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Opinión

  • | 1995/03/13 00:00

    EL DERECHO A CONFISCAR

    Con las Sierras del Chicò se està cometiendo una arbitrariedad disfrazada de ecologìa

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LA TEMPORADA DE VACACIONES DE FIN de año, así como la bulla alrededor del fin de la alcaldía de Jaime Castro y el inicio de la de Antanas Mockus, hizo que pasara relativamente inadvertida la decisión de declarar el lote conocido como las Sierras del Chicó, en Bogotá, como reserva forestal.
Ese fue el final aparente de un proceso sobre el cual se viene hablando desde hace muchos años, y que se ha centrado en la puja de los dueños del lote por obtener la autorización oficial para construir en su predio y la intención de la Alcaldía de Bogotá -casi siempre clandestina- de impedirlo.
El caso se puede sintetizar así: se trata de un lote particular inmejorablemente situado al nororiente de Bogotá, el cual, según entiendo, ha estado ubicado en un lugar en el que, de acuerdo con las normas urbanísticas bogotanas se pueden ejecutar proyectos de construcción.
Los propietarios han dicho que a pesar de tener derecho a construir en ese lote, los permisos correspondientes por parte de las distintas alcaldías que han desfilado a lo largo de ya varias décadas han sido esquivos. Sin embargo, hasta finales del año pasado nunca se había negado la solicitud en virtud de que ninguna norma prohibía construir allí.
Con el paso del tiempo el tema de las Sierras del Chicó se volvió uno de esos asuntos que van y vuelven pero sobre los cuales nunca sucede nada. El lote terminó convirtiéndose en el símbolo de aquello que los bogotanos quisieran para su ciudad: un lote inmenso y verde en el corazón del ladrillo y el concreto. Y es explicable. Si por algo se han caracterizado las administraciones municipales en Bogotá, casi sin excepción, ha sido por el irrespeto a las normas urbanísticas, al espacio público, a la buena arquitectura, a los parques, en fin... al ciudadano. Lo cual ha convertido a Bogotá en una ciudad poco menos que inhabitable.
Pero mientras una y otra vez las autoridades de Planeación autorizaban la construcción de obras de manera irregular, o se hacían las de la vista gorda frente a abusos de hecho por parte de los constructores, el lote de las Sierras se fue convirtiendo, cada vez más, en el símbolo inmodificable de lo que debería conservar la ciudad para sí.
El tema recurrente de las Sierras fue y volvió durante muchos años, hasta que el 30 de diciembre del año pasado la Alcaldía de Bogotá declaró de un plumazo ese lote como reserva forestal. El aplauso general fue sonoro, porque eso era justamente lo que la mayoría de la gente quería.
No obstante, esa medida de apariencia noble es una arbitrariedad más grave que aquellas que la ciudad ha permitido cometer para hacerla más fea. Es claro que la administración distrital puede tomar decisiones sobre el uso de su suelo. Es más: esa es una de las atribuciones con efectos más trascendentales entre las que tiene un alcalde. Pero cada decisión tiene su costo.
Si una administración distrital quiere convertir en parque una zona en la que según las normas, se puede construir, tiene que acarrear con el pago de la compensación por esa decisión: tiene que comprar o indemnizar. Pero al declarar reserva forestal una propiedad privada se reduce a cero el valor comercial de la tierra, y en la práctica obliga a los propietarios a regalar el terreno. Es decir, obliga arbitrariamente a un ciudadano a asumir íntegramente el costo de una decisión gubernamental.
Por eso la popularidad de la medida no debe dejar esconder su gravedad. Esa declaratoria equivale a una confiscación de hecho, lo cual es un precedente mucho más grave que violar normas de construcción, que es lo que ha ocurrido en esta ciudad desde hace muchísimos años. Aquì se està sentando la premisa de que la propiedad es susceptible de ser envilecida por una decisión personal de un alcalde, lo cual está lejos de ser una expropiación con indemnización por motivos de interés público.
Soy consciente de que defender ese derecho es impopular, y que a la larga la consecuencia práctica es que desaparezca -al menos en parte- la isla verde que hay en el norte de Bogotá. Pero con las Sierras del Chicó se está cometiendo una arbitrariedad disfrazada de ecología. Y si se deja cometer hoy la arbitrariedad para preservar un bosque, tocará aceptar todas las que vengan en el futuro con cualquier otra disculpa.
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