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Opinión

  • | 2012/01/17 00:00

    El debate de la tauromaquia

    A mí, la verdad, la tauromaquia me tiene sin cuidado. Me interesa, sí, la moral que subyace tras este debate. La de una sociedad que protege a los animales, a los árboles y al medio ambiente, pero que es cada vez menos consciente del valor de la vida humana.

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Si las razones en contra de la ‘barbarie’ de la tauromaquia tuviesen tanto peso como las que apoyan el ‘arte’ de la misma, si ambos calificativos fuesen consecuencia de valoraciones opuestas circunscritas en una misma esfera (la libertad de opción cultural), sería claro que el debate se sostendría sobre una diferencia de gustos. Un debate que, como toda cuestión de gustos, correría el riesgo de convertirse en un diálogo de sordos, toda vez que las partes insistiesen en dirimir la diferencia con razones estéticas de ‘mayor’ peso.

Y como así lo han venido haciendo (y entendiendo) muchos defensores de la tauromaquia, hay que aceptar que en ese rifirrafe los opositores han sido quienes más terreno han ganado. Lo que no significa que tengan razón. Lo que significa que han sabido aprovechar la debilidad del argumento contrario. Porque lejos de la relatividad del gusto, el problema aquí es el maltrato y la muerte de los animales: un problema moral cuya pregunta fundamental es si los animales tienen o no derechos.

Justo ahí, en el ámbito genuino de la discusión, uno de los argumentos principales a favor de los derechos de los animales es el de Peter Singer, para quien algunos animales pueden ser catalogados como personas, en tanto que “demuestran” autoconsciencia. En contra –y en defensa de la tauromaquia–, Fernando Savater sostiene que “(…) nuestra relación compasiva con los animales (…) no es una cuestión ética ni de derechos humanos (no hay derechos de los “animales”), pues la moral trata de las relaciones con nuestros semejantes y no con el resto de la naturaleza”.

Creo que ambos tienen razón, en parte, pero que pecan de radicales. Porque teniendo en cuenta que la autoconsciencia animal es producto de nuestra interpretación, Singer antropomorfiza de una forma casi que caricaturesca a los animales. Si la vida de los animales nos importase del mismo modo que la vida de las personas, entonces tendríamos que prohibir radicalmente el consumo de carne. Pero no es el caso, y de ahí que el problema del maltrato y muerte de los animales hable menos de ellos que de nosotros mismos; que sea uno en el cual lo importante es el cómo y no el qué: satanizar al torero es como satanizar al campesino que mata animales sin el debido cuidado de no infligirles dolor.

Si bien eso indica que sigo más a Savater que a Singer, me parece reaccionario e, incluso, una provocación innecesaria negar rotundamente los derechos de los animales, como lo hace Savater, pues nada nos impide hablar de derechos extendidos. La moral no solo trata de las relaciones con nuestros semejantes sino también de nuestra relación con el mundo (con animales, plantas y medio ambiente). Extender derechos al mundo, esa sí que es una forma sana de humanismo.

El punto es pues que la moralidad de ambas partes permanece incólume, porque ninguna forma de humanismo puede ser instaurada por la fuerza. Sospecho, sin embargo, que la tauromaquia tiende a desaparecer, no porque realmente se trate de una barbarie sino porque tarde o temprano se verá sometida al juicio popular –a la negación de las minorías– o al siempre incierto (por contextual) juicio de la hermenéutica constitucional. Si el mundo taurino quiere evitar ese trámite, en el que pagaría el precio de la impopularidad (consecuencia de sus altos precios), entonces tendrá que ceder.
Con frecuencia escucho a los taurófilos afirmar que la muerte del toro no es el propósito principal de la tauromaquia; que, de hecho, la mejor corrida es aquella en la que el toro es indultado. Si eso es cierto, y si también es cierto que la tauromaquia teatraliza la tragedia de la vida y la muerte, no veo por qué no continuar con el ‘arte’ sin que sea necesario matar al toro: qué mayor tragedia cuando el hombre, y no el animal, es el único ser amenazado de manera consciente por la muerte.

A mí, la verdad, la tauromaquia me tiene sin cuidado. Me interesa, sí, la moral que subyace tras este debate. La de una sociedad que protege a los animales, a los árboles y al medio ambiente, pero que es cada vez menos consciente del valor de la vida humana. La moral que defiende a ultranza la vida de todo cigoto, pero que desprecia a los pobres, repugna a los indigentes y exige la muerte para los que roban por necesidad. Esa moral que odia a los fumadores no por el daño real que el cigarrillo pueda causar sino por la vanidad de lucir los dientes blancos. Esa doble moral.

Por eso veo con cierta preocupación que sea el Alcalde mismo quien encabece este nuevo ataque a la fiesta brava. Lejos de una política incluyente, luce más como un abuso de poder que un gobernante tome partido en un debate que, en principio, es moral. Y que así debería permanecer hasta que realmente surjan libertades individuales en conflicto, los derechos de los animales.

*Twitter: @Julian_Cubillos

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