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Opinión

  • | 1993/11/22 00:00

    El dedo-durismo

    El caso de las fotos enfrentó a dos de los grandes enemigos de Escobar, la familia de Luis Carlos Galán y el ministro William Jaramillo, lo cual debe tener al jefe del cartel revolcándose de la risa en su escondite.

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EN COLOMBIA ESTA COGIENDO FUERZA una práctica que se ha hecho presente en varios países del mundo en distintas épocas y que fue famosa en el Brasil hace ya casi 30 años con el curioso nombre de "dedo-durismo".
Apenas derrocaron los militares brasileños al presidente Joao Goulart en 1964, la persecución al comunismo y a todo lo que oliera a algo parecido fue tremenda.
Los primeros en aparecer en la mira fueron los dirigentes políticos, después los líderes sindicales, más tarde los periodistas, y la oleada de detenciones y descalificaciones fue desparramándose por toda la sociedad, hasta llegar a los niveles más insospechados. Donde hubiera un "rojo" había que pasar el trapo húmedo y limpiar.
Fue tan generalizada esa actividad por parte de los militares y sus amigos civiles en el poder, que el señalamiento sin pruebas empezó a convertirse en el arma más eficaz entre la población para quitarse de enfrente a la persona que se pudiera convertir en un obstáculo en el camino hacia cualquier objetivo. El asunto llegó a servir incluso para que cualquier oficinista de tercera categoría hiciera echar del puesto a su jefe de sección, con la finalidad única de ocupar el cargo, poniendo a correr el rumor de que era un comunista. Y fue la odiosa imagen del delator señalando con el dedo a sus compañeros la que terminó acuñando el término de "dedo-durismo ".
Esa cacería de brujas que en el mundo ha estado relacionada fundamentalmente con las ideas políticas, está asomando ahora las garras en Colombia con el tema de la moral, en general, y el de los vínculos con el narcotráfico.
El primer acto de esta obra fue el juicio sumario y muy aplaudido del fiscal ético de Ernesto Samper, tras el cual fueron expulsados los políticos que compartieron tarima con Evaristo Porras. De ahí se pasó a los rumores de coctel, en los que se advierte que tanto Samper como Andrés Pastrana tienen la capacidad y la voluntad de sacarle a su contrincante los trapitos al sol en distintas materias para dañarse mutuamente la imagen en el campo genérico de la moral. Y de ahí el brinco fue hasta el episodio de las fotos que misteriosamente aparecieron en la Procuraduría y que fueron a parar -no menos misteriosamente- en los escritorios de los periodistas. A través de esas fotos se pretende vincular a determinados políticos ya no solo con Pablo Escobar -como es el caso de Alberto Santofimio y Guerra Serna, quienes aparecen retratados con él- sino también a sus objetos físicos, como es el caso de la foto en la que el ministro de Comunicaciones, William Jaramillo, se está bajando de un avión que (aún esta por aclararse) sería de Escobar.
Todavía faltan nuevos episodios, sin duda. Algunos de los afectados directa o indirectamente por la purga moral en el samperismo, y algunos de los perjudicados por las fotos que dio a conocer la Procuraduría (que han visto en ambos casos la mano siniestra de los más variados enemigos políticos), han manifestado su intención de venganza, que consiste en responder con la misma moneda: estirar el dedo y señalar.
Este camino no tiene final. Si el país se mete (como ya parece haberlo hecho) por el sendero del señalamiento sin importar mucho si cada acusación tiene fundamento o no, ese mecanismo se va a convertir en el arma política más utilizada, porque muy pronto se verá que es la más eficaz de todas. Se puede acabar con una carrera política con muy poco esfuerzo. Basta deslizar un sobre con unas pruebas ambiguas por debajo de una puerta. Pero el resultado final puede ser desastroso. El caso de las fotos, por ejemplo, terminó enfrentando a dos de los grandes enemigos de Escobar, la familia de Luis Carlos Galán y el ministro William Jaramillo, lo cual debe tener al jefe del cartel revolcándose de la risa en su escondite.
Esto no tiene nada que ver con el mecanismo judicial de las delaciones. En ese esquema, una autoridad legítima utiliza informaciones (generalmente de hampones) para lograr la captura de unos delincuentes y el desmantelamiento de sus organizaciones. Pero cuando el caso es de "dedo-durismo", lo que ocurre es que se ataca la honra de la gente sin que eso signifique algo más que la descalificaci6n individual de unas personas, con mayor o menor grado de injusticia. Esto, y no la delación judicial, es lo que puede convertir a Colombia en un país de sapos.
Pero el proceso ya arrancó y quién sabe si ya sea demasiado tarde para atajarlo. Lo único recomendable para quienes estén en plan de jalar el mantel con toda la vajilla encima es que calculen bien cuál puede llegar a ser la dimensión del reguero de loza.
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