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Opinión

  • | 2006/04/22 00:00

    El ‘Dasgate’ y Estados Unidos

    El peligro que representa Chávez para Estados Unidos motiva el mayor apoyo militar a Colombia y el silencio de ahora sobre los líos de la central de inteligencia colombiana

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Muchos se preguntan por qué el gobierno de Estados Unidos sigue aparentemente indiferente frente a las denuncias sobre el DAS. En la memoria de los colombianos está fresco el recuerdo de las posiciones asumidas por el gobierno de ese país ante otros escándalos políticos colombianos.

Los representantes de Estados Unidos fueron bastante activos durante la investigación por la financiación del cartel de Cali a la campaña presidencial de Ernesto Samper. Tampoco guardaron silencio frente las condiciones de reclusión y fuga de Pablo Escobar durante el gobierno Gaviria.

Entonces ¿por qué ahora cuando se habla de alianzas entre narcotraficantes y funcionarios para favorecer delincuentes y matar personas, no hay una declaración de Washington? ¿Por qué tanta discreción cuando 'Jorge 40' -uno de los protagonistas del escándalo- es reclamado en extradición por ese país bajo cargos de narcotráfico? ¿Qué es lo que hace diferente este caso que tiene drogas, plata, asesinatos y elecciones?

La respuesta es una sola: El gobierno Uribe es el as del presidente Bush en la región y por eso no quiere hacer nada que lo debilite.

La importancia de Uribe para Estados Unidos aumenta en la misma proporción en la que sube el discurso antinorteamericano de Hugo Chávez.

Venezuela es el tercer abastecedor de petróleo de Estados Unidos. Su alianza con Cuba, así como su creciente influencia en la región, están en la lista de preocupaciones del gobierno Bush.

El peligro que representa Chávez para los intereses de Estados Unidos es lo que realmente motiva el mayor apoyo militar a Colombia, y desde luego el silencio de ahora sobre los líos en la central de inteligencia colombiana.

Estados Unidos no puede abrir dos frentes de guerra al tiempo. Sin embargo, si lo de Venezuela se vuelve serio, Colombia es el mejor portaviones posible.

La política exterior estadounidense ha sido laxa frente a los lunares de sus aliados.

Cuando el ayatollah Jomeini gobernaba Irán, su vecino iraquí Saddam Hussein era visto con simpatía por el gobierno norteamericano. Lo presentaban como el mandatario laico en medio de una región dominada por el fundamentalismo islámico. Durante años, la administración de Estados Unidos buscó desvirtuar y evitar las sanciones por el genocidio químico cometido por Saddam contra la minoría kurda.

En su palacio de Bagdad, Hussein recibió al enviado especial del presidente Reagan para el Golfo Pérsico. El funcionario se fotografió con él, en medio del debate internacional. Su nombre: Donald Rumsfeld, actual secretario de Defensa de Estados Unidos.

Aquí en la vecindad, en Panamá, hay más pruebas de la curiosa moral norteamericana en materia de alianzas. El general Manuel Antonio Noriega trabajaba para la CIA al mismo tiempo que se enriquecía con el narcotráfico. Esta última circunstancia sólo fue advertida por Estados Unidos cuando a Noriega -que había espiado a Fidel Castro para sus jefes norteamericanos- le dio por coquetear con Cuba.

Es famosa la foto de Noriega, ahora preso en Miami, con el entonces director de la CIA: George Bush, padre.

Osama Ben Laden, ahora la personificación misma del mal, fue aliado de Estados Unidos para expulsar a la Unión Soviética de Afganistán. El terrorista más buscado del mundo era por esos días financiador, reclutador y combatiente, con apoyo y entrenamiento de Estados Unidos. Los túneles de Khost, que presuntamente usó hace tres años para escapar de la persecución americana, fueron construidos con fondos de la CIA.

Documentos norteamericanos de la época señalan que Estados Unidos toleró que la resistencia antisoviética en Afganistán se financiara en parte con el tráfico de heroína.

Por su conveniencia coyuntural, Estados Unidos ha estado dispuesto a hacerse el de la vista gorda muchas veces. Pero no para siempre.
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