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Opinión

  • | 2012/01/08 00:00

    El desarme de Bogotá

    Si Petro quiere renovar la izquierda, su política del amor tendrá que demostrar, con buen gobierno, el despropósito de creerse especial en una sociedad en la que, como él, todos nos creemos especiales.

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Atestiguar la tradicional toma de posesión de nuestros nuevos gobernantes, el acto solemne en el que prometen cumplir la Constitución y la ley, atestiguar la forma en que rompen esa promesa una vez posesionados (o en el acto mismo y de manera flagrante, ¡se posesionan estando presos!) es algo que tendría que haber socavado ya nuestra confianza en la clase dirigente, y haber erigido, en su lugar, una actitud de incredulidad generalizada hacia ella; tendría que haber degradado nuestra comprensión de la estructura misma de la promesa política, al punto de develar su vacuidad. Para nuestra sorpresa, sin embargo, las reacciones a favor y en contra de la toma de posesión por parte del Alcalde Mayor, Gustavo Petro, parecen señalar que la promesa política aún goza de credibilidad.

Esa sería una forma de leer aquella amenaza que, a grito herido, profería un amable anciano de estrato bajo en la Plaza de Bolívar: “Que se tengan (no decía quiénes), porque Petro los pondrá en su lugar”; o aquella petición de una no menos amable señora de estrato superior: “No me enciendan ese televisor (rogaba, apretando los dientes) mientras el Innombrable esté robando cámara”. Una lectura parcial, diría yo, porque si bien el primero pareciera confiar en que su elegido cambiase las cosas a su favor y la segunda, por su parte, temer por que eso sucediese, en lugar de la credibilidad del nuevo gobernante o la confianza en las instituciones políticas, lo que develaría este sentir sería un marcado desprecio entre clases sociales, un resentimiento social generalizado.

Son las secuelas de una sociedad siempre gobernada, de manera excluyente, a favor de intereses particulares. Lo que si bien habla mal de la clase dirigente, lo hace aún peor de la sociedad que la elige (al fin y al cabo aquélla es una proyección de ésta). Pero es lo que somos, una sociedad que ya debería saber que Izquierda y Derecha no son tan diferentes a la hora de gobernar: cuando no regulares, ambas han sido lamentables. De ahí que ni la figura misma de Gustavo Petro ni su inclinación política deban ser el motivo de nuestras expectativas, optimistas o pesimistas, sino la recepción que como ciudadanos podamos hacer de sus nuevas políticas de gobierno.

En ese plano, es de celebrar que la nutrición de la niñez, la defensa de la seguridad y del medio ambiente, el fortalecimiento del transporte, la vivienda social y la educación constituyan temas prioritarios en la nueva Alcaldía. Porque está bien atender a la niñez desamparada o desarmar a la población civil, por ejemplo, siempre que esas políticas traigan consigo campañas efectivas de control natal y un mayor compromiso de la fuerza pública. Es de celebrar, así, la política incluyente que Petro anuncia, la que se puede resumir en no defender libertades individuales sin asumir deberes colectivos, toda vez que esos deberes también hagan parte integral de la política misma.

Y es al tenor de esas condiciones que del mismo modo en que se celebra también son de lamentar los lunares con los que, de entrada, comienza la nueva Alcaldía: con un Gerente del Acueducto, Diego Bravo, a quien la Procuraduría sancionó con una multa siendo Director de la CAR (esa entidad altamente cuestionada, por politizada); con un Secretario de Gobierno, Antonio Navarro Wolff, que ya enfrenta una investigación preliminar por parte de la Procuraduría. Ya comenzamos mal y, por injusto que parezca, de esos lunares y de los venideros, la responsabilidad política será de Gustavo Petro, quien debería encender las alarmas para no repetir la historia de la administración anterior.

Esta Alcaldía recibe una ciudad sumida en la misantropía jerarquizada, producto de la frustración de quienes viven la fantasía del mesianismo político; fantasía que, a su manera, ha sido capitalizada por los gobernantes de turno. En el trámite de esa frustración, y debido a pésimas decisiones políticas y administrativas, el Polo Democrático vive hoy su peor momento. Si Petro quiere renovar la Izquierda, su política del amor tendrá que demostrar, con buen gobierno, el despropósito de creerse especial en una sociedad en la que, como él, todos nos creemos especiales.

En ese, el verdadero desarme de la ciudad –el cese del resentimiento–, la tarea es de todos. Gustavo Petro promete, y esperamos que cumpla: ¿qué prometemos los bogotanos?

Twitter: @Julian_Cubillos
 
*M.A. Filosofía de la Universidad Nacional de Colombia y profesor de Humanidades (Ciencia Política e Historia del Arte) de las universidades del Rosario y Jorge Tadeo Lozano.
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