiguiente, la falta de embajador en Washington puede apuntársele al gobierno como uno de los casos más insólitos de desidia diplomática, pero probablemente no como la causante de la catástrofe cafetera.
La situación del café era mala, con pacto o sin él. Y la culpa, irónicamente, la tuvo la famosa bonanza, que no resultó siendo ni tan prolongada ni tan rentable como los colombianos, pobres de nosotros, lo supusimos en un comienzo.
Cuando se supo lo de la helada en Brasil en octubre de 1985, pasó lo que sucede cuando se anuncia que va a haber escasez de sal en Colombia: que las señoras desocupan voladas los supermercados.
Los países productores de café se hicieron la misma reflexión: si iba a haber escasez, lo prudente era comprar y guardar. Y por medio de una política de inventarios muy bien manejada, graduaron su demanda. El precio del café subió, pero más cuando se estaban haciendo las reservas que en el momento de mayor consumo de café, que era durante el invierno en el hemisferio norte: octubre-febrero de 1986-87.
Los países productores, a su vez, aunque manejaron las cosas bien, demostraron ser más débiles que los consumidores de café. Los productores son cerca de 50 países, la mayoría de ellos pequeños, endeudados, desbalanceados y listos a vender su producto a la primera oferta buena; y vendieron, efectivamente, cuando los consumidores querían comprar para guardar, y no esperaron a que se produjera la verdadera escasez. Este es uno de los motivos por los que el precio del café no llegó a subir a los tres dólares, según lo esperado, sino que en el mejor de los casos llegó a $ 1.90 y sanseacabó.
El pacto cafetero interesa a los consumidores, ya que reduce los vaivenes del mercado: no compran el producto al precio más barato, pero tampoco al más caro. Pero a los que más interesa es a los países productores, no sólo porque garantiza estabilidad en los precios, sino regularidad en los volúmenes de comercialización. Para equilibrar este desequilibrio de intereses, entonces, en las cumbres cafeteras de Londres se utilizan argumentaciones políticas. Y aunque el Departamento de Comercio de los EE.UU. o sea los economistas puros, votarían a ojos cerrados por un mercado libre de café, siempre había ganado el Departamento de Estado de los EE.UU. o sea el de los políticos puros, con el argumento de que el apoyo norteamericano al pacto cafetero sirve para fortalecer la influencia geo-política de dicho país.
Así fue siempre, hasta este año. El Irangate, Gorbachov y la difícil situación económica de los EE.UU. quizás determinaron que el interés de Reagan por la estabilidad de los países centro y suramericanos fuera menos fuerte que en el pasado.
Pero sobre todo, el aspecto económico interno de los EE.UU. pudo ser determinante en el fracaso del pacto cafetero. Del inmenso superávit comercial que los gringos exhibían en la posguerra, se ha pasado al monstruoso déficit de 170 mil millones de dólares. Si en el comercio mundial el producto básico que tiene mayor valor es el petróleo, y después el café, es obvio que este segundo producto constituya un blanco interesante para aplicar la única fórmula capaz de reducir el déficit comercial de los EE.UU. como lo hicieron con el petróleo en un reciente pasado: pagar menos por lo que se compra. Y esa reducción, parecen calcular los gringos, podría hacerse en un 5 ó 10% a costa de nuestro cafecito...
La responsabilidad que podrá cobrársele al gobierno en materia de política cafetera no es, pues, por haber nombrado o no embajador en Washington, sino por haber previsto o no la inminencia de esta difícil coyuntura cafetera.
Eso no lo sabremos los colombianos sino en un año, cuando se conozca qué gastos realizó el gobierno, y cómo los financió.
Por lo pronto el ministro de Hacienda ha intentado convencer al país, a través de declaraciones a los medios de comunicación, de que en Londres no pasó nada.
Puede resultar siendo verdad, en el sentido de que el gobierno ya habia previsto los ajustes económicos del caso. Ojalá. Porque también puede ser que a César Gaviria le esté sucediendo lo que a su antecesor, Gutiérrez Castro a quien estando de ministro le cambió el mundo, y él no se dio cuenta.
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